Áñez, la sorpresiva ficha de la oposición en 2019 que pagó caro la presidencia

Los hechos que desencadenaron la llegada al poder de la entonces segunda vicepresidenta del Senado, su posterior reclusión en Miraflores y la sentencia de 10 años de cárcel que dictaron en su contra este viernes 10 de junio

Áñez, la sorpresiva ficha de la oposición en 2019 que pagó caro la presidencia
La expresidenta Jeanine Áñez, en 2019. ARCHIVO

Jeanine Áñez Chávez era la segunda vicepresidenta del Senado en 2019 y nadie pensaba en ella como posible sucesora de Evo Morales, tras la abrupta salida del exmandatario del país.

El 10 de noviembre de aquel año, al cabo de 21 días de un férreo paro movilizado de ciudadanos, principalmente, en las capitales de departamentos, Morales, acompañado de su vicepresidente, Álvaro García Linera, y de su ministra de Salud, Gabriela Montaño, anunciaba que no era más presidente de Bolivia.



A partir de ese momento, se producía un vacío de poder. Eran horas de incertidumbre política, aunque el clima de polarización mostraba algarabía en el bando de los manifestantes en contra de Morales, liderados por el entonces presidente del Comité Cívico pro Santa Cruz y hoy gobernador de ese departamento, Luis Fernando Camacho, y desazón en el de los adeptos al Movimiento Al Socialismo (MAS).

Por entonces, Áñez, que nació hace 54 años (este lunes 13 de junio cumplirá 55) en San Joaquín, Beni, estaba en Trinidad. Había comenzado a hacerse visible en el espectro político nacional como miembro de la Asamblea Constituyente, en Sucre, y posteriormente ya como senadora.

Antes de este momento, entre los años 2006 a 2008,  Añez fue miembro de la Asamblea Constituyente y desde 2010 a 2019 fue senadora opositora.

Abogada, presentadora de televisión y finalmente política, asumió la presidencia de Bolivia el 12 de noviembre de 2019 y la dejó el 8 de noviembre de 2020, para ceder el mando al electo Luis Arce Catacora (MAS).

El rechazo a Evo

El dato de un fraude electoral urdido por el candidato Evo Morales para prolongarse en el poder de Bolivia, refrendado después de la Organización de los Estados Americanos (OEA), echó a las calles a la ciudadanía, que durante tres semanas consecutivas paralizó el país con el recuerdo de los resultados del referéndum del 21 de febrero del 2016, cuando el 51,3% de los bolivianos le dijo No a la reelección presidencial.

Fue el principio del final de 14 años de un gobierno populista que se autoidentificaba de izquierda y que tenía como su fuerte a la estabilidad y, por algunos años, la bonanza económica del país, uno de los pocos en Latinoamérica que podía alardear de tal logro.

Pero, internamente, el clima político y social se caldeaba a medida que Morales daba muestras de no querer dejar la presidencia, algo que incluso en la Asamblea Constituyente, al principio de su mandato, intentó aprobar su bancada.

Para habilitarse a un cuarto periodo y pese al referéndum del 21 de febrero de 2016 que le dijo No, Morales incluso recurrió al Tribunal Constitucional Plurinacional con el argumento de que la reelección era un “derecho humano”, lo cual fue refutado hace poco menos de un año, el 13 de agosto de 2021, por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH).

Cuando ante la presión ciudadana y con un país convulsionado, el 10 de noviembre de 2019 Morales finalmente aceptó renunciar, no sin antes denunciar un “golpe cívico, político y policial” en su contra, los bolivianos se quedaron sin presidente. En su discurso de despedida, porque se iba del país rumbo a México, algo que dentro de las filas del MAS algunos no le perdonan por haberlos abandonado en su peor momento, también dijo: “mi pecado es ser indígena, dirigente sindical y cocalero”.

No era la primera vez que apelaba al victimismo, ni que hacía alusión al racismo que tanto él como su partido, y las organizaciones sociales que lo sostuvieron, denunciaron en innumerables oportunidades.

Lo que correspondía para llenar el vacío de poder era proceder con la sucesión constitucional. Tras la renuncia de Morales y de García Linera, la tercera en esa línea sucesoria era la presidenta de la Cámara de Senadores, Adriana Salvatierra (MAS), pero ella también había dimitido. Y lo mismo ocurrió con el presidente de Diputados, Víctor Borda (MAS).

Fue entonces cuando surgió el nombre de Jeanine Áñez, la inesperada política que podía asumir la presidencia ante haberse desentendido todos los oficialistas posibles.

“En el orden constitucional me correspondería asumir este reto con el único objetivo de llamar a nuevas elecciones”, dijo ella, en declaraciones a la red Unitel.

Hubo negociaciones en La Paz, con la participación de políticos del oficialismo y de la oposición, además de mediadores como la Iglesia católica y representantes de la comunidad internacional. De allí nació la promoción del nombre de la segunda vicepresidenta del Senado para que llegue a la presidencia en el lugar que había dejado vacante Evo Morales.

En las últimas horas, en su defensa, Áñez afirmó: ““Ellos abandonaron este país como cobardes que son, dejaron un país en llamas, gritando en las calles ‘guerra civil’. Eso es lo que a mí no me perdonan, que haya frenado tanta violencia para pacificar el país. Los que no tienen compromiso con su país huyen como lo hicieron el Presidente y el Vicepresidente y como todos los que se escondieron en las embajadas y los que renunciaron y no querían asumir la presidencia porque es bien difícil gobernar cuando hay un conflicto”.

También: “Ya lo dije en una oportunidad: yo no moví ni un solo dedo para asumir la Presidencia y he tenido que escuchar barrabasadas de mis acusadores cuando decían que desde Trinidad yo ya tenía contactos y la pretensión de hacerme de la Presidencia. Una mujer que no tenía ni voz ni voto ni siquiera en mi partido que militaba en ese momento, que estaba retirándose de la política a venir a La Paz a mandar a militares, a ordenar… es una canallada, una historia tan sórdida que se han inventado con el propósito de acusarme y tenerme presa. Decir que yo estaba ordenando a los militares que no los conocía ni los conozco ahora si quiera”.

Al declararse inocente, incluso, ironizó: “Dicen que me vine y me hice del poder por encima de los líderes políticos, por encima de los que propiciaban el diálogo para la pacificación del país. Me llama poderosamente la atención que yo haya hecho semejante hazaña”.

También ante sus juzgadores dijo: “Yo tuve el Gobierno, pero nunca tuve el poder”. Junto a ella manejaron el gobierno el exministro Arturo Murillo, hoy detenido en Estados Unidos por el caso de la compra de los respiradores durante la pandemia, y hombres cercanos al propio Luis Fernando Camacho y a la cúpula de Demócratas compusieron el gabinete, aunque ellos intentaron tomar públicamente distancia.

Jeanine Áñez fue encarcelada de manera preventiva el 13 de marzo de 2021, por lo que este lunes, el mismo día de su cumpleaños, habrá permanecido exactamente 15 meses en prisión.

Fuente: correodelsur.com