El mundo ha vivido equivocado


María Teresa Zegada

Maria_T_Zegada_C_thumb Quizás el lugar más cómodo y feliz para los seres humanos es el mundo de los sueños, de los imaginarios. Allí no sólo no existen los límites, sino que además es posible autoconvencerse de ideas, deseos y hasta de miedos injustificados; el único peligro latente es, como siempre, despertar.

Muchos individuos -y también colectividades- se abstraen en ese cómodo y tibio mundo de los imaginarios, entrenados en tejer realidades subjetivas para hacerlas parecer como verdaderas al resto, en realidad ése es su objetivo, buscan -como diría Foucault- el efecto de verdad, pues mientras confunden sus sueños con realidades edifican andamios por los cuales les resulta fácil discurrir, y miran el mundo a través de sus obcecadas y particulares mentalidades. Ante los atisbos siempre presentes de una realidad que toca a la puerta, se justifican convencidos de que “el mundo ha vivido equivocado”, porque no coincide con su propia descripción de la realidad ni con sus deseos y anhelos.



En realidad, El mundo ha vivido equivocado es el título de una obra de Roberto Fontanarrosa llevada al teatro y soberbiamente ejecutada, que induce a desligarse de la realidad -la cual es vista como errada-, a transgredir las reglas de la naturaleza e incluso la secuencia de los acontecimientos imaginados por los actores en un día perfecto; por supuesto 24 horas demasiado perfectas y felices en un mundo en que la felicidad se caracteriza por su fugacidad.

El agravante se produce cuando esta misma lógica se traslada al plano social y político, y nos encontramos ante un país en que sus actores protagónicos confunden la imaginación con la realidad y pretenden que los demás asuman sus sueños como propios. Así, el Gobierno sueña con el control absoluto de la situación para cumplir con objetivos políticos que conduzcan a la “revolución democrática y cultural”, un monopolio de la violencia simbólica a partir del cual imponen y fuerzan una realidad que sin duda alguna es mucho más compleja que sus sueños. La oposición sueña todos los días con el desgaste del proceso y convierte a cada conflicto en “el principio del fin” del Gobierno, confundiendo además al Gobierno con el proceso de cambio y añorando un pasado que ya no tiene retorno. Los pueblos indígenas sueñan con que este proceso les permita avanzar en la consecución de sus demandas históricamente postergadas, y se encuentran con el hecho de que quienes políticamente compartían su sueño ahora arremeten contra él como una pesadilla.

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En todo caso, la lista de sueños y soñadores sería interminable y de poco provecho, sobre todo para los que sueñan con encontrar soluciones prácticas a los problemas del país.

Como todo final, Fontanarrosa termina su obra cuando los protagonistas vuelven a la realidad, a una realidad precaria, el mundo de la cotidianidad y de las cosas pequeñas, pero realidad al fin; y revela la imposibilidad de narrar los propios sueños cuando no existe un interlocutor válido, el “otro” a través del cual construyo mi propia identidad y mi realidad, y al cual quiero convencer de que el mundo vive equivocado.

Página Siete – La Paz