«Me casé por dinero y me arrepentí 20 años después. No era feliz»

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Dinero y amor. Dos conceptos indisolubles. Bien dicen que «cuando el dinero no llega el amor sale por la ventana». ¿Qué es más importante? Para que una relación florezca necesita de unas condiciones materiales dignas, de lo contrario corre el riesgo de caer en la frustración. Y muchas personas que aglutinan mucho capital y han triunfado en sus respectivas carreras reconocen sufrir en silencio el mal de la soledad.

Hay personas como Chelsea Green, una mujer divorciada británica que escogió el dinero como motor de su existencia pese al amor. Tal es así que ahora ha redactado un artículo para la revista ‘Best Life’ en el que reconoce haberse arrepentido de su decisión de valorar más los billetes que los besos. Su texto deja algunas reflexiones interesantes, como con la que arranca: «Al crecer, mis padres me hablaron de dinero. Y me dejaron dos cosas bien claras: era muy importante y la mayor parte lo manejaban hombres».

A menudo me preguntaba por qué, en lugar de sentirnos felices y seguros, nuestra vida parecía más vacía



«Mi padrastro fue el encargado de mantenernos», prosigue. «Mi madre solía decir que fue él quién nos había ‘salvado’ de la pobreza. Apenas sabía nada sobre economía, pero no pasó mucho tiempo hasta que empezara a relacionar al género masculino con la seguridad financiera. Aunque pronto me hice independiente gracias a empleos de corta duración siendo adolescente, nunca hablé de gastos ni de ingresos con mis padres, ya que si me arruinaba, siempre estarían ellos detrás».

Green conoció a su marido cuando entró en la universidad. «Tenía grandes ambiciones profesionales y una gran comprensión de la economía», relata. «Venía de una familia rica. Ojalá pudiera decir que no me impresionaban las marcas en sus camisas caras o los coches de lujo que conducía su familia, pero lo cierto es que sí. Me halagó que reparara su atención en mí. Hasta entonces, nadie que hubiera tenido ese nivel de riqueza había mostrado interés en una chica como yo».

Debía haberlo dejado antes. Dependíamos del dinero para ser felices y al final, fue lo que nos separó. Ahora sé lo que importa de verdad

«Nos casamos justo después de la graduación», asegura. «En resumen, comenzamos a disfrutar de un estilo de vida lleno de lujos gracias a sus enormes ingresos. Disponíamos de cosas con las que el común de los mortales solo puede soñar: botes privados, clubs de yates y vacaciones en lugares tropicales, nadando en los arrecifes de coral de los patios traseros de casas multimillonarias. Tuvimos jardineros, paisajistas, arquitectos y un montón de gente que nos ayudaba a mantener nuestras propiedades. Teníamos fondos de ahorro, de jubilación y seguros de salud que se revertían en la mejor atención médica del mundo. En realidad, teníamos todo asegurado, hasta nuestros barcos y yates. Siempre había dinero y fiestas opulentas».

Y claro, cuando ya no tienes que trabajar para vivir, puedes dedicarte a cosas mucho más satisfactorias. «Pude iniciar una carrera como escritora», narra Green. «A menudo me preguntaba por qué, en lugar de sentirnos felices y seguros, nuestra vida se sentía más vacía. Mi esposo se pasaba 18 horas al día en el trabajo, nuestra familia y amigos alababan su incansable modo de ver las cosas. Yo quería que estuviera más en casa pero él me respondía que había que ahorrar más y esperar al año que viene».

Los problemas no tardaron en aparecer. Sobre todo a raíz de que él era el único que se encargaba de llevar las cuentas familiares, algo que ella vio en un inicio como positivo y, de algún modo, un alivio. Pero no tardó en darse cuenta que su vida estaba supeditada a su esposo. «La mayoría de los días me levantaba sintiéndome un completo fraude. Nunca me sentí cómoda al ser rica. Tenía cero conocimientos sobre finanzas, ganancias o ahorros. Y se hizo cada vez más claro que mi definición de seguridad no estaba en la misma dirección que la de mi esposo», asegura. «Quería tomarle de las manos y sentir su cuerpo a mi lado, pero no puedes hacer eso con un adicto al trabajo. Más que dinero o libertad, lo que de verdad quería era un buen marido, pero pronto se hizo palpable que él realmente estaba casado con su trabajo».

Entonces, comenzó a envidiar a sus amigos que optaron por repartir sus bienes de forma ecuánime. «Estaba celosa de la vulnerabilidad e intimidad que tenían», reconoce Green. «Una amiga que lo pasó mal económicamente me habló de sus noches sin dormir con su esposo a causa de las deudas, abrazándose el uno al otro y rezando para que todo fuera bien. Yo nunca me acurruqué al lado de mi pareja por razones así. Sé que él creía que estaba haciendo todo lo posible por mí, pero a la vez nunca estaba conmigo».

No me consideraba nada rica: no tenía una buena relación con el dinero. Me hacía sentir incómoda y avergonzada

«Pasamos poco o nada de tiempo juntos, como pareja», asume. «A medida que aumentaron los ingresos y los activos, también nos separamos más. Tenía todo el dinero que siempre había soñado, pero emocionalmente me sentía en bancarrota». Después de siete años juntos, parece que las cosas fueron a mejor. «Tuvimos dos hijos y, a medida que fueron creciendo, también lo hizo el salario de mi esposo, al igual que la cantidad de tiempo que pasábamos distanciados. Ahora me estremezco cuando recuerdo el día en que me dijo que habría que esperar hasta la jubilación para pasar más tiempo con él. Dejé de creerle y mi resentimiento comenzó a crecer al cabo de diez años de matrimonio».

«Cuando discutíamos y llegábamos a un punto de no retorno, él reservaba otras nuevas vacaciones lujosas para tranquilizarme«, suspira. «Luego, volvía la mala racha. Finalmente, mi confusión se convirtió en rabia y amargura al reconocer que el centro de nuestra relación era el dinero y el estatus social. Un día, hablando con mi hermana, la cual vivía de forma humilde, me dijo: ‘Eres la persona más rica que conozco sobre la faz de la tierra’. Me sorprendí. Después de todo, no me consideraba nada rica: no tenía una buena relación con el dinero. Me hacía sentir incómoda y avergonzada. Fue entonces cuando finalmente me di cuenta de todo: no quería esta vida».

Después de 20 años juntos, tomaron la decisión de divorciarse. «Debía haberlo dejado antes», reconoce. «Me dije a mí misma que debía quedarme y no podía ver con claridad lo mal que era nuestra situación. Dependíamos del dinero para ser felices y, al final, eso fue lo que nos separó. Ahora sé que la riqueza te puede garantizar un estilo de vida seguro y cómodo, pero nunca las cosas que verdaderamente importan: respeto, intimidad, comunicación y amor verdadero. El dinero tampoco puede curar viejas heridas. Y como dice el dicho: ‘No te mantendrá abrigado por la noche’. Ahora lo sé».

Fuente: elconfidencial.com