Burros chutos e indisciplinados

José Luis Bolívar Aparicio* 

Muchas actividades a lo largo de mi vida me han llenado de satisfacción y orgullo, he podido practicar casi todos los deportes habidos y por haber y casi todos de muy mala manera para mal de mis pesares, el único que he podido llevar con gran éxito para mi persona ha sido el de correr, a veces sin cansancio, a lo Forrest Gump y con ello sentirme dichoso pues fue siempre la mejor manera de retarme a mí mismo en algo que podía superarme.

Sin embargo, en los deportes de conjunto no he tenido la misma suerte, a pesar de intentarlo una y otra vez. Durante mi infancia entre los 6 y los 14 años aproximadamente he debido patear pelota en la calle 300 de los 365 días que tenía el año y ni así, lastimosamente nací con dos pies izquierdos y no pude equipararme a los cracks de mi barrio, que mucho no tenían que envidiarle al Chumita a la hora de hacerle un pase a la red.



De manera que en la necesidad de ser parte de un grupo en el que pueda desarrollarme a la par de mis congéneres, sin tener que hacer lujo de mis gambetas o pases, el destino me puso en el lugar ideal para poder formar parte desde mi infancia hasta casi mi juventud de un proyecto de vida que me sirvió, me sirve y seguramente lo hará hasta el día en que me vaya a rendir cuentas al Creador.

El escultismo de Baden Powell me abrió sus puertas como lo hace con cualquier niño o joven con deseos de vivir la mejor experiencia que le pueda brindar la sociedad a la hora de ser uno entre hombre y naturaleza.Mis primeros pasos de lobato los hice en el Grupo Don Bosco, ahí todo era juegos y conocimientos básicos de la vida en manada. Todo contado en base al Libro de la Selva con un líder en Akela y formar parte de ello era sin duda, diferente a cualquier otra experiencia que puede sentir un niño a su temprana edad.Luego ya de scout fui parte del Santo Domingo que pertenecía al Colegio Bancario, la primera vez que me decían hermano, era también para aquel entonces un modo de confraternizar, además de la responsabilidad que significaba comprometerse con la buena conducta, la Ley Scout, sus valores y principios, simplemente no eran para cualquiera, no cabía duda que era un privilegio estar ahí.Las fogatas, los campamentos, las excursiones y las lecciones de escultismo me cautivaron y me volvieron uno de los miembros más compenetrados con esta nueva forma de vida. Mi primer Tantakuy fue nada menos que en Cochabamba, a mis 10 años mi madre me abrió las alas y me dejó volar para que pueda ya empezar a formarme como hombre. Y es que el hombre como tal sólo se hace de verdad cuando corta el cordón que lo ata a la panza de su madre, no física sino mentalmente. Y así me fue, lejos del hogar aprendí a gastar los 200 pesos bolivianos que me dio para 8 días y que se acabaron en 4, a comer arroz crudo como si fuera un manjar y empezar de nuevo cuando una burla de tornado se llevó mi carpa, mi mochila y las últimas galletas que quedaban como comida decente a 500 metros de donde estábamos. ¿Cómo volví a casa?, destrozado, mugriento, muerto de hambre pero con ganas de volver a acampar cuanto antes.Luego de varias circunstancias fui a parar al que fue mi mejor escuela de vida fuera de mi hogar. El Grupo Copacabana, donde mi Jefe y amigo Hernán Sarmiento y mis hermanos de la Patrulla Amautas eran más que una familia y tuve la dicha de disfrutarlos durante dos años con experiencias que las sigo reviviendo cada día de mi vida. Con ellos me volví ganador, pues nuestro único rival de fuste, la patrulla Mapaches de La Salle al mando de mi amigo Richard Villca, nos ofrecía un escenario de competencia fantástico en cada CADIPAS o similar en los que a brazo partido peleábamos cada jornada para ganar el apache de triunfador, momentos que jamás olvidare.Pero la edad le jugó en contra a mi patrulla, y la mayoría ya tenían los años para ser Robers de manera que me quedé solo y sin grupo, hasta que una mañana mi hermano Fernando Valdivia me llamó para preguntar si me animaba a ir con su patrulla a un Jamboree que se iba a llevar a cabo en Chile. Honestamente la sola idea me alucinó pero sabía que la economía de mi mamá con esfuerzo me permitiría llegar al lago Titicaca. El anterior había sido para mí un año fantástico en colegio y estudié como nunca sin más fin que el hacer las cosas como debía, y consciente de ello mi progenitora decidió premiar ese sacrificio e invertir sus pocos ahorros a fin de que yo pueda gozar de esa experiencia.Todo lo que pasé y disfrute en aquel viaje de 28 días hasta la décima región del país trasandino me tomaría 5 planas de un periódico, sólo puedo resumir en que conocí paisajes increíbles, siendo la primera vez que salía de mis fronteras valoré mi país y sus costumbres con mucha más fuerza, conocí amigos cuya querencia disfruto, a Dios gracias, hasta el día de hoy, incluyendo a mi hermano de toda la  vida Carlitos Gerl, tuve mi primer amor de juventud con muy mala suerte también y el primer cólico estomacal por comer duraznos verdes, pero la pasé como siempre me sucedía en los scouts, fabulosamente bien.Este campamento mundial de proporciones inimaginables para mí en aquel momento, se llevó a cabo en las proximidades de la localidad de Panguipulli, el Valle de las Rosas, cerca de la ciudad de Valdivia, en la región de los lagos del sur chileno.El lugar, simplemente paradisíaco, no se me borran hasta hoy los kilómetros y kilómetros de girasoles que enfrentaban feroces al astro rey hasta las 10 de la noche o aquellas hermosas rosas gigantescas por doquier o los pastizales inmensos donde jugamos una jornada de fútbol contra un onceno mapochino que para variar nos ganó en la cancha pero perdió a las trompadas como debería ser (Ser Scout no implica ser perfecto que se tome nota).Pero lo que me lleva a escribir esta nota tuvo lugar en una jornada de descanso y paseo que tuvimos en el pueblo que mencioné, de nombre Panguipulli y que vendría a ser una localidad remota, muy pequeñita, muy linda pero claro tremendamente humilde donde escasamente se podía ver un vehículo pues había más motocicletas.Lo que llamó tremendamente mi atención dejándome impresionado, y no se me borra hasta el día de hoy, es que un hombre paseaba en una carreta pequeña de color verde arrastrada por un mulo que se veía viejo y cansado, pero que lucía tanto en el cuello del jumento como en la parte trasera del vehículo de carga, una placa de identificación como si fuera un motorizado cualquiera.Era 1986 y para mí era algo asombroso que se pueda tener semejante orden y disciplina aún en un lugar tan remoto como aquel pequeño poblado.Este último fin de semana, un periódico cruceño hizo una nota en la que destacaba que en 7 municipios del oriente boliviano entre ellos Vallegrande, Samaipata, Camiri, Puerto Quijarro, Puerto Suárez y otros, no el 1, ni el 2, ni el 10, sino el 40% de los motorizados son chutos, no tienen documentos por ende no cuentan con placa, pero circulan tranquilamente sin que nadie, pero absolutamente ninguna autoridad nacional, ni las alcaldías, ni la Policía ni la Aduana hagan algo al respecto.A 31 años de aquella experiencia, me sigo preguntando ¿cómo es posible que fuera de nuestras fronteras hayan burros más disciplinados que nosotros? *Es paceño, stronguista y liberal