Qué pasa en Chile: las claves para entender la segunda vuelta entre Boric y Kast

A pesar de los esfuerzos de ambos candidatos presidenciales por moderar sus posiciones, los temas y los alineamientos del pasado -ampliamente divergentes- siguen prevaleciendo en la campaña.

Fuente: Infobae

Matteo Goretti



Las revueltas populares de 2019 mostraron, de golpe y con furia, los problemas de Chile, un país considerado hasta entonces como modelo exitoso de transición democrática y desarrollo capitalista, expresado a través de la alternancia política, el funcionamiento de las instituciones, el crecimiento de la economía y la austeridad fiscal. Los debates con vistas a la elección presidencial del próximo domingo 19 de diciembre (segunda vuelta), que definirá el sucesor de Sebastián Piñera, han traído al presente la vieja asimetría entre pinochetismo y comunismo, que se creía superada.

El panorama que surge es confuso y cambiante. Los actores tradicionales de la política se han replegado o desaparecido, y la agenda pública muestra su rápida transformación, con la incorporación de temas y debates nuevos, desconocidos hasta hace poco. Es posible que el ciclo de gobiernos centristas que por décadas caracterizó a Chile esté dando lugar a otro, opuesto, signado por la fuerte polarización ideológica, de los alineamientos políticos y de las promesas de gobierno. Sin embargo, el nuevo presidente no tendrá mayoría propia en el Congreso Nacional; tendrá que negociar, lo que obligará a polos tan opuestos a ensayar algún esquema de moderación y cooperación, o en su defecto entregarse a la crisis institucional.

El proceso que se inició con la primera vuelta electoral en noviembre de este año mostró el colapso del sistema de partidos, cuya antesala pudo observarse con la aparición de una pluralidad de líderes independientes en la elección para la Convención Constitucional cuyo mandato es redactar la nueva Constitución del país, que deberá ser sometida a referéndum en 2022.

Esta situación de quiebre se expresó también en las candidaturas emergentes: perdieron los preferidos de ambos polos -el del partido del presidente Piñera y el del Partido Comunista- y resultaron victoriosos dos “tapados”: Gabriel Boric, de la alianza de izquierda Apruebo Dignidad, y José Antonio Kast, del Partido Republicano, de derecha.

En la primera vuelta Boric, que obtuvo el 25,8 % del total de los sufragios válidos, ganó en Santiago y las grandes ciudades; Kast, con el 27,9 % de los votos a nivel nacional, lo superó en las zonas rurales.

El candidato a la Presidencia de Chile de la coalición Apruebo Dignidad, Gabriel Boric (Europa Press)

Por lo tanto, no debería sorprender que ambos contendientes expresen posiciones opuestas. Sin embargo, el dato saliente es que, a pesar de los esfuerzos de los candidatos presidenciales por moderar sus posiciones para capturar en la segunda vuelta al electorado independiente de centro que permita el triunfo, los temas y los alineamientos del pasado -ampliamente divergentes- siguen prevaleciendo en la campaña y probablemente serán decisivos para orientar el voto el domingo.

Las bandera de Boric es más Estado como receta para disminuir la desigualdad. Propone crear un Fondo Universal de Salud con los recursos de los trabajadores privados y el Estado, y ampliar la gratuidad del sistema universitario. El financiamiento provendrá de un aumento adicional de los impuestos, del 8% del PBI, que pagarán los sectores pudientes y las mineras (principal sector de exportación). También quiere eliminar el sistema de capitalización privada de las AFP y reemplazarlo por uno estatal. En el plano social, Boric tiene un amplia agenda de género y está a favor del aborto y de no penalizar la inmigración.

Para lograr atraer en la segunda vuelta al electorado de centro Boric ha moderado sus posiciones originarias: dice que el reemplazo de las AFP por un sistema solidario no afectará los recursos depositados en la cuenta individual de cada chileno sino a los aportes futuros, que mantendrá bajo el déficit fiscal, que respetará la propiedad privada, que favorecerá la colaboración entre las empresas y el Estado y que, incluso, trabajará por la seguridad ciudadana en momentos en que ha crecido la delincuencia urbana y recrudecido el conflicto mapuche (en la Araucanía, foco de la violencia mapuche, Kast obtuvo la mayor diferencia de votos sobre Boric).

Enfrente, Kast basa su propuesta en devolver el orden público y apuntalar el progreso económico. Su agenda es liberal en lo económico y conservadora en lo político y moral. Propugna por un Estado chico y eficiente, por más inversión y puestos de trabajo, mayor seguridad jurídica y menor déficit fiscal e inflación. Abraza la libertad y a la vez levanta los valores tradicionales de la familia y la patria. Católico practicante, está en contra del aborto. Sus propuestas más fuertes son la reducción de los impuestos (a diferencia de Boric, que considera que hay que aumentarlos) y de la inseguridad, la expulsión de los que considera terroristas, el combate frontal al narcotráfico y el férreo control de la inmigración (propuso construir una zanja en el límite norte del país). En el plano de la política exterior, quiere el cierre de las embajadas chilenas en Cuba y Venezuela.

También Kast tuvo que moderar algunas de sus propuestas para atraer el voto independiente. Dice ahora que cree posible controlar la violencia sin limitar los derechos individuales y la libertad de las personas. Presentó una agenda de género. Se declaró férreo defensor del régimen democrático y a favor de los acuerdos para sacar el país adelante. Revisó su propuesta de baja impositiva, al sostener que la llevará adelante sin poner en riesgo la consolidación fiscal, un valor muy apreciado por los chilenos.

José Antonio Kast, candidato presidencial del Partido Republicano (Reuters)

La reciente moderación del discurso de ambos candidatos convive, sin embargo, con un recrudecimiento de acusaciones desde uno y otro lado para tratar de polarizar al electorado. Los seguidores de Boric levantan el fantasma del regreso del pinochetismo, los de Kast, del comunismo y el populismo.

A pesar de la imagen de fuerte polarización que nos devuelve la política chilena, el voto independiente sigue siendo ampliamente mayoritario, aunque solo una parte menor fue a las urnas. Además, la primera vuelta electoral reprodujo la fragmentación de los votantes más activos (que son los que se presentaron a sufragar), los que se movilizan o tienen mayor interés por la política, que el domingo próximo se distribuirán solo entre los dos polos en competencia.

En efecto, en la primera vuelta electoral el ausentismo fue del 53% (en Chile el sufragio no es obligatorio), y del 47% de los electores que sufragó, más de la mitad de los votos fueron a otros candidatos, no a Boric ni a Kast. Por lo tanto, el desafío de ambos contendientes es enorme: movilizar a los ciudadanos para que acudan a las urnas y capturar el voto independiente, que es mayoritario. El voto de centro definirá la elección. Esta es la clave.

El domingo se sabrá el nombre del presidente que gobernará Chile durante los próximos cuatro años; sin embargo, habrá que esperar bastante más tiempo para conocer cómo lo hará y con qué apoyos. La paridad de fuerzas en el Congreso que surgió de la primera vuelta electoral seguramente conspirará contra los planes más extremistas de cualquiera de las dos alianzas que el domingo se levante con la victoria; insistir en llevar adelante desde el gobierno ciertas promesas de campaña podría generar parálisis institucional al no lograr las mayorías necesarias para su implementación. Por el contrario, una obligada moderación de los polos ante la necesidad de lograr acuerdos bipartidistas en ciertas leyes podría romper la coalición de gobierno con el retiro de las fuerzas más extremas, en especial en el caso de Apruebo Dignidad, donde el Partido Comunista es la principal fuerza.

Así, el panorama se presenta complejo: la combinación de paridad de fuerzas políticas en el Congreso con un sistema bipolar divergente y altamente ideologizado dificultará enormemente la gobernabilidad.

Chile, por décadas el país más previsible de la región, abraza la incertidumbre.