“Ninguna niña sin infancia”

El caso de la niña de 11 años de Yapacaní, violada y embarazada, y con la firme decisión de evitar que nazca el bebé, se armaron encendidos y encarnizados debates de católicos, evangélicos, ateos, izquierdistas, derechistas, laicos, cívicos, activistas.

Las aguas están divididas totalmente. Los que apoyan la vía del aborto y los que dicen ser provida, pero provida de un solo lado, sin importarles la vía crucis de las violadas.

El debate es duro, agrio y tenso en todo momento. Sin ceder posiciones.



Sin radicalismos, sin fanatismos, sin hipocresías, sin insultos, sin prejuicios, sin doble moral, es hora de debatir de forma abierta y sincera el aborto en todas sus dimensiones: social, político, médico, humano, teológico. El complejo asunto del aborto libre y legal, no es un tema exclusivamente de las mujeres, sino de la sociedad en su conjunto.

Porque las niñas, adolescentes y mujeres no se embarazan solas o no sufren violencia sexual ellas solas, sino que está el hombre, esa bestia que por saciar su apetito sexual, con bebidas alcohólicas de por medio, busca al ser débil para poseerla, penetrarla, eyacular en su interior, sin importarle, nada más que su placer momentáneo. Mientras germina una criatura en un cuerpo infantil, que no tiene ni los senos ni el clítoris totalmente formados.

En nuestro paso por la Defensoría del Pueblo (2010-2016) atendimos más de 10 casos de niñas violadas, que no quisieron dar a luz su bebé e hicimos aplicar la Sentencia Constitucional 206/2014, a pesar de la oposición de los centros médicos y de la Iglesia Católica. Pero ellas no fueron madres a sus 10, 11 o 12 años. Siguieron siendo niñas, viviendo sus infancias y luchando por sus sueños.

El aborto es un tema esencialmente político, social y de derechos humanos. Así lo debemos entender para profundizar el debate serio y sin tapujos en este país, que cada año registra más de 115 feminicidios, más de 40.000 casos de violencia contra la mujer y que cada día entre 4 a 6 niñas son violadas. La mayoría de ellas quedan embarazadas.

En julio de 2015, el Papa Francisco, dijo en su misa en el Cristo Redentor: “Ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha“.

Pues bien, se trata de eso, de que nuestras niñas tengan todas las condiciones de vivir una vida feliz: una infancia con salud, educación, pan, familia, diversiones, dignidad, para lo cual la sociedad en su conjunto debe ser parte. Una sola niña abusada, maltratada es síntoma de que la sociedad está en crisis.

El Papa Francisco dio la orden a los que arengan el lema provida, que una niña sea una niña feliz, no una niña violada, ultrajada, abusada, embarazada y llevar el peso de ser una madre, cuando ni siquiera su cuerpo está apto para llevar en sus entrañas un bebé. Eso lo sabe cualquier médico y que no se hagan los desentendidos luego.

¿Qué derechos tenemos nosotros de exigir que una niña violada y embarazada, además de pobre, gritarle que no aborte, que haga todo por parir a ese bebé, si no vamos a darle un miserable peso para sus pañales? ¿Sabemos el vía crucis que sufre una niña que fue ultrajada, penetrada por un pene erecto y violento, como para ponerla en el banquillo de los acusados si decide abortar? ¿Alguno de nosotros irá todos los días o cada semana a donarles pañales, remedios, comida a Yapacaní, San Julian, al Plan 3.000, al Quior, a la Pampa de la Isla, a esa niña agobiada y truncada en su vida?

¿Qué significa abortar? La Real Academia Española lo define: “Dicho de una hembra: interrumpir de forma natural o provocada, el desarrollo del feto durante el embarazo. Biol. Dicho de un órgano: desarrollarse parcialmente sin que llegue a ser funcional”.

La Sentencia Constitucional 206/2014 es un avance importante en estos casos de violencia sexual, pero el problema está en su incumplimiento o resistencia, ya que la sentencia indica que solo con el consentimiento de la víctima se debe proceder a la interrupción del embarazo, no necesita del permiso de la Defensoría de la Niñez, de ningún juez, ni de los padres y  por tanto se debe proceder, pero ante esa figura la mayoría de los médicos no lo quieren hacer, alejando “la objeción de conciencia”, sin embargo, el Centro médico está en la obligación de practicar el aborto y garantizar la salud y la vida de la víctima.

La Iglesia Católica dice que el aborto es un asesinato y que por encima de todas las creencias y realidades sociales no se puede permitir que ninguna mujer decida este extremo. El aborto es un pecado, es una acción denigrante de la persona y un golpe a su fe en Dios o en la Divinidad. La jerarquía eclesiástica, como los pastores y profetas de las demás religiones rechazan y condenan el acto de abortar.

La profesora de filosofía del Instituto de Tecnología de Massachusetts, Judith Jarvis Thomson, que en 1971 escribió el polémico y famoso artículo Una defensa del aborto, señala que el derecho a la vida no sirve para argumentar que no tienes derecho a abortar, y que el feto que está en el vientre es una persona, al igual que una bellota, así como tiene derecho a la vida, la mujer no está obligada a tenerlo.

“No estoy alegando que la gente no tenga derecho a la vida; todo lo contrario. Solo afirmo que tener derecho a la vida no garantiza que uno tenga derecho a usar el cuerpo de otra persona o a que se le permita continuar usándolo, aunque uno lo necesite para la vida misma. De modo que el derecho a la vida no sirve a los que se oponen al aborto tan sencilla y claramente como ellos han pensado que les sirve”. El derecho a la vida consiste, no en el derecho a que no nos maten, sino en el derecho a que no nos maten injustamente”.

Así como las flores disfrutan de su derecho de florecer y dar belleza, así una niña, una adolescente, una mujer adulta tienen el derecho de decidir, haciendo uso de sus derechos por su vida, por su bienestar, por su dignidad.

En el Estado Plurinacional y laico el tema del aborto debemos abordarlo bajo la dimensión de los derechos humanos, porque se trata de la vida, la integridad y el futuro de las víctimas de abuso sexual. “Ningún niño sin infancia”.

 

Hernán Cabrera M. es Periodista y Lic. en Filosofía