Fernando Molina
En un último libro distribuido por La Razón, que se llama Las tensiones creativas de la revolución, Álvaro García Linera reescribe de una forma verdaderamente “creativa” la historia última del país. El texto merece una respuesta completa, aunque por motivos obvios no puedo hacerla aquí.
Sin embargo, uno de sus temas reviste gran actualidad y quiero tratarlo ahora, al final de una semana llena de conflictos sociales: la marcha indígena, el bloqueo de los cocaleros en contra de ésta, el paro de La Paz, los bloqueos de calles del “Distrito 8” de El Alto que impidieron la provisión de gasolina a los surtidores de la ciudad.
Estas protestas entran dentro de las tensiones que García Linera clasifica en su libro. La mayoría en la categoría que registra el choque entre los “intereses comunes”, expresados por los programas estatales, que se supone alineados con los objetivos históricos de las clases populares y del país, versus los intereses egoístas de cada corporación sectorial: sindicatos, asociaciones indígenas, comités cívicos populares, etc.
García Linera señala que esta tensión es resultado del olvido, por parte del movimiento revolucionario, de las aspiraciones generales que le dieron origen, es decir, del sueño de una nueva sociedad, el cual deja de preocupar en la medida en que está cumpliéndose en la gestión gubernamental.
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Este olvido implicaría simultáneamente dos cosas: un debilitamiento de la contradicción, ésta sí fundamental, entre el pueblo y las élites conservadoras. Y la aparición en las fuerzas revolucionarias de una pulsión por la gratificación inmediata, que las lleva a desoír las razones gubernamentales y a obstinarse en la conquista de ventajas materiales de corto alcance.
Por supuesto, García Linera se equivoca al atribuir las luchas actuales solamente a causas inmediatas y auto-referenciadas, como el propio éxito del “proceso de cambio”. En realidad, la explicación de éstos y los demás conflictos se remonta profundamente en la historia del país, y es tanto económica como social, política al mismo tiempo que cultural.
El telón de fondo de la conflictividad boliviana es la extendida pobreza de la población, que contrasta con la riqueza del Estado, poseedor de recursos naturales. Esto impulsa a todos los que tienen capacidad de organizarse a tratar de acceder a una porción (a obtener su propia “cuota”) de las rentas extractivas por medio de un conflicto con el Estado. Esta ansiedad rentista puede disfrazarse de muchas maneras, mostrarse como un acto de apoyo al Gobierno o de lucha contra él, pero está invariablemente presente en la relación entre el Estado y la sociedad.
En consonancia, se ha desarrollado en el país una mentalidad particular, que puede sintetizarse en la voluntad generalizada de torcer el orden público a favor de la corporación o, en otros muchos casos, de la familia a la que se pertenece. Todos los proyectos de cambio social quedan supeditados a esta realidad, que está tan firmemente enraizada porque ayuda a sobrevivir en un ambiente duro y carenciado.
Como es lógico, las corporaciones que han logrado cooptar al Estado se enfrentan a las que no lo han conseguido. Ésta es en Bolivia la verdadera “contradicción fundamental”.
Simétricamente, el Estado nacional es débil, tanto porque sufre el ya descrito acoso de la población, como porque refleja la pobreza de ésta y, por tanto, carece de los recursos institucionales y coercitivos que necesitaría para imponer sus decisiones.
De lo que se infiere que capturar al Estado, como ha hecho el MAS estos años, no se traduce en capacidad para trasformar a la sociedad, la cual se empeña en seguir siendo limitada y obstinadamente corporativista, incluso cuando ocupan el poder quienes dicen representar sus intereses reales.
Pero los únicos intereses “reales” son los corporativos. Quien los combate, como hizo Gonzalo Sánchez de Lozada, termina como éste, es decir, odiado por el mundo entero y en el exilio. Y quien los alienta, como en estos años hicieron Evo Morales, el propio García Linera y su partido, no logra, sin embargo, refundirlos en un proyecto más comprensivo de cambio social.
Llamar al faccionalismo “creativo” y “progresista” es un truco retórico que sirve al escritor García Linera para halagar a las corporaciones, pero la verdad es que no ayuda mucho al político García Linera a administrar las odiosas consecuencias de este faccionalismo sobre el sistema social.
Aunque las tensiones sociales sean normales, como dice el libro que estamos criticando, no es normal que resulten inevitables e irreductibles. Esta es una causa, y quizá la principal, del subdesarrollo boliviano. Pese a los teóricos izquierdistas y su culto al “pueblo movilizado”, de una siembra de vientos nunca se sacará más que tempestades.
Página Siete – La Paz