Erick Fajardo Pozo*
Mucho mermaron las aspiraciones vitalicias de la autocracia “plurinacional”, desde su ambicioso anuncio de “gobernar Bolivia 50 años”, cuando se han replegado discretamente de edificar la faraónica “Sede del ParlaSur”, anunciada en el valle de San Benito, para atrincherarse en la construcción de un mucho menos monumental palacete para Evo Morales; proyecto que por ostentoso que resulte, apestará a cuartel de invierno para un régimen en repliegue.
Sin duda la arquitectura monumental es la caligrafía con que todo gobernante inscribe en la historia la majestuosa grandeza o la mezquina miseria de su paso por el poder. Basta haber visto Berlín o San Petesburgo para entender que la grandeza de los imperios y la perpetuación de su legado ideológico cultural, se hacían manifiestas en las dimensiones colosales y la vocación monumental de sus ciudades capitales.
San Petesburgo, usurpada y renombrada “Leningrado” por el régimen comunista soviético, fue por muchos años capital y principal ciudad industrial de la Rusia pre-bolchevique. El zar Pedro “El Grande”, en cuyo honor fue edificada, plasmó en ella toda la grandeza de su reinado, que remolcó a Rusia fuera del feudalismo tardío hasta constituirse en un aventajado imperio de la incipiente era industrial.
Y si los regímenes comunistas no suelen dejar patrimonio monumental que testimonie legado alguno, salvo el imborrable recuerdo de su iconoclasmo parricida o los baños de sangre de sus “revoluciones culturales”, la extinta URSS al menos atinó a apropiarse de la herencia arquitectónica de sus predecesores y a la muerte de Vladimir Illich Ulianov, el régimen bolchevique cambió el nombre de San Petesburgo por Leningrado.
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Las autocracias latinoamericanas castro-chavistas no aspiran ya ni a eso. Hace rato que el sueño de Chávez de construir la sede de su Parlamento de UNASUR en pleno Heartland de Sudamérica, quedaron en meras maquetas, mientras su senescal encomendero en Bolivia ya sólo aspira a un mucho más modesto palacio virreinal propio.
Es claro que en Palacio Quemado, sede por casi dos siglos de la República de Bolivia, el megalómano Evo no dejó de sentirse un inquilino poco grato. Y como la svástica de su “revolución cultural” no ha logrado imponerse a la simbología republicana inscrita en cada escultura, pilote y moldura de Plaza Murillo, Evo ha decidido llevarse su egolatría, su cuadro del Che y su séquito de adulones a un terreno contiguo, adquirido especialmente para edificar un templete a su egolatría.
Cuando la coherencia ideológica-discursiva de un régimen ha sido perforada por las incoherencias prácticas de sus jerarcas, el grandilocuente marketing del cambio empieza a apestar a demagogia y la estética arquitectónica apenas alcanza a maquillar el repliegue y atrincheramiento de lo caduco en apariencias monárquicas.
Penosa ironía para un régimen que le rinde culto a Carlos Mariátegui y Armand Matelart, que su principal dirigente encarne cada vez menos la austera grandeza del “Imperio socialista de los Incas” y se asemeje cada día más a la impopular parodia incaica de la “imperialista” Disney Studios – el frívolo emperador Cuzco –, cuyos indolentes afanes por construir su palacete veraniego – Cuzcotopía –, a contrapelo de la pobreza de su pueblo, encajan con simetría en los afanes plurinacionales de estos días, muy distantes del espíritu de esa revolución cultural y esa austeridad que se le impone a las clases medias pero que no alcanzan al Amin andino, su politburó y su burguesía de la coca.
*Analista político y ex asesor del Órgano Legislativo