En la cima de La Paz germina la ciudad del mañana

 El huerto urbano Lak’a Uta va mucho más allá del cultivo. Mientras hace germinar las hortalizas sobre los techos de la sede de Gobierno, replantea el sistema alimentario y crea la ciudad del futuro.

Las cuestas que unen la avenida Buenos Aires con el barrio alteño de Ciudad Satélite aceleran el pulso del caminante. A la distancia, un relámpago divide el cielo nuboso que cubre el Illimani.Sin embargo, en el huerto urbano instalado en el parque  Lak’a Uta es una mañana soleada. Esta mañana abrió sus puertas para desmitificar la agricultura urbana. Y mientras el ruido de la ciudad se desvanece entre el canto de los pájaros y el silbido del viento, docenas de personas deambulan por el huerto.A más de 3.600 metros sobre el nivel del mar, el primer huerto urbano de La Paz dispone de 40 parcelas para cultivar alimentos orgánicos, dando así la posibilidad a los vecinos – gente de todas partes de la ciudad– de reconectarse con la naturaleza y producir su propia comida. Es un proyecto que busca un nuevo sistema alimentario, creando, de esta manera, una sociedad más sostenible y justa.“Lo que queremos es que todas las personas puedan acercarse a la agricultura urbana, que vean que en La Paz es posible”, comenta Juan Pablo mientras guía a un grupo de visitantes por una hilera de parcelas. Tras sus gafas palpitan ojos atentos, con los cuales fundamenta sus palabras. Con paciencia muestra la variedad de hortalizas que germinan en la altura y explica cómo fomentar su crecimiento.“Las plantas son como personas”, afirma, refutando el mito de que en el frío de la altura no es posible cultivar. Según él, cualquier planta –como también los seres humanos– sólo necesita un tiempo de aclimatación para acostumbrarse a la altura. Sin embargo, después, “no hay problemas”. Para demostrar lo que dice, lleva al grupo por unas parcelas donde florecen una gran cantidad de hortalizas, entre ellas repollo, albahaca, tomate, espinaca y unas rojas frutillas.

Cada parcela en el parque es diferente. Algunas están adornadas con madera colorida, en otras se usaron  botellas de plástico pintadas como decoración. En algunas hay invernaderos, mientras que en otras se ven construcciones para cultivos verticales que aprovechan al máximo el espacio disponible (16 metros cuadrados en cada parcela). Y en cada una germina algo distinto.“El objetivo es utilizar las condiciones existentes y, a la vez, reciclar lo máximo posible”, señala Juan Pablo mientras lleva al grupo al compost, donde los vecinos aprovechan sus desechos para producir su propio abono. El 70% de todo el material que se ve en el lugar es reciclado. La basura que llena las calles de la ciudad, aquí se convierte en un pequeño tesoro.Una alternativaUn alto nivel de humedad emana del invernadero de Martín, un transportista paceño. Desde hace casi tres años tiene su parcela en la que germinan cebollín, lechuga, acelga, repollo y  locoto. En las paredes aparecen flores de todos los colores, desprendiendo un olor dulzón que invade el aire. Suele venir dos veces a la semana para ocuparse de sus verduras.“Amo la naturaleza. Vengo aquí a desestresarme porque aquí encuentro una paz y una armonía extraordinarias”, explica alegre mientras su mano acaricia una rosa japonesa.



El huerto es un espacio para reconectarse con la naturaleza, pero no sólo es eso, también fomenta la imaginación y la creatividad. Da la certeza de que los alimentos consumidos son saludables y que su cultivo permite reducir el impacto medioambiental de la comida. Además, reúne a las familias, genera comunidad entre los vecinos y produce nuevos sabores, como lo explica Leo, un alumno que ayuda a su madre en su parcela. Según él, una verdura cultivada orgánicamente sabe mucho mejor que las que se  venden en el supermercado.Pero, ante todo, la agricultura urbana responde a una problemática social urgente, enfatiza Mariela  Riveira, coordinadora de Producción Urbana de la fundación Alternativas, organización que creó el huerto.“Esto de aquí, a 20 años, no va ser solamente algo divertido o lindo, sino que se convertirá en una necesidad”, afirma. Hace 50 años, el 70% de  la población boliviana radicaba en áreas rurales y el 30%  en la ciudad. Ahora la cosa es al revés.“En un futuro, ¿quién nos va a producir los alimentos?”, cuestiona Riveira e inmediamente da la respuesta: es urgente fomentar la agricultura urbana para combatir las facetas múltiples de la inseguridad alimentaria, que cada día una gran parte de la sociedad boliviana –sobre todo mujeres, niños y pobres– experimenta. Es la raíz de bajos rendimientos educativos, de la desigualdad social, de altos costos en la salud y de la disminución de la productividad.

