La dama de negro…

El frío y la lluvia azotaban Santa Cruz en junio y ella contemplaba la calle vacía.

El agua corría como río, golpeando los carretones estacionados en las afueras del mercado La Recoba, a una cuadra de la plaza de La Concordia.



Vestida de negro riguroso y con la cara cubierta con el velo de misa también negro, ella esperaba.

Era media noche.

Y recordaba.

Tenía catorce años, cuando su madrina, la casó con Heriberto, un voluntarioso joven que trabajaba en las caballerizas del cura Salvatierra, por la zona de San Roque.

Se casó sin amor.

Pero Heriberto se ganó su cariño de a poco.

Era feliz, fue feliz hasta que se llevaron a Heriberto.

La mujer miró sus pies que la lluvia no mojaba.

Hacía frío, pero ella no parecía sentirlo.

Entonces oyó la voz del hombre.

– ¿Qué hace una mujer tan bonita y sola?

-dijo la voz del hombre.

Ella lo vio a través de su velo y se encogió de hombros sin hablar.

– ¿La acompaño?

-volvió a hablar el hombre, cuyo aliento olía a culipi.

La mujer no dijo nada.

Su mente estaba en otro lado y sin querer recordó la peste.

La peste que se llevó a mucha gente al otro mundo, recordó a los muertos que cada noche el carretón se llevaba.

Recordó que a los infectados los llevaban lejos, a un sitio llamado Lazareto.

Y de ahí no volvían.

A ese sitio se llevaron a Heriberto.

– «Está infectado con la peste»

-le dijeron.

No pudo ni despedirse.

Desde entonces lo buscaba, pero no conocía ese sitio llamado Lazareto.

Por eso deambulaba por las noches, tratando de hallar la ruta que la lleve.

Llovía con fuerza y el olor del culipi la trajo de vuelta al presente.

Entonces empezó a caminar y el hombre empezó a seguirla.

Pasó por la elegante casa de Lino Banegas, siguió en línea recta y se topó con los depósitos de la casa Zeller.

Y el hombre la seguía, pidiéndole momentos de placer que ella nunca le daría.

– ¿Por qué no habla mi bella?

– ¿Es mudita?

-le susurraba el galán atrás suyo.

De a poco, paso a paso, la mujer abandonaba el casco viejo cruceño y un furioso relámpago iluminó los enormes pozos de donde sacaban arcilla, muchos años después, esos pozos le darían nombre a un concurrido mercado.

Pero la mujer no podía saberlo.

Ella solo quería encontrar a su Heriberto.

Y caminaba.

Y ese hombre la seguía, convencido que ella lo guiaba hacia un lugar más privado para disfrutarla.

El hombre no sabía nada, él había nacido cien años después de la peste.

La mujer sonrió tristemente detrás de su velo y recordó las palabras que la confundían.

Los gritos alarmados.

Eran las voces de sus vecinas, mujeres que gritaban espantadas mientras se hacían la señal de la cruz.

– «Que alguien la baje de esa soga»

– «El padre no va a querer que la entierren en Camposanto»

– «Pobrecita doña Inés, no aguantó la pena»

-decían las voces y ella les hablaba a todas, pero sus vecinas no podían verla, menos  escucharla.

Llovía en Santa Cruz y la mujer casi llegaba al barrio del Tao, bastante lejos de la última casa habitada.

Entonces recordó todo y una lágrima cayó sobre su mejilla.

Y volvió a sentir el terror vivido, cuando evocó la espeluznante escena.

Y gritó de espanto al recordar el momento cuando vio su propio cuerpo, era ella misma que con su vestido de viuda colgaba del cuello, balanceándose en un baile macabro en una soga que era de su Heriberto.

El hombre que la seguía escuchó el terrorífico grito y él también gritó de espanto, justo cuando la mujer que seguía en la lluvia se levantó el velo y dejó ver la horrible calavera que aún tenía restos de carne y piel que se desprendían del hueso.

No fue más.

Luego, el silencio total bajo la lluvia.

Doña Inés se acomodó el velo y miró fríamente al hombre tirado en el barro, bajo la lluvia que mansamente lo mojaba.

Le sorprendió que le salga sangre por la nariz y los oídos.

No le importó.

La mujer vestida de viuda siguió caminando, solo quería hallar la ruta que la lleve a Lazareto.

Solo quería hallar a su Heriberto.

Ella era la viuda que un día y en un profundo estado depresivo se ahorcó.

– «La Viudita, me salió la viudita»

-dirían luego los borrachos que podían verla y vivir después para contarlo…

 

 

Fuente: El Escribidor