
Yo fui en mi infancia lo que podría decirse hoy en día un niño con hiperactividad, inquieto y con atención dispersa. Pero para mi abuela era simplemente la pata del diablo cuyo único remedio era el quimsa charani y tenía mucha razón, su sola presencia hacía que todos esos diagnósticos de la psicología infantil contemporánea desaparezcan como por arte de magia y pasaba de ser el miembro inferior del macho cabrío a una pluma del ala de algún ángel de la guarda que revoloteaba por ahí, seguramente con miedo a que lo baje de un hondazo.
Mi abuela no era una abusiva, es más, casi nunca llegó a emplear aquel chicote trenzado hecho con cuero de llama, antes de sacudirme con él, prefería que emerjan de su boca un sin número de advertencias para que me comporte que era debido. Pero a la pobre no le iba bien, mi hiperactividad le ganaba la voluntad, y a mi dulce abuela no le quedaba otra que repetir una y mil veces, lo que pasa es que este niño tiene el mal de “San Vito”.
Honestamente no tenía la menor idea del porqué padecía esa rara enfermedad. No sabía si era en honor al Zambo Salvito, cuyo ejemplo servía siempre para educarnos en no poner los ojos en bien ajeno, o si se refería a algún santo con los mismos síntomas de la gusanera que parecía padecer por no poder tener las nalgas bien puestas en una silla por más de 2 segundos sin querer ir a destrozar algo, por algún lado, o escaparme cuanto antes para patear pelota con los llokallas de la esquina.
Pasado el tiempo fue mi querido y siempre recordado profesor de básico don Ricardo Carvallo el que nos contó durante aquellas maravillosas clases impartía, del porqué de ese denominativo, y de esa rara enfermedad que tuvo lugar en Francia allá por el año de 1518, en pleno feudalismo.
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Un día a mediados de junio de aquel año, una dama de nombre Frau Troffea de pronto, y sin razón aparente alguna, se puso a bailar en las calles de la ciudad, no había música, no había quien le cante una canción ni nada que la aliente. En tiempos como aquellos donde no habían muchas cosas que distraigan a la gente, más de uno salió a ver a la calle como se movía la “loca” de Madamme Trofea, y más de uno habrá quedado intrigado con esta hiperactiva mujer, que sin más se puso a sacudir el esqueleto como si estuviera en pleno carnaval.
La cosa es que pasada una semana se le unieron 34 personas, y al cabo del mes, más de 400 personas estaban dándole duro al guarachazo como diría un mexicano, y como debía ser, teniendo efectos no muy buenos.
Desmayos por deshidratación, convulsiones, derrames cerebrales y muertes, muchas muertes trajo consigo el descontrolado zapateo popular.
Las autoridades inmediatamente se pusieron a estudiar el asunto y como primera medida decidieron que lo mejor era fomentar el baile hasta que sea el cansancio el que los controle por sí solo, y que los problemas de descontrol y hasta muertes se había debido a la falta de música,
De forma que mandaron a construir un escenario y a traer cuanto músico esté dispuesto a tocar sin fin como los violinistas del Titanic y meta cumbia. El guateque siguió, la música no paró y danzantes, desmayados y muertos sólo incrementaban la estadística cotidiana.
La cosa no paró ahí, muy pronto otras poblaciones aledañas comenzaron a tener el mismo afán y están debidamente documentados casos como los de Bernburg, Colonia, Flandes, Franconia, Hainaut, Metz, Tongeren o Utrecht, en los que situaciones muy similares se presentaron con danzas incontroladas, con variaciones como bailes sólo de niños, de mujeres o de algún solitario que empezaba a moverse como si el mismo diablo lo hubiera poseído.El caso más simpático se produjo en Italia, donde la gente que decía haber sido picada por un insecto, los más nombrados fueron la tarántula o el alacrán, se ponían a bailar y demandaban la interpretación de los músicos del pueblo para que puedan curar a las víctimas del envenenamiento. Gracias a ellos hasta el día de hoy gozamos de las hermosas notas de la popular tarantela italiana.
Hasta la fecha no se ha podido dar con la exacta razón, del porqué de estas repentinas y convulsivas situaciones. En la obra “El flautista de Hamelín”, en la que un limpiador de chimeneas hipnotizaba a los ratones con las notas de su flauta mágica, y era capaz de hacerlos bailar y marchar a su ritmo, se puede entender el efecto de determinadas notas desapercibidas al oído humano pero con capacidad de influir en el cerebro. Otra de las teorías más aceptadas está referida a un hongo, el cornezuelo. Se trata de un parásito que suele afectar a los granos, en especial al trigo y al zenteno. Resulta que después de las inundaciones este hongo crecía de tal manera que podía provocar un envenenamiento llamado ergotismo y cuyos efectos tienen como punto neurálgico el cerebro y provoca alucinaciones y convulsiones idénticas a las causadas por la famosa dietilamida de ácido lisérgico, más conocida como LSD-25, que explicaría de mejor manera los efectos y sobre todo el que la gente no pueda dejar de bailar.
Sin embargo, los estudios más modernos apuntan a un fenómeno psico social llamado “Histeria Colectiva”, cuya principal característica es que una persona debido a alguna razón o circunstancia empieza a hacer alguna actividad y el resto lo sigue o imita por ósmosis y dependiendo de la cantidad de gente involucrada o capaz de caer en el efecto, esta puede pasar de unas cuantas a millones de personas afectadas, cundiendo el pánico general, el desorden, el caos y todo lo que conlleva a la debacle total.
Cientos de casos en la historia universal han dado claras muestras de este tipo de crisis, las más modernas fueron el Y2K, el calendario maya y su consecuente fin del mundo del año 2012, los 6 de junio de cada año que termina en 6, lo permanentes retornos del Hijo de Dios y hasta los suicidios en masa que provocó el apagón en Tailandia en pleno capítulo final de la telenovela María la del barrio.
Como no podíamos estar al margen, nosotros también tuvimos nuestros episodios de psicosis colectiva, las más de las veces cuando vamos a votar por quien no debemos, pero puntualizando un caso, hace un par de semanas, un grupo de chiquillas en Cobija, tras ser vacunadas contra el VPH, empezaron a desmayarse y sentir una serie de convulsiones que provocaron el delirio de las madres y todo tipo de personas que no tardaron en demonizar a la inofensiva vacuna.
De todos modos al parecer pocas o casi ninguna de todas estas histerias colectivas tuvo el impacto y la similitud al apocalipsis que generó este miércoles a nivel universal, la caída del Whatsapp.Si la gente no salió a las calles a bailar como locas pregonando el fin de los días, es porque estaba sentada o parada mirando a su celular tratando de averiguar que va a ser de todos nosotros ahora que ya no nos podemos comunicar más (por este medio).Menos mal que la catástrofe duró tan solo un par de horas y que la cosa volvió a la normalidad rápidamente. Lo bueno fue que mucha gente se dio cuenta que también se puede comunicar hablando con el vecino y que a su lado había gente a la que no vio durante mucho tiempo. *Es paceño, stronguista y liberal