Seguridad alimentariaSegún datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), un 36,4% de la población todavía vive en pobreza, lo cual limita su acceso a alimentos frescos y saludables. Además, se estima que un 60% de los alimentos que se consumen en Bolivia son importados. Una situación que genera una dependencia del mercado exterior, y, por lo tanto, una vulnerabilidad hacia precios cambiantes: ya sea por causas políticas, económicas, sociales, tecnológicas o el cambio climático.Puesto que la conversión de espacios urbanos subutilizados en huertos aumenta la disponibilidad, el acceso, la calidad y la estabilidad de alimentos locales, el fomento de la agricultura urbana es uno de los objetivos principales de la Fundación Alternativas. Es una organización sin fines de lucro que se encarga de realizar trabajos vinculados con la seguridad alimentaria en espacios urbanos en tres sectores: políticas públicas, educación y la parte productiva del huerto.“El huerto es el respaldo práctico que nosotros tenemos para todo lo que hacemos. Aquí nos damos cuenta de que no sólo nos quedamos en el discurso, sino que hay prácticas que realmente se pueden realizar”, comenta Viviana Zamora, coordinadora de Políticas Alimentarias de la organización.En su área se plantea cómo se puede elaborar mejores políticas públicas relacionadas con el sistema alimentario, “un sistema que va siempre moviéndose, que siempre va siendo afectado y que es muy vulnerable”.A través de la sensibilización de la ciudadanía y de la clase política plantean que a la hora de hacer planes y campañas políticas, las autoridades tomen en cuenta la seguridad alimentaria a largo plazo.

Una ley y una oportunidadTres días antes de la visita al huerto urbano Lak’a Uta  se promulgó la Ley Municipal 321 de fomento a huertos urbanos. Es una  norma que promociona la práctica de la agricultura urbana en espacios subutilizados, como lo era el parque Lak’a  Uta antes de ser convertido en un huerto urbano.Sin embargo, esta ley es sólo un paso pequeño en un proceso permanente hacia un sistema que sea justo y sostenible. Para llegar a aquello también es importante fomentar la iniciativa desde abajo, motivando a los ciudadanos a desempeñar un rol más activo en la producción de alimentos.Es por eso que hoy tratan de desvirtuar la gran cantidad de prejuicios que todavía existe sobre la agricultura urbana, mostrando que el cultivo de alimentos en la ciudad es posible y accesible para cualquiera. Mientras haya un espacio, no hay requisitos especiales para cultivar los propios alimentos en  el Lak’a Uta.La única condición para obtener una parcela es hacer un voluntariado de dos semanas para aprender cómo funciona la comunidad. “Queremos que las personas que se interesan vean de qué se trata, porque algunas piensan que nosotros les damos todo y que ellos solamente tienen que cosechar y no  es así”, explica Mariela   Riveira.Sin embargo, aunque no haya una parcela libre, siempre existe la posibilidad de visitar el huerto para  conocer la agricultura urbana y ampliar conocimientos. La posibilidad está abierta para cualquier persona, los días martes y viernes, entre las 09:00 y 15:00, o sábado, de 09:00 a 17:00.

Al mediodía, los visitantes pasean por el huerto. Muchos llevan cuadernos para anotar ideas y consejos, escuchando atentamente a las explicaciones de los vecinos presentes. La agricultura urbana es para todos y todas, desde niños hasta adultos mayores.En el huerto se habilitó un lugar para los niños donde se encuetran con un bufete de sorpresas culinarias elaboradas con verduras y frutas del huerto. Todo complementado con una variedad de juegos y experimentos relacionados con la agricultura.A la hora de desarrollar su conciencia medioambiental, cada uno se convierte en un factor  multiplicador que compartirá sus conocimientos e ideas con las personas a su alrededor, difundiendo así la visión de una sociedad justa y sostenible que se cultiva sobre los techos de La Paz.El  Lak’a Uta es un oasis verde en la selva urbana paceña donde ya germina la ciudad del futuro.Página Siete / Benjamin Hindrichs /  La Paz