Kirchnerismo: de la Utopía a los Tribunales

Barbaro-1

Julio Bárbaro

Los que en los ‘70 creían ciegamente en la revolución y terminaron ahora creyendo en los discursos de Cristina, la verdad, son gente que necesita creer en algo, dejando el supuesto “algo” en el espacio de lo imaginable. En los ‘70 la revolución era tan absurda e imposible como que ahora los discursos de Cristina tuvieran algo que aportar. La distancia es infinita o ninguna, antes arriesgaban sus vidas y ahora se llevan lo que pueden. Son gente que necesita imaginar que quiere un mundo más justo; eso no está mal, lo absurdo es el camino que dicen elegir para lograrlo.

Siempre digo que a los setentistas los desnudan los jefes que eligieron para aquella patriada, es cierto que los mejores cayeron en la contienda, pero lo único que sobrevivió de esa causa se lo deben a los deudos, a las Madres y a las Abuelas, una justificación para tanta equivocación, los sobrevivientes que fueron sus jefes, esos no tienen nada para aportar. En rigor, la victimización de los sobrevivientes actuó como justificación de su demencia. La guerrilla fue un error que en otras sociedades se vivió como etapa, por ejemplo en Uruguay, entre nosotros se intentó convertir en profesionalismo, parasitando al Estado y generando una tribu de vividores disfrazados de ex combatientes.

Fanáticos, gente que pertenece a tribus de creyentes en causas perdidas, asumidos marginales que nunca proponen nada que sirva para mejorar al conjunto, que arman y desarman partidos y propuestas, meticulosos para dividir, groseros para obedecer. En los ‘70 la democracia les parecía poco, por eso intentaban la confrontación, como si en ella tuvieran alguna posibilidad de vencer, con los Kirchner cambiaron dignidad por un plato de lentejas. Ni una crítica, antes nada les alcanzaba, ahora con cualquier mendrugo se conformaban. “Imberbes” los había nominado el General al expulsarlos, Perón les quedaba grande, Cristina les resultaba a medida, “ya no le queda ni el pucho en la oreja”.

Elitistas, en un tiempo la antigua guerrilla peronista se había dividido entre “oscuros e iluminados”; los primeros creían que el mayor nivel de conciencia estaba en el seno del pueblo, los segundos, se asumían a sí mismos como “la vanguardia iluminada”. Esa pretensión acompaña a algunos viejos guerrilleros, a algunos estalinistas del diluido marxismo, y a un conjunto de vivos que a cambio de poder y dinero se prenden en cualquiera.

El kirchnerismo fue tan solo una persecución de disidentes utilizando al Estado como instrumento al servicio de la más corrupta burocracia. Repiten como loros la lista de sus pretendidos logros, todo fanático requiere de un catecismo que lo ayude a evitar pensar por sí mismo. Ahora que los negociados van quedando al desnudo, solo intentan manchar a los nuevos gobernantes, saben de sobra que no resulta discutible la exagerada corrupción que fue el motivo central de su poder.

Los nuevos pueden ser mejores o peores, la degradación de su causa no se rescata en la conducta de su sucesor. El kirchnerismo fue eso, una ambición con decorado solidario, un intento de degradar desde el peronismo hasta los derechos humanos y la justicia social. Como diría el Maestro Discepolín, “y en un mismo lodo todos manoseados”.

Clarín – Buenos Aires

 

Categorías Opinión