90 años de una obra profética

 

Una de las consecuencias de la primacía del hombre-masa en la vida de las naciones es, dice, el desinterés de la sociedad aquejada de primitivismo y de vulgaridad por los principios generales de la cultura, es decir, por las bases mismas de la civilización. 



Mario Vargas Llosa 

 

En 1951, Ortega y Gasset visitó Inglaterra. Había sido invitado para recibir una de las numerosas distinciones académicas que, a nivel internacional, lo consagrarían como el más ilustre filósofo del siglo XX en español. Su fama tenía varias causas; sin embargo, había una que, nuevamente, lo haría entonces tomar la palabra. Pasa que, aun cuando el tema fuese otro, estando fuera de su país, no faltaba quien le pidiese hablar sobre una obra con la cual concitó las atenciones del mundo. Así, otra vez, reflexionó en torno a La rebelión de las masas, libro que ya había merecido incontables comentarios, alabanzas y críticas, volviendo imposible dejarlo de lado cuando procuramos entender las sociedades contemporáneas. No es casual que, todavía hoy, se continúe con la multiplicación de sus ediciones. 

Al explicar el éxito del libro –que, hasta 1930, había aparecido paulatinamente, por partes, en artículos de periódico–, Ortega destacaba su carácter profético. En otras palabras, algunas de las predicciones que fueron hechas por sus páginas se habían cumplido a cabalidad, lo cual fascina siempre al público. Anunció un fenómeno que no hizo sino propagarse: el advenimiento de las masas al poderío social. Se terminaba con la dirección ejercida por las minorías, lo que traería consigo cambios de suma importancia. No se debe pensar en la política como si fuese lo único que resultaría afectado por este acontecimiento. Se trataba de un suceso más amplio, abarcando diferentes aspectos que conforman nuestra realidad, desde las disputas del poder hasta los temas culturales. Tal era la fuerza que tenía el movimiento del hombre-masa. 

Sin duda, uno de los capítulos más interesantes del volumen es el que se titula con una pregunta provocadora: ¿quién manda en el mundo? A comienzos del siglo XX, nuestra respuesta será la mayoría. El cambio es relevante porque, históricamente, mandaban las élites. Cabe aclarar que no hablamos de minorías con privilegios y sin ninguna carga sobre sus espaldas; por lo contrario, tenían un deber mayor: la creación. Debían colocarse a la vanguardia, enfrentando problemas e intentando su solución. Protagonizaron revoluciones, por ejemplo, consiguiendo el reconocimiento de libertades que favorecerían a los individuos, incluyendo las mayorías. En resumen, pese a no estar mandando, sino obedeciendo, las masas serían beneficiadas con esas luchas que fueron libradas por la otra parte de su sociedad. Sus derechos serían ampliados, pero no así, los deberes. 

Ese cambio del mando, la sucesión de minorías por masas, puede parecer positivo. Uno lo asocia con la mejora del régimen democrático. Que el supremo poder lo tengan las mayorías no se considera cuestionable. No obstante, esa nueva realidad cuenta con la posibilidad de generar objeciones. El hombre-masa, aquel que vive con mayores comodidades y tiene derechos inimaginables para generaciones del pasado, no aprecia todo ese gran esfuerzo hecho a fin de favorecerlo. Por ejemplo, se le confiere la posibilidad de votar, pero no valora vivir en democracia; peor todavía, relega sus reglas, limitaciones, prefiriendo tiranos y no, gobernantes civilizados. Tampoco reivindica el valor de la cultura en sentido tradicional, aquella que nos servía para el refinamiento del espíritu y la crítica, privilegiándose lo vulgar, así como también los dogmas. Porque, conviene acentuarlo, su hegemonía lleva la marca de las pasiones, lo emotivo, vale decir, del desprecio a esa razón creadora que permitió nuestro progreso. 

 

*Escritor, filósofo y abogado