Ignacio Vera Rada*Al medio día del lunes 29 de octubre de 2007 murió un guerrero en esta tierra. Ese día los poetas trágicos habrían hallado la inspiración más pródiga y fecunda para concebir la obra perfecta que el mundo aún espera. Pero ¿quién era aquél que partía de este mundo? Era un pequeño genio. Como si fuese un dictamen del Hado para el natalicio de los grandes, nació el mismo día que el Libertador Bolívar, un 24 de julio.Un extraño sino precedió su vida. Con una piel más blanca que la nata y unos labios tan rojos como el granate, físicamente no parecía de nuestra sangre. Tan distinto de sus padres y aún más del que escribe esto, nunca, en sus siete años de vida, logró que alguien le entendiera, o quizá no alcanzó a entender a quienes le rodeaban. Siempre había algo enigmático que escondía esa joven alma.Tiene tres años y es una criatura encantadora –en el sentido exacto de este vocablo: hechizaba a quien se le acercaba. Su melena es oscura y dócil, sus cabellos se juntan naturalmente haciendo mechones ondulados y sus pestañas son largas y revueltas. Rosados son sus brazos y sus manos blancas; su boca rojiza, que resalta como fulgor en ese rostro tan albo, hubiese sido la envidia de Botticelli. Sus piernecitas mofletudas y sus mejillas chaposas y abultadas causan tanta ternura que la primera persona que le tiene en brazos no se explica cómo hay ser tan angelical en la tierra ni belleza tan delicada en un varón.Le acribillaron a pinchazos, soportó dolores físicos y espirituales, ¡aprendió a leer y escribir en una sola tarde echado en una camilla de hospital y recibiendo tratamientos intravenosos! Era un genio para los números. Resolvía operaciones matemáticas sin necesidad de lápiz y papel. Fue condecorado por el director del colegio, el Hno. José Antonio Diez de Medina, por su inteligencia y por su espíritu guerrero. Hablaba con la elocuencia digna del más ducho declamador; su conversación era ágil, con entradas y salidas ingeniosas; en verdad, su parlamento fluido no correspondía a un crío como era él. Pero había en este niño algo más valioso que su capacidad y lucidez intelectuales, algo que no era una capacidad sino más bien un don del Cielo: su fe. Su religiosidad era mística. ¡Ah, y era solo un alma de siete años!Una noche, debió ser un mes antes de aquél día 29, cerró sus ojos por varios segundos y despertó como de un trance profundo. “Es como si hubiese vuelto a nacer”, nos dijo en esa ocasión. Los días siguientes pasamos a su lado alegres por una razón que nosotros mismos desconocíamos; fueron los días más felices que vivimos.Y entregó su alma al Gran Vicario, al Cristo.Yo tenía trece años y seguramente ya había sufrido más que el Filóctetes sofocleo, que el Wherter goethiano y que la Prometheida tamayana juntos. Me refugié en la música y en el dibujo. Tuve a mis padres a mi lado, volcados a mi formación espiritual e intelectual, pero la ciencia y mis lecturas no pudieron aplacar el dolor de mi corazón.Muy luego, sollozando, escribí un poema, tal vez el más profundo de todo mi repertorio, que salió publicado en 2015 en mi libro Mocedades junto a mis otras composiciones líricas. Se titula Octubre Fúnebre y consta de treintainueve tercetos y un verso suelto escritos en endecasílabos de rima consonante de cuyos arpegios salen confesiones y movimientos espirituales como éste: “En melodías de un cordaje inerte/ Tu voz en lejanías mustias dio/ A nuestra tierra su último presente”.Laus Deo.*Poeta, dibujante, activista político y estudiante de Ciencias Políticas, Historia y Comunicación