Ser columnista es pisar callos y no sucumbir ante el insulto

Andrés Gómez, Sayuri Loza, Agustín Echalar y Evelyn Callapino hablan de lo que implica ser columnista de Página Siete en estos tiempos.

 



Fuente: paginasiete.bo

Página Siete / La Paz

¿Qué tienen en común Andrés Gómez, Sayuri Loza, Agustín Echalar y Evelyn Callapino? Son cuatro de los 40 columnistas de Página Siete que, en ocasión del aniversario del periódico, compartieron sus experiencias en una tertulia conducida por la directora del medio, Mery Vaca, y que se puede ver en el portal web y en nuestras redes sociales.

Página Siete se precia de tener un equipo de columnistas de primer nivel que, con sus opiniones, análisis y propuestas, contribuyen al debate de los grandes temas del país desde sus respectivas visiones del mundo. Entre ellos hay hombres, mujeres, jóvenes, adultos, mestizos, quechuas, aymaras, tanto de La Paz como del interior del país, con diversas posiciones ideológicas y de una gran variedad de profesiones y oficios.

Logísticamente sería imposible reunirlos a todos, así que una pequeña charla con cuatro de ellos nos da una idea de lo que significa ser columnista de Página Siete. Gómez, Callapino, Echalar y Loza hablan del reconocimiento que reciben de la gente, pero también de los ataques e insultos que, lejos de desanimarlos, los inspiran y los impulsan a seguir adelante.

Andrés Gómez, que es abogado y periodista, cuenta que en uno de sus viajes por el Chaco una persona le pidió que estampara su firma en la colección completa de su columna “Tinku verbal”, algo que lo sorprendió porque ni él mismo archiva sus textos, que se publican los domingos desde la fundación de Página Siete. Y, cuando en vez de flores recibe ataques, Gómez escribe sobre el tema. Para él no es una novedad, según dice, porque durante los denominados gobiernos neoliberales, cuando incomodaba con sus preguntas periodísticas, lo llamaban “el trotskito”.

La historiadora y bailarina Sayuri Loza, que este año empezó a escribir su columna “Wilak’ank’as every were” los días sábados, dice que no le importan los insultos en las redes, porque lejos de dar argumentos, la atacan por temas personales relacionados con su familia o con Condepa, partido del que ella no fue parte porque desapareció cuando tenía 15 años. “A mí que me digan, me gusta, me divierte, es legado familiar, porque mis padres eran lo mismo; mi papá siempre decía hay que cuestionar al poder, creo que está bueno cuestionar al poder”, dice.

Y de lo más lindo que recuerda es que una persona le dijo que la admira porque ella no dejó de ser quien es para ganarse el respeto de la gente. Y lo dice mientras borda un cinturón porque ella se confecciona la ropa con la que baila.

Y ¿por qué denominó su columna Wilak’ank’as every were? Ella explica que en la mitología aymara, los wilak’ank’as son gallos colorados que causan temor para que la gente no vaya por ciertos lugares y, aplicando el concepto a la realidad actual,  dice que la sociedad está llena de estos gallos colorados. Y la segunda parte es una frase en inglés que significa “en todas partes”, porque “quiero hacer honor a mi naturaleza mestiza por sangre, por adscripción étnica y por elección”.

Agustín Echalar, que publica su columna “Curva recta” desde hace 25 años, primero en La Prensa, luego en La Razón y desde su fundación en Página Siete, considera que “una de las ventajas de ser columnista es que te ahorras mucho dinero en el psicoanalista, todos tus fantasmas desaparecen porque ordenas tus ideas y tienes quien te escuche, quien te lea”.

Con los disconformes tampoco tiene problema, pese a que lo atacaron incluso con temas personales cuando publicó su primera columna en Página Siete. “Si uno pisa callos sabe que la gente puede gritar y eso es parte del asunto. En ese sentido, nunca he tomado muy en serio las críticas. Creo que un columnista tiene que tener cuidado en ser justo y no herir sensibilidades sin que sea necesario, pero a veces es necesario pisar callos”, dice.

Cuenta que su columna se inauguró cuando Hugo Banzer gobernaba en la era democrática y que debía escribir sobre temas sociales, pero que el Gobierno le dio tanto material que terminó escribiendo más de 60 columnas contra la gestión del general. Y, las columnas críticas a Evo no las ha contado, pero supone que son más porque el tiempo que gobernó es mucho mayor.

Evelyn Callapino es cientista política y activista del feminismo en Potosí. Desde 2020 escribe su columna “¿Puede una subalterna hablar?”, en la que por lo general aborda temas de equidad de género. Le gusta participar en las marchas, plantones y otras protestas para expresar, no sólo desde el punto de vista teórico, sino desde la gente, la indignación por la violencia, la burocracia o la desigualdad.

“También he recibido llamadas, mensajes con insultos, pero no me ha molestado. Creo que eso también genera debate y ése es el fin de una columnista de opinión”, indica.

Los cuatro columnistas que participaron de la tertulia dicen sentirse libres a la hora de escribir y, en el plano político, Andrés Gómez comenta que “ahora (en comparación al gobierno de Evo Morales) recibes menos acoso, no sé si porque ya se han cansado de acosarnos, tal vez porque ya no tienen dinero para controlar con dinero público a los otros medios, o quizá la estrategia ha envejecido o se han rendido”.

El también docente universitario sigue reflexionando y dice que tal vez decidieron dejarlos escribir para dar la sensación de que hay libertad de expresión en el país; pero lo cierto es que “ahora se respira un poco más, en el anterior era asfixiante y se notaba el acoso”.

No es la primera vez que recibo zancadillas, insultos; también ocurrió con los llamados neoliberales

Andrés Gómez, columnista

Digo lo que todos piensan pero tienen miedo de decir, porque hay no más persecución

Sayuri Loza, columnista

Una de las ventajas de ser columnista es que te ahorras mucho dinero en el psicoanalista

Agustín Echalar, columnista

Algo que realmente me satisface es poder amplificar experiencias e ideas desde lo subalterno

Evelyn Callapino, columnista

Fuente: paginasiete.bo