Los Sainz y Bolivia

 

El triunfo del piloto español de Fórmula 1, Carlos Sainz Jr. en el Gran Premio de Gran Bretaña en Silverstone, me ha provocado gratísimos recuerdos de mi