Soñó con ser narcotraficante y hoy está presa

Santa Cruz. Ella afirma que merece estar en la cárcel por los años que traficó cocaína hacia otros países, pero se rebela ante otras acusaciones que ella asegura que son falsas. Vivió la opulencia que da el dinero ilícito, pero ahora, tras las rejas, su razón para luchar son sus hijos

imageEL DEBER, Santa Cruz

Sé que me pueden matar por lo que voy a contar, pero estoy cansada de callar”, dispara sin una pregunta previa y con la voz firme, una mujer de ojos claros, piel blanca y cabellos rubios trenzados. Está sentada sobre una cama vetusta, que tiene por colchón una sábana colorida que apenas cubre los maderos viejos, en una esquina de la habitación donde vive desde hace un año, al final del área para mujeres de la cárcel de Palmasola.



Esta mujer, que desde sus 18 años anduvo en el mundo del narcotráfico, nos recibió una fría mañana de julio en el penal. 

Se identificó como ‘La mona de la hummer roja’, que en noviembre de este año cumplirá 38 años. Al principio no ocultó su desconfianza, pero luego de un par de horas empezó a desahogarse, relató la historia de su vida, poniendo en evidencia sus temores y haciendo graves denuncias.

Contó que desde los 14 años tenía fijada en su cabeza la idea de ser narcotraficante. Mientras hacía su relato se acomodó una gorra de macramé hecha en la cárcel con la leyenda Lucharé hasta morir. “Esta frase define mi lucha, porque yo acepto haber vivido y trabajado en el mundo narco, pero me han acusado de una canallada de la que probaré ser inocente”, expresó sin titubear. “Yo merezco estar en la cárcel por lo que hice en el narcotráfico, pero no por una acusación falsa”, dijo mirando a los ojos a su ocasional entrevistador.

Todo tiene un inicio

La mona de la hummer roja contó que los estudios solo le alcanzaron para aprender a leer y escribir, pues dejó el colegio al vencer el segundo básico. 

A los 18 años inició su relación con la cocaína y el mundo que la rodea. Su incursión en esta actividad ilícita empezó una noche cuando ayudaba en la venta familiar de patasca y cuando la vida ya le había dejado un primer hijo. Un hombre, que había escuchado su intención de sumergirse en el mundo de la droga, le ofreció llevar cocaína en el estómago. La respuesta afirmativa de la joven fue inmediata, pero no se imaginó que la primera prueba para ver sus ‘aptitudes’ debía rendirla en una de las celdas de la cárcel de Palmasola.

“El hombre que me ofreció llevar la droga, me pidió ir a Palmasola para entrevistarme con un inglés. Cuando fui me temblaba el cuerpo, pero como soy decidida dejé de lado mis temores e ingresé hasta la celda del extranjero, que en aquel tiempo regentaba el negocio del que yo quería vivir”, recuerda la mujer.

Aquella vez tuvo que tragar 100 cápsulas, iguales a las que después llevaría a Argentina, pero estas estaban llenas con pedazos de vela. La mujer rubia, de ojos claros, se toca la garganta como si volviera a sentir el paso de los ovoides hacia sus entrañas, que después de esa primera experiencia se acostumbrarían a llevar, por un año, la cocaína fuera de nuestras fronteras.

El destino no quiso que el inglés siga siendo su ‘patrón’, ya que luego de ayudarla a conseguir un pasaporte, el hombre fue extraditado a su país y no volvió a saber nada de él. 

Sus patrones colombianos

Decidida a continuar como ‘tragona’, La mona de la hummer roja contactó a un sujeto colombiano, que le pagó $us 300 por su primer viaje a tierras argentinas. Aunque no siempre sucede, ella ‘coronó’ aquella primera entrega y allí su vida cambió de rumbo.

“Siempre tuve la suerte de hacer llegar los cargamentos a su destino, nunca fallé y me hice conocida”, relató, aclarando que el sobrenombre de ‘mona’ se lo pusieron los colombianos por su color de piel, su cabellera y sus ojos claros.

Como su técnica para llevar ovoides no la había hecho fracasar, un ‘capo’ colombiano la contactó y sin siquiera conocerla le confió cifras altas de dinero para que contacte, prepare y envíe gente a España, la línea de tráfico que el extranjero manejaba y que años después lo trajo a nuestra ciudad para conocer a la mujer que lo hacía ganar miles de dólares.

En 2005, la mona de la hummer roja ya era conocida en el círculo narco, donde tuvo que ‘levantar’ (presionar) a gente que tenía deudas pendientes y relacionarse con hombres que vestían uniformes y trajes oscuros, ya que asegura que el dinero sucio lo compra todo. Ya habían pasado poco más de cuatro horas de conversación en Palmasola y ella, la narcotraficante que tenía una casa con puertas blindadas, cámaras de vigilancia, más de cinco empleados y colchones de $us 3.000, solo había podido contar el 10% de su vida, de cómo fue perdiéndolo todo producto de las extorsiones y coimas. Para seguir hablando acordamos una segunda visita, sin fecha. Ella espera su juicio, quiere revelar más detalles de su vida, pero teme por la vida de sus hijos, dos varones y dos mujeres que crió con dinero narco, pero que asegura que no los manchó.