

Desde muy temprano, la acera izquierda de la avenida Montes estaba repleta de gente, algunos con pasamontañas y con cajas para lustrar zapatos, otros con cicatrices en el rostro y algunos aún con los ojos rojos y aliento alcohólico, casi todos llevaban a sus niños.En las puertas de la congregación, los voluntarios instalaron un palco, donde músicos y artistas cantaban temas con mensajes de superación.En el área de cortes, peinados, duchas y cambios de ropa se encontraba Esmeralda Acarapi, de 12 años de edad. La adolescente recordó la primera vez que asistió a una de las campañas de El Buen Samaritano. “Me causaban miedo las duchas”, dijo Acarapi, quien contó que ella y sus hermanas fueron abandonadas por su papá. Ahora él tiene otra familia y “otros hijos”, aseguró con un tono indiferente.La adolescente llegó a la congregación desde la zona Huayna Potosí de El Alto. Cada mañana sale junto a su mamá para vender CD y no tiene miedo de andar por las calles del centro paceño.Emiliana Tapia tiene la misma edad y se mostraba muy contenta por conservar su cabello largo con un nuevo peinado. Es oriunda de la provincia Muñecas y recordó que en su tierra natal producen “de todo, paltas, naranjas y plátanos”. Ella llegó a La Paz porque su papá se enfermó y necesitaba atención urgente. En la actualidad, trabaja junto a su mamá como ayudante de albañil. “Sé cargar estuco, también ladrillos”, indicó.En los ambientes de El Buen Samaritano se observaba a personas en espera de un peinado nuevo o niños que caminaban y cubrían su cuerpo con una toalla. Otros correteaban con ropas nuevas.Es la primera vez que la voluntaria Rosario, de 15 años, participó en El Buen Samaritano. Con peines, ligas, horquillas y crema para el cabello, hasta el mediodía, la mujer regaló un nuevo look a más de 30 niñas de diferentes edades.

“Es fuerza de voluntad”, aseguró Ayaviri, cuando se refirió a su historia. Con voz baja, la mujer contó que inició el consumo de drogas y alcohol por curiosidad. Rehabilitarse no fue fácil. Representó seis años de lucha. “En las noches mi hijo salía a buscarme por la plaza Alonso de Mendoza. Sacaba el dinero de mi mamá”, dijo. Ella llegó a la iglesia por una infección en el pie. “El guardia me pidió que vuelva otro día y le respondí que si me iba volvería a buscar alcohol”, contó. Entonces, esa noche se quedó en la iglesia y al día siguiente se fue a un centro de rehabilitación.Mientras varios indigentes eran acogidos por los voluntarios, unos jóvenes cantaban un rap en las puertas de la iglesia. “No saben por lo que pasas en las calles/ Si pongo de mi parte puedo salir adelante”. Y es que todos tienen la ilusión de un futuro mejor.Fuente: paginasiete.bo