Meten los años en una maleta

Abuelos viajeros. Suman experiencias y alegría kilómetro a kilómetro tercer tiempo. Cumplieron su rol y ahora miran el mundo



Javier Méndez Vedia

Yolanda Céspedes suspiraba hace años, pero ahora tose a ratos y sonríe casi todo el tiempo. Durante 40 años trabajó como enfermera, y en ese tiempo vio que los jubilados dejaban de trabajar se enfermaban. Sus amigas viajaban y ella debía quedarse trabajando los fines de semana y los feriados. 

Suspiraba: “Cuándo será el día en que tenga tiempo para viajar”. En vacaciones tampoco podía hacerlo porque debía dedicarse a sus tres hijos.  Así llegó al momento de la jubilación: “Yo pensaba que me iba a deprimir después de 40 años de trabajo”. 

Como casi todo en Brasil, la fiesta de Año Nuevo en la playa de Copacabana tiene números que impresionan. Asisten casi tres millones de personas y ahí estaba Yolanda con sus amigas, integrando un grupo de 56 bolivianos que fueron a conocer el ruido y la alegría de Reveillon, la fiesta más esperada después del carnaval carioca. 

El grupo espera ver cómo explotan las 24 toneladas de fuegos artificiales. Yolanda recuerda los conciertos, los 17 minutos de espectáculo pirotécnico y la lluvia que dio la bienvenida a 2018. La ropa se le secó en el cuerpo y le dejó esa tosecita, insignificante frente a la alegría del viaje. 

Mientras cuenta todo eso, siente que se ha cumplido su anhelo de no quedarse estancada en su casa después de la jubilación. Por eso buscó un grupo de personas con su misma inquietud y encontró al Club de Abuelos, devoradores constantes de kilómetros. Noemí Gutiérrez estuvo en ese grupo y también pasó 40 años concentrada en la enseñanza. Su esposo murió hace 19 años y ella quedó absorta en sus cuatro hijos. 

 Bromistas. “Vos tenés una foto con el negro de WhatsApp” le dicen las amigas a Yolanda Céspedes.

Joven de espírituEn cada lección que daba renacía el  sueño de Noemí: conocer varios lugares. El primero que conoció fue Jerusalén, la capital de las tres religiones monoteístas. Recorrió Belén, al borde de las lágrimas, rezando el rosario y llevando una cruz simbólica. El padre Lucas, de la iglesia San Martín, fue el guía del grupo. Varias parejas renovaron sus votos matrimoniales en la Iglesia de Caná, donde según la Biblia, Jesús transformó el agua en vino. 

Noemí también sintió cómo el agua le invadía el cuerpo y el espíritu en el río Jordán, donde se bautizó nuevamente, como hace más de dos milenios se cuenta que Juan el Bautista ungió al Nazareno. “Pasar por todos esos sitios que uno ve en las películas fue como un sueño. Yo decía ‘Señor, estuviste por aquí’, y me emocionaba”. 

Su segundo viaje también fue un bálsamo espiritual. Estuvo en el lugar donde Juan Diego escuchó la voz de la virgen María, en México. Después de rezar en la Basílica de Guadalupe pasó cinco días en las playas de Cancún, disfrutando de tacos, enchiladas, museos y mariachis en la plaza Garibaldi. Hasta encontraron un grupo de mariachis de la tercera edad, que por unos pesos les interpretaban las piezas que Noemí y otras personas del grupo pedían. “Eran mariachis de verdad, no como los de acá”, cuenta. ¿Y el dinero? La jubilación es exigua, pero Noemí trabaja desde hace 30 años como vendedora de ropa. “Me ayudé con eso. No he dejado de vender para poder ayudarme, porque son caritos los viajes, y tiene que haber de dónde. Felizmente, mi último hijo salió profesional y dije ‘aquí acabé. Ahora me toca disfrutar’. Cuando mi hijo escuchó eso, se sintió contento y me dijo que espera su sueldo para regalarme los boletos de viaje. Esta vez, mi sueño es viajar en un crucero”. Janeth Yabeta ha resuelto el tema del dinero de otra forma. Ella trabaja durante una semana al mes como asesora tributaria. La mayor parte de lo que gana tiene destino e itinerario fijos. Ha visitado la mayoría de los países limítrofes, Estados Unidos y Europa. Disfruta los viajes cada minuto, incluso antes de poner un pie en el bus o en el avión. 

