Reflexiones melodramáticas, en torno a una peste amarillazulada

 

Desde que nuestra abuela Lucy bajó del árbol donde estaba comiendo mangas, se irguió sobre sus patas traseras y oteo el horizonte, han pasado tres millones de años. Hace aproximadamente cien mil años los homo sapiens parten desde África y se desplazan hacia Europa y Asia a través de la península arábiga y en varias manadas migratorias. Finalmente hace diez mil años los seres humanos empezaron a construir diversas civilizaciones: unas magníficas y con grandes logros y otras dignas de repudio y desesperanza. Fue un largo y escabroso camino, transitamos desde la grandeza cultural y ética, a la miseria moral y así avanzamos en zigzag y erráticamente.



Al parecer no somos tan sapiens y en el fondo de nuestro ser, de nuestro espíritu, no hemos evolucionado lo suficiente para asumirnos como personas, como seres libres y responsables de nuestra vida y seguimos aferrados y vinculados con la manada al igual que nuestros ancestros primates. Necesitamos ser y sentirnos parte del rebaño, queremos que nos arreen, que nos digan que hacer, que alguien nos de todas las respuestas y soluciones, sin necesidad de decidir y asumir personalmente los riesgos y las responsabilidades ante los eventuales fracasos. Queremos vivir tranquilos, recibir todo del líder y aplaudirlo y esto nos hace presa fácil del populismo.

Escuchaba el otro día, una discusión entre un Gobernador y un ciudadano que le pedía intervenir y  levantar los bloqueos masistas, que tiene secuestrada a la población, sin alimentos, medicinas y posibilidades de trabajo. La Autoridad Departamental decía que eso era responsabilidad del Tribunal Supremo Electoral y del Gobierno Central. Cabe preguntarnos, para qué nos sirve el Gobierno Departamental si no asume su responsabilidad básica y defiende al menos el libre tránsito de sus ciudadanos, quienes lo mantienen con sus impuestos.

Es nuestra estolidez y cultura de manada, lo que nos induce a dejarnos arrastrar al mundo de las mentiras, de la ilusión y las medias verdades. Un campo en el cual los ideólogos populistas, como practicantes del doble pensar, son unos verdaderos maestros, expertos en mentir con arte y mejores argucias, ilusionando a la población para tiranizarla. En su novela 1984, Orwell señala que el lema de la tiranía (eventualmente masista), en lenguaje de doble pensar, es: “La guerra es paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Por lo que se ve en estos trechos, así nomás había sido.

Nos movemos en un mundo maleable y sin un referente común y aceptado por la comunidad. En estas épocas la realidad se hizo difusa, dejaron de existir la verdad y la mentira y ahora son simples opiniones, por lo cual “nada es verdad y nada es mentira y todo depende del cristal con que se mira”.

La izquierda, pese a sus permanentes fracasos en proporcionar bienestar económico y cultural para la población, tiene una admirable habilidad para obviarlo, echar las culpas a otros y promover exitosamente su ideología. Su experticia en manipular la mente de las personas, devaluar todo pensamiento contrario e inventar historias que ensalzan el mito socialista y generar aceptación y solidaridad inmediata, es asombrosa y es por eso que manejan el poder.

Diariamente vemos y escuchamos las entrevistas realizadas con algún personaje masista. El periodista citando datos concretos, pregunta su opinión sobre los destrozos que causan los masistas con sus bloqueos, la destrucción del patrimonio de la gente, el robo de los productos que se transportan y de los daños materiales y personales que se causa con los bloqueos por la dinamita utilizada. Algunos periodistas más avezados piden explicaciones sobre el dolor de los propietarios despojados del fruto de su trabajo, de los enfermos y sus familiares que no cuentan con su medicación y mueren. Son hechos y datos, pero ellos impertérritos obvian la pregunta y acusan al gobierno, a los neoliberales, al imperialismo de todos estos males; ellos janiwa.

En el mundo hay ciertas ideologías políticas y culturas religiosas, que influyen fuertemente sobre la mente de las personas (ya dañadas por al fanatismo) y las impulsan actuar de manera destructiva.

Hoy por hoy, es raro ver un budista o un cristiano que asesine a sus semejantes en nombre de su dios; pero sí lo hacen muchos musulmanes, que con bombas hacen volar indiscriminadamente a cientos de inocentes, para honrar al suyo.

Es también muy común, ver a hordas y facciones politizadas de populistas, haciendo uso de “su derecho humano” de bloquear los caminos, paralizar el transporte, asaltar los suministros, quemar los bosques y dinamitar las carreteras y todo en defensa de la democracia comunitaria y el honor del Jefe y de paso ganarse unos quintos. Y nadie puede pedirles cuentas por el daño que realizan.

Esta estrategia de poder y la técnica discursiva populista de mentiras y medias verdades, funciona eficazmente en un mundo donde se están perdiendo los valores, la responsabilidad, el valor y la ética, y donde triunfan los demagogos, pajpakus, farsantes y los a Morales. Aquellos que por un lado atemorizan a la población y por otro les prometen, siempre que los apoyen, un mundo mejor y menos complicado.

Fuente: ovidioroca.wordpress.com