El futuro de Venezuela


Juan Claudio Lechín W.

JuanClaudioLechinWeiseFoto_thumb_thumb1 La muerte de Chávez deja un sistema político endeble pues los caudillos mesiánicos suelen ser los cohesionantes del orden. Cuando mueren, nada unifica al sistema y cada parte o poder emprende el camino que sus miedos o ambiciones le señalan.

Diosdado Cabello es un actor importante. El poder político tiene normalmente dos inspiraciones: la fuerza y la legalidad. Cabello tiene ambas, aunque en territorio muy arenoso. Es presidente de la Asamblea Nacional, legalmente elegido y, además, tiene ascendiente sobre el ejército.



Al frente está el fingido vicepresidente Nicolás Maduro. Fingido, porque Chávez fue elegido presidente pero no fue posesionado, ergo, no pudo nombrarlo vicepresidente, salvo la incansable propaganda. Maduro no tiene influencia en el ejército. Sin embargo, su aliado es Cuba, el actor más fuerte y coherente de este panorama. Desde la verdadera muerte de Chávez (no de la anunciada), los estrategas cubanos estuvieron montado, con su consabida habilidad, el resultado de las próximas elecciones venezolanas, a llevarse a cabo, según ley, en 30 días. Siendo el gobierno de los Castro el mayor beneficiario de los ingresos petroleros venezolanos; sin estos fondos, su régimen podría colapsar por las presiones democratizadoras en la isla. Es ingenuo pensar que dejarían librada a la inercia política venezolana, la suerte de su propia existencia.

El tercer grupo es variado y pendular. El partido, PSUV, no tiene la solidez que le dio Deng Hsia Ping al partido comunista chino para garantizar su continuidad; y los ricos de la corrupción chavista, la boliburguesía, del sector terciario, fácilmente harán líquidas sus ganancias y huirán. Traicionar y huir suelen ser la primer mejor opción para salvar el peculio y evitar juicios.

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En síntesis, salvo Cuba, el resto de actores tiende a la disgregación voluntaria o por descohesión del régimen. Y a pesar de Cuba, esta descomposición parece incontrolable, con el costo de sangre pagada, como siempre, por el pueblo. La tendencia va en sentido de restaurar la democracia representativa, con libertades plenas; aunque las fuerzas liberadas hagan procesos electorales violentos, donde el ejército deberá intervenir en contra de Cuba y a favor de la transición.

Posteriormente, y al no existir un Rómulo Betancourt, sería óptimo que un pacto de líderes dirija la restauración democrática y no solo Capriles, un hombre apenas publicitario. Los temblores venezolanos ya desequilibran a sus asociados continentales, y están llamando a una “primavera Latinoamericana”. El futuro de Venezuela, va a señalar el futuro del continente.

El Comercio – Lima