Viejos y nuevos mitos sobre las diferencias entre los sexos

En «Mitomanías…», de reciente aparición, analizan las frases hechas que condensan prejuicios de género. 

No tan diferentes. Los autores (en la foto) creen que los roles sociales tradicionales de la mujer y el hombre parten de una construcción cultural. / Foto: Andrés DElia



En cuestiones de género, nuestra sociedad es contradictoria, ambigua. Leyes de avanzada como la que sancionó el matrimonio igualitario coexisten con la fuerte homofobia expresada en los cantitos de fútbol. El acceso al poder en 2015 de cinco gobernadoras nos devuelve una imagen de mayor paridad pero si reparamos en la reiteración de los femicidios retrocedemos a la lógica más brutal del patriarcado. A una manifestación contracultural se le opone otra retardataria. Esa complejidad es uno de los temas que abordan la socióloga Eleonor Faur y el antropólogo Alejandro Grimson en su libro Mitomanías de los sexos. Las ideas del siglo XX sobre el amor, el deseo y el poder, que necesitamos desechar para vivir en el siglo XXI. Un poco a la manera de Roland Barthes en sus Mitologías, ambos investigaron aquellas frases hechas que condensan prejuicios, que expresan medias verdades y llevan a creer que la desigualdad es algo “natural”. Invitan a salir de esa jaula llamada sentido común, contrastando las “mitomanías” con las investigaciones de las ciencias sociales.

“En el lenguaje de cada día están moduladas formas de naturalización de los estereotipos y no hay nada más difícil que desplazarse de ellas porque están hechas cuerpo y sentimientos. Hay cosas que ves o dejás de ver por las matrices de percepción. En lugar de ‘ver para creer’ nosotros decimos que hay que creer para ver. Porque cuando creés que algo es de una manera, las cosas terminan siendo de esa manera. Pero también puede ocurrir una crisis cultural, la suspensión de esa naturalización. Por ejemplo, ‘Ni una menos’, que irrumpe y coloca una efervescencia que interpela a todos los que habitamos un lenguaje mitomaníaco. Algunos van a reforzar sus creencias, otros se van a desestabilizar y abrirse a preguntas”, sostiene Grimson.

-¿Muchas de estas mitomanías ya están superadas? ¿O en nuestro medio coexisten distintas capas ideológicas?

– EF: Hay muchas perspectivas que coexisten en una misma sociedad. La idea fue encontrar en cada uno de nosotros ese entramado. Si bien algunas de estas frases pueden resultar atávicas, superadas, como que “el placer femenino no tiene cabida en la sexualidad”, hay otras en las que muchos nos reconocemos. Además, hay nuevas mitomanías.

– ¿Un ejemplo de una nueva?

– EF: La que sostiene que “el acoso sexual es un invento para joder a los hombres”. Sin el concepto de acoso sexual esa mitomanía no existía. Está lo viejo, lo nuevo, está todo intersectado. Uno se siente más cómodo pensando que eso les pasa sólo a otros grupos, como que la violencia sólo sucede entre gente con bajo nivel educativo. Pero si uno agudiza la mirada también entre personas altamente educadas y progresistas nos suele suceder que la mujeres levantemos los platos y los lavemos. Contradicciones entre un discurso y prácticas sutiles muy arraigadas.

– La construcción de las desigualdades de género se originaría en la simbolización de las diferencias biológicas y de los roles en la reproducción. ¿En todas las sociedades deriva en una situación de dominación de la mujer?

– EF: Muchos antropólogos llegaron a esa conclusión. Pero hay contraejemplos.

– AG: Entre los mosuo, un grupo étnico de China, los hogares son femeninos, los varones viven en la casa de su madre o de su hermana. No hay matrimonio sino unión libre. Un hogar con una jefa de familia implica una feminización. También hay sociedades en América en las que las mujeres han tenido otro protagonismo. Aunque la dominación masculina haya sido universal, probablemente no vaya a serlo en el futuro.

– Ustedes cuestionan el intento de las neurociencias de explicar las diferencias de género.

– EF: Claro, a partir de eso las neurociencias intentan justificar las jerarquías. Cientos de estudios trataron de encontrar en las regiones cerebrales la supuesta desigualdad en la inteligencia masculina y femenina. Uno de los neurólogos, que asociaba tamaño cerebral con inteligencia, donó su cerebro una vez muerto. Y, gran ironía, pesaba menos que el cerebro promedio de una mujer. Otros intentan demostrar distintas inclinaciones, las mujeres más hacia el cuidado, los varones más hacia la vida pública, por ejemplo. Pero no llegan a ninguna conclusión. Si se caracteriza cada zona del cerebro, cada aptitud como femenina o masculina, un 92% de los cerebros tiene una estructura de mosaico, intersex.

– AG: Lo que criticamos es la biologización, la idea de que la neurociencia es la única que tiene voz cuando es obvio que las diferencias de género son culturales. Hace 100 años, las mujeres no podían votar, fumar, usar pantalones, ni estudiar medicina y hoy pueden hacer todo eso. No es biológico. El discurso de las neurociencias es una nueva mitomanía, una reacción que tiende a naturalizar lo que se desnaturalizó.

– En los cantitos del fútbol, las mitomanías están de manera desembozada. ¿Todos en la cancha son misóginos y homofóbicos?

– AG: ¿Cuál es la popularidad de las posiciones de monseñor Aguer? Si hacés una encuesta, tendrás un cuarto de la población abiertamente homofóbico. Pero ponés a la misma gente en otro contexto, en la cancha, y llegan al ciento por ciento. Eso te muestra que es más del 25 por ciento de la población la que es homofóbica. Se nota de manera institucionalizada: la AFA prohibió los cantitos racistas y el árbitro está obligado a parar el partido, pero no prohibió los cantitos homofóbicos. Y hay otra lectura para la que hay que mentar al psicoanálisis, porque esos hombres que dicen “los vamos a coger” están hablando de cogerse a otros hombres. Hay mucha ambivalencia allí.

– La ley de matrimonio igualitario se sancionó con poco conflicto. Fue un gran avance aunque debe coexistir con resistencias…

– AG: Cuando el Estado sanciona una ley es una contribución enorme a que cambien las formas, yo lo veo en las calles de Buenos Aires, veo más parejas homosexuales de la mano o dándose un beso. Pero persisten otras mitomanías, como que los hombres tienen que buscar parejas de la misma edad de ellos o menores y las mujeres de la misma edad o mayores. Veo más parejas homosexuales que parejas en las que las mujeres tengan diez años más que los varones. Eso introduce una desigualdad. Pensamos que elegimos libremente cuando estamos totalmente condicionados por nuestra cultura.

Fuente: clarin.com