Quieto, George. Janeth Yabeta en el Madame Tussaud’s, el museo de cera más famoso del mundo, en Las Vegas. 

La alegría de recordarDisfruta cuando está buscando información acerca de los lugares que va a visitar, cuando está recorriendo los sitios de cada destino y cuando retorna, al conversar con los amigos viajeros. “Nos volvemos niños en los viajes. Hacemos travesuras porque quizá antes no hubo oportunidad o porque estábamos cohibidos. O porque están los hijos o el marido”. Algunas trepan a lugares donde los jóvenes no se atreven y no es raro perder hasta la noción del tiempo cuando se está lejos. “Oye, ¿qué día es hoy?”, preguntó una de ellas. “No sé. ¿Y vos?”, le preguntaba a una tercera viajera. No importaba. ¿El celular? Olvidado. Cuando se acordaban de él era para tomarse selfies y exclamar, sorprendidas, que tenían 12, 15 o más llamadas perdidas de alguno de sus hijos. También están felices de sus proezas físicas. “¿Así que quiere visitar Toro Toro? Hay que estar en forma. Se bajan 980 gradas hasta el Vergel y hay que volver a subirlas. Tiene que ver las cuevas de Umajalanta”, comenta Yolanda, que ha visitado este parque nacional potosino.  Los viajeros han aprendido que hay que dejarse llevar. En la Reserva San Pedro del Sola, en Tarija, volvieron a perderse en el tiempo y en los vergeles que hay en la zona. Agua cristalina, paisajes serenos, senderos con pinturas rupestres.

Cuando se percataron del paso del tiempo, eran las 16:50. Faltaban diez minutos para que alce vuelo su avión de retorno a Santa Cruz. Ni siquiera se molestaron en intentar el regreso, que implicaba un camino de 22 kilómetros hasta Tarija y luego al aeropuerto. Se quedaron tres días más. Tuvieron que volver después del martes de carnaval, porque todos los vuelos estaban llenos. 

También ocurren cosas curiosas. Algo raro hay entre Janeth Yabeta y los teleféricos. En el que recorre las alturas del Pan de Azúcar, en Brasil, subieron unas 50 personas. En algún momento del trayecto, el teleférico se detuvo y las 50 personas quedaron por algunos minutos suspendidas mirando al vacío. En el teleférico del cerro San Bernardo, en Salta, ocurrió lo mismo. Antes de subir al de Cochabamba, ya había un antecedente que la hizo decir “a ver si este no se detiene”. Se detuvo. Adivine qué pasó en La Paz: lo mismo. Cuando todas las probabilidades estaban en contra, subió al teleférico de Taxco, en México. Jamás se había detenido. Jamás hasta que Janeth Yabeta se subió. 

 Emisarias. Delegaciones de varios países se juntan en Argentina. 

¿Por qué ya no me duele?Hay efectos extraños cuando uno viaja mucho. Walter Weber suele sentir dolores en las rodillas. Esos dolores se acaban ni bien pasa Córdoba, en Argentina. Siempre que hace el viaje hasta Ushuaia, ‘el fin del mundo’, sabe que al pasar de ese punto, sus malestares se acaban de inmediato. Quizá –dice- es porque se acerca al polo sur y la fuerza magnética arrastra todos sus dolores. Camina, sube gradas, trepa y baila sin problemas… hasta que, de retorno a Santa Cruz, a medida que se aleja del polo sur, los dolores van retornando. Hay que decir que los lugareños, en Ushuaia, no podían creer que un grupo de abuelos hubiera hecho el viaje, de más de 6.000 kilómetros, hasta una ciudad que se precia de ser el fin del mundo. Se sorprenden más cuando los ven navegar por el canal de Beagle y ver cómo el glaciar Perito Moreno se desprende de apoco en medio de estruendos; pasean por un relieve costero donde hay un enorme faro rodeado de miles de pingüinos y se sorprenden con las manadas de lobos marinos. Carolina M. fue a Paraguay porque estaba perdiendo la vista y quería aprovechar los últimos meses de buena visión. No viajaba con los mejores ánimos. En muchos tramos debía desplazarse en silla de ruedas. De pronto, al salir de una zona de venta de artesanías en Caacupé, la vieron bañada en llanto. A partir de ahí, al visitar las cataratas en Ciudad del Este, no quiso subirse a la silla de ruedas y recorrió, a su ritmo, tres kilómetros sin problemas. Archivó la tristeza y al regresar a Santa Cruz celebró su cumpleaños y bailó con sus compañeros de viaje. Ruth María Rossel tiene 80 años y ha sobrevivido a una enfermedad grave. Integra el Club de Abuelos Nuevo Amanecer y sigue siendo la bailarina designada en las celebraciones. Este 24 de enero bailará flamenco en la celebración del club, en la que coronarán a su reina del Carnaval, Mirtha Garrido. La cercanía con los viajeros, la amistad y las experiencias comunes ayudaron a Ruth María a sobrevivir y a seguir bailando. Emma Cuéllar tiene 89 años y es una de las más entusiastas del grupo. “Soy la única sobreviviente de un grupo que formamos hace tiempo”, cuenta. Se emociona con la noche de coronación que viene. Es una oportunidad para teatralizar tiempos que se fueron, como la época en que la viudita salía a asustar a los borrachines conquistadores en los límites de la ciudad, que apenas llegaba hasta lo que hoy es la avenida Cañoto. “Al otro lado de la avenida había un guayabal, pachío y lúcuma”, recuerda vivazmente. Hace más de 14 años que viaja. La picardía, el humor inteligente y la amistad de este grupo, como en todos, son contagiosos.  

Los viajeros tienen ocasiones para reunirse. En Tucumán, Córdoba o Chapadmalal, se reúnen delegaciones en las que confraternizan y eligen a sus representantes. Varias bolivianas obtuvieron títulos en estos eventos, que reúnen hasta 3.500 personas. 

La Secretaría de Turismo de Argentina costeaba el alojamiento y la comida para los asistentes de la tercera edad. Eso acabó cuando llegó al poder Mauricio Macri, pero no detendrá a los abuelos en su empeño de seguir recorriendo miles de kilómetros para reunirse. Nota: el viaje hasta Ushuaia implica más de 13.500 kilómetros y dura un mes. 

 Sagrada Familia. Esta joya arquitectónica, aún inacabada e inclasificable, es una parada obligatoria en Barcelona.  

Algo es algoHay agencias de viaje con experiencia, como Scape Travel, o La Preferida, que tiene convenios con empresas transportadoras en Argentina. Boltur, la empresa estatal boliviana, también ha preparado paquetes de viaje con descuentos para los abuelos. Se puede navegar por el Titicaca en el barco más grande de Bolivia por 440 bolivianos, pero un adulto mayor paga 220, con almuerzo incluido, guía especializado y entradas a los museos de Tiahuanaco y Huaqui. La ruta del vino y excursión a la campiña chapaca, durante tres días y dos noches, cuesta 1.556 bolivianos en hotel de tres estrellas. El transporte hasta Tarija corre por cuenta del viajero. La Chiquitania también se puede visitar con precios preferenciales: San José y Santiago deChiquitos, desde 2.221 bolivianos, con punto de arranque en la Bimodal. El jefe de Desarrollo de Productos Turísticos de Boltur, Gabriel Reyes, recuerda que está vigente el precio preferencial para adultos mayores en las aerolíneas: hay una rebaja del 40%. Yolanda Céspedes cuenta que en el mariposario Güembé les cobraron la mitad del precio de entrada; por el bufé, que cuesta 120 bolivianos, ellas pagaron 60. “La gente no conoce estos privilegios para los grupos”, comenta. Pueden crearse más ventajas, pero quizá con eso alcanza para empezar a armar maletas. La mayoría tiene hijos que se dan cuenta que sus padres estuvieron pendientes de ellos por años y los animan a viajar.  Por eso, ni bien pueden, arman pilchas y salen a ampliar su mundo. 

Renovación. Varios dejan la silla de ruedas y se entregan al disfrute. 
Tierra Santa. Con dos guías locales. 

Fuente: eldeber.com.bo