Elecciones para no elegir

Marcelo Ostria Trigo

MarceloOstriaTrigo_thumb1 En el imaginario colectivo –ese “conjunto de imágenes que hemos interiorizado y en base a las cuales miramos, clasificamos y ordenamos nuestro entorno”– predomina la visión de que las elecciones, que en nuestro país se llevan a cabo con inusitada frecuencia, son parte de un plan para desnaturalizar la democracia.

Es cierto que la Carta Democrática Interamericana establece que entre los elementos esenciales de la democracia representativa se cuenta “la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo”. Esto está claro. Pero, como en todo, la exageración conspira contra el buen criterio, y esto es lo que sucede en nuestro país con la repetición –ya van, desde diciembre de 2005, siete entre elecciones y referendos– de comicios de dudosa justificación y transparencia que deforman este elemento de la democracia.



Se dice popularmente que es difícil competir contra el ‘caballo del comisario’, lo que frecuentemente se aplica a las elecciones que se celebran con ventajas para el Gobierno que las convoca. Ciertamente esto no es nuevo. Hay antecedentes de fraudes ostensibles que, en la década de los años 60 del siglo pasado, dieron lugar a que se la caracterice como la época de la ‘democracia del cero voto’.

Sin embargo, a partir de 1982 se dio muestras de que se había superado la era de los grandes fraudes electorales en Bolivia. Prueba de ello es que en 1985, 1989 y 2002, las fórmulas triunfadoras fueron las opositoras al régimen saliente. Finalmente, en 2005 fue elegido por una inédita mayoría el candidato del Movimiento Al Socialismo. Todo hacía pensar que se había retomado la senda democrática, pues se hizo honor al citado mandato de la Carta Democrática Interamericana.

Pero ya en América Latina venía tomando forma un nuevo estilo: una vez que ciertas corrientes populistas logran el poder, estas deciden que, por las buenas o las malas, no perderán ninguna elección. Ya no someterán lealmente al auténtico escrutinio ciudadano nuestros derechos a la vida, a la propiedad y a la libertad. Es más, se desconoce que “la democracia republicana es para elegir administradores, no para elegir dictadores” (Roberto Cachanosky. Economía para todos, 10/07/2011).

Como hasta ahora al populismo le ha ido bien en las elecciones –las limpias y las otras-, sus líderes electos con el voto ciudadano han concitado el reconocimiento de que fueron elegidos democráticamente. Con ese aval, las elecciones se repiten con singular entusiasmo.

Las recientes elecciones judiciales previstas en la Constitución aprobada con el impulso del oficialismo, seguramente fueron consideradas como un mero ejercicio electoral, porque sus resultados se creían previsibles. "Estoy seguro, hermanas y hermanos, (que) en esta elección del Órgano Judicial otra vez vamos a ganar con 60, 70 por ciento…”, proclamaba exultante el presidente antes de los comicios del 16 de octubre. Esto no fue así, el oficialismo fue derrotado. Los votantes no se tragaron la afirmación de que los nuevos magistrados por ser electos serían mejores, pues fueron propiciados por el oficialismo en la Asamblea Legislativa Plurinacional.

Sin lugar a dudas, lo sucedido deja enseñanzas. Los que estén dispuestos a recogerlas tendrían que promover reformas, abandonando un experimento –el de las elecciones judiciales– que no garantiza un mejor funcionamiento de la administración de justicia.

Y se tendrá que aceptar que el 16 de octubre hubo elecciones para no elegir.

El Deber – Santa Cruz