Harrington, la luz eterna de los héroes

Era un jueves lluvioso ese 15 de enero de 1981. Arcil y Gloria en la mañana confirmaron la reunión de la Dirección del MIR, a las 14:30, en un departamentito de la calle Harrington, en Sopocachi.

Todos concurrieron para evaluar la respuesta popular al “paquete económico” que la dictadura había dictado seis días antes. Estos líderes, muy jóvenes, habían asumido la conducción del MIR en la clandestinidad.



Fueron ellos el motor de la reorganización partidaria y sindical, y de la resistencia activa a un régimen que, el 17 de julio de 1980, asaltó el poder, ametralló los campamentos mineros, asesinó a dirigentes como Marcelo Quiroga, y desató una represión feroz donde todos tenían que “andar con el testamento bajo el brazo”. La respuesta popular al “paquete”, pese a la represión, fue importante, aunque sólo inicial. El paro de 48 horas decretado por la COB y el Conade fue acatado en algunas fábricas y en varios distritos mineros, pero la mayoría del país sólo ratificó su repudio silencioso.

Cerca de las 17:30, la reunión estaba concluyendo; todos coincidieron en la tarea de reforzar la resistencia democrática, y en ese momento llegaron en tropel, armados hasta los dientes, los paramilitares que asaltaron el inmueble, atraparon a los dirigentes y de manera salvaje, estando ya detenidos e inermes, los ametrallaron por la espalda. Sólo Gloria sobrevivió providencialmente, ocultándose en un primer momento del asalto. Nuestro país se oscureció aún más esa noche. Ocho líderes jóvenes, brillantes, comprometidos con su patria, amantes de sus familias, habían sido masacrados.

José Reyes Carvajal

“El haberte perdido nos ha hecho añorar tu presencia cada uno de los días de tu larga ausencia, y aunque nos queda el recuerdo para alimentar nuestros sueños y orientar nuestras vidas, hay otra ausencia profunda que duele y lastima, es la tuya en tus nietos”, escribió Lilian Reyes, una de las cuatro hijas de Pepe, de José Reyes que nació en agosto de 1940 en Padilla, Chuquisaca, y que fue asesinado a sus 40 años.

Era oficial de policía y abogado de la UMSA. Combatió en Laikakota contra el golpe del 21 de agosto de 1971, y en octubre fue apresado y exiliado. Era alto, vigoroso y de gran capacidad organizativa; fue bajo su mando que, durante la apertura democrática, después del banzerato, se organizó el MIR en La Paz. Dimanaba un gran carisma, era de voz clara y fuerte, pero al mismo tiempo era un compañero cálido, amante de su esposa, Olivia Pando, y de sus hijas.

Ricardo Navarro Mogro

“Ricardo, tu cuerpo puede ya ser polvo, pasaron los años, pero tu voz, tu risa y tu amor hacia Ruth y Angélica y tu familia siguen en nuestra memoria… gracias por hacernos ver que hacer política no es escalar, alcanzar el poder y mirar de arriba a los otros”, son las palabras de Elvira Llanos hermana política del Flaco, de Ricardo Navarro, que cayó cuando sólo tenía 30 años. Ingeniero de la UMSA, catedrático, pero sobre todo dirigente de centenares de jóvenes que lo conocimos como el pilar de la victoria universitaria del MIR en la FUL el año 1971. Fue apresado en 1972 durante el banzerato, exiliado luego y a su retorno, en la apertura democrática, fue el dínamo de la presencia partidaria institucional universitaria en todo el país, en la CUB y en el CEUB. Era delgado y alegre, de una energía inagotable y contagiosa. Se enamoró y casó con Ruth Llanos en medio de la lucha clandestina en 1971, y al año siguiente llegó Angélica, la hija de ambos que junto a su esposa fueron los amores eternos de su vida.

Arcil Menacho Loayza

“La pérdida es siempre terrible cuando lo perdido es un ser amado… cicatriz que sangra de modo permanente, proyectos presentes y futuros cortados para siempre, ausencias que nos acompañan y forman parte de nuestras vidas”, reseñó Teresa Menacho, hija de Arcil, que hace cuatro décadas nos parecía el más viejo de los dirigentes del MIR histórico. Sí, era el mayor de todos, pero cuando lo victimaron sólo tenía 47 años.

Había sido militar en los años 50, lo que luego le mereció la cárcel y un exilio prolongado. Se casó muy joven con Teresa Ríos, con quien tuvo seis hijos, y cuando retornó al país, se enroló en lo que a él le pareció un movimiento juvenil inigualable. Era un hombre grueso, de mediana estatura, de corte militar, dicharachero, pero sobre todo de un tesón enorme para el trabajo político, con el que levantó la estructura partidaria en Pando, ampliando la visión del MIR al conjunto del país.

Jorge Baldivieso Menacho

Doña Miriam, su madre, me dijo en Sucre, con las pupilas húmedas y después de un suspiro largo: “Sólo tenía 33 años y era el gran soporte de esta familia, el ejemplo de todos sus hermanos, era mi esperanza, mi consuelo, y me juró que nunca me abandonaría”. Jorge nació en Sucre en marzo de 1947 y fue dirigente en la FES por el colegio Bernardo Monteagudo. Se fue a Oruro a estudiar ingeniería en la UTO, donde fue elegido Secretario Ejecutivo de la FUL. Escribía y editaba un semanario titulado Cristo Universitario, donde resumía sus ideales, y de ahí le quedó lo de “Cristo”. Cristo Baldivieso fue apresado y exiliado cuando era integrante de la Dirección Clandestina del MIR en 1974. Era delgado, de tez clara, cabello negro, igual que el bigotito recortado. Era de una austeridad casi franciscana, intolerante con la indisciplina y riguroso en el estudio y el análisis político. No se casó, su madre y sus cuatro hermanos fueron su referencia filial imprescindible, sobre todo después de la muerte de su padre, Luis Baldivieso, que se produjo cuando estaba preso.

Ramiro Velasco Arce

“Tenía 30 años cuando lo mataron por la espalda, a él que siempre vivió de frente. Es que los asesinos no fueron capaces de enfrentar su mirar tranquilo, y su infinita confianza en el mañana”, así lo recordaría una crónica de la Asociación de familiares. Lo conocíamos más por Moisés que por Ramiro porque, dada su inserción en el aparato del Estado, no era pública su militancia. Era de una inteligencia excepcional. Había salido bachiller en La Paz, su ciudad natal, a los 16 años; a los 21 ya era economista de la Universidad Católica, y a sus 24 fue director Ejecutivo del INE. Catedrático de macroeconomía, hizo una maestría en planificación en Varsovia en 1977; a sus 27 años fue subdirector de política monetaria del Ministerio de Finanzas y administrador de la Dirección de Presupuesto. Gozaba de gran respeto profesional y académico pese a su visible juventud, y sus conocimientos no sólo beneficiaron al Estado sino que se plasmaron en el programa de gobierno del MIR, en la tesis económica de la COB de la que fue su consultor, y también en los campamentos de Catavi y Siglo XX, donde los fines de semana impartía cursos de economía a los trabajadores. Era de tez blanca, cabello y bigotes negros y abundantes, de buena estatura y de una simpatía personal dibujada en la sonrisa y en los ojos negros que le han copiado los dos hijos que nacieron del amor con Gladys Lucksic, su esposa.

Artemio Camargo Crespo

“Estuvo muy alegre cuando nació Patricia, dijo ‘mujercita, qué lindo’. Decía que era muy inteligente, porque ella a los 10 meses aprendió a decir papá y a Artemio, feliz, le brillaban los ojos de alegría”, es uno de los recuerdos de Juana Camargo, su esposa, madre de su hija menor que nació 11 meses antes de su asesinato. Era de estatura media, pero sobre todo era muy fuerte por el trabajo de perforista en la sección Salvadora. El Gordo, como le decían sus compañeros de trabajo, nació en Sopachuy, un pueblito chuquisaqueño donde sus padres, pese a ser hijo único, lo criaron con la disciplina del trabajo campesino. Sólo cursó el primer año de Derecho en Sucre, porque muy al inicio de la dictadura banzerista se trasladó a Siglo XX y se enroló en la mina. Su carrera sindical y política fue rauda. Primero fue delegado de sección y como tal encabezó, en 1976, la resistencia minera a la ocupación militar de Siglo XX. Estuvo preso varios meses y ya en la apertura democrática fue elegido secretario general de Siglo XX y luego, en Telamayo en 1979, primer secretario de Conflictos de la FSTMB. En esa calidad le tocó dirigir la resistencia al golpe de García Meza, en Siglo XX, comandando una huelga general por 21 días, que pudo terminar en masacre de no intervenir la experiencia temprana de este hombre excepcional que logró un acuerdo. Sólo tenía 30 años cuando lo ametrallaron y junto al trajín de dirigente y a los rigores de la clandestinidad y la cárcel nunca dejó de velar por sus cuatro hijos.

Luis Suárez Guzmán

Betina Suárez, su esposa, recordaba una de las cartas de Lucho: “Cuando yo amo las flores, cuando canto una canción, cuando escribo un verso o cuando pienso cosas buenas estoy hablándote a ti de amor… cuando pienso en la justicia o en ayudar a buscar para este mundo algo mejor, te estoy diciendo a ti cosas de amor”. Es que Luis Suárez Guzmán, además de sociólogo, pedagogo y catedrático, era poeta y amante de la vida, de la gente, de su esposa y de sus dos hijos. Nació en La Paz en diciembre de 1943. Era hijo del general Hugo Suárez y por ello desde niño recorrió casi todo el país compartiendo con su familia la vida cuartelaria. Los años 60, estudió Sociología en la universidad de Salamanca en España, donde también se doctoró años después. Fue autodidacta en pedagogía y periodismo; voraz en la lectura y prolijo en la escritura, especialmente en la prosa delicada, como la que nos recordó su esposa. Pero además de académico e intelectual de fuste, era un activista infatigable. Fue catedrático de varios institutos militares, de la UMSA y la Universidad Católica, y junto a Liber Forti fue el mentor de la Universidad Nacional de Siglo XX. Era de un porte inolvidable, alto, de cabellos medio largos, descuidados, de bigote espeso, de vestir informal y dueño de ademanes vigorosos que, sin embargo, no ocultaban la risa sincera y la calidez del trato personal, junto a la ternura con los suyos.

Gonzalo Barrón Rendón

Graciela Landaeta, su esposa, nos estremeció con una carta que le escribió a Gonzalo, después de muerto: “Te digo que te extraño cada vez que te miro en mi memoria; cada vez que te hablo en mi silencio; cada vez que no logro el reencuentro con tus ojos transparentes y profundos, tan míos, ¡sin serlo!…Pero tus manos dibujantes de la vida, el amor y el compromiso, tus manos tan mías ¡sin serlo! me recorren aún el pelo y la piel, se hacen tú y se convierten en sueños en diciembre o en abril, en lunes o en domingo, en 14 o 16, cualquier vez, cualquier día, pero nunca en enero, nunca jueves, nunca 15!”. Gonzalo era un artista además de arquitecto y muralista. Nació en La Paz en julio de 1949, fue dirigente desde muchacho en la FES de Cochabamba y luego del Comité interfacultativo de la UMSS que, en 1974, reconquistó la autonomía, derrotando al banzerismo. En 1976, como dirigente de la FUL, fue apresado y residenciado en La Paz hasta la apertura democrática donde, ya como arquitecto, se especializó en el arte mural que desplegó con gran vocación durante las campañas. Era además un activista y organizador eximio que levantó en todo el país la estructura política universitaria. Era muy simpático; de melena, barba, bigote y ojos negros; de rostro alegre, de mirada profunda; de cultivado conocimiento político e ideológico; de carisma juvenil pero potente, y de esas manos de artista que no olvidaba Graciela, y con las que acarició, en su inicial infancia, a sus dos hijas: Paloma y Lidia Andrea.

PERPETUAR EL EJEMPLO EN LA MEMORIA

41 años después, ya no hablemos en abstracto de la Harrington y de los mártires, porque hoy tenemos que restregar a los viejos y machacar en los jóvenes la luz concreta de esas ocho vidas que, pese a la penumbra inicial de su asesinato, alumbró decisivamente la recuperación democrática. Es que casi todos los gobiernos, estas cuatro décadas, han sido desleales con el sacrificio de estos héroes, por la ausencia de memoria estatal y porque desde neoliberales hasta populistas, reinstalaron el autoritarismo, la corrupción y el pragmatismo, tendiendo así una neblina espesa que impidió al país perpetuar y seguir su ejemplo democrático. Trágicamente se han producido otras masacres. Otros huérfanos y viudas han quedado de Amayapampa y Capacirca, de octubre negro, del hotel Las Américas, de la Calancha, de Montero, Sacaba y Senkata.

La sobrevivencia de Gloria Ardaya, su valeroso testimonio y el juicio de responsabilidades, impidieron la impunidad de los masacradores, pero la impunidad autoritaria de estas cuatro décadas es un insulto a la memoria de los caídos. Es que detrás de esa impunidad está una “cultura” política primaria: el patrimonio público es un botín, la política un mercado, el cargo un privilegio, la demagogia el mejor método, y el opositor sigue siendo el enemigo al que se debe eliminar. ¿Necesitamos más muertes, más dolor, para aprender a vivir en democracia?

Rindamos homenaje a Artemio, Ramiro, Arcil, Gonzalo, Pepe, Cristo, Lucho y Ricardo, intentando restablecer en la vida pública los valores de sus vidas, porque sólo así los haremos inmortales.

Fuente: lostiempos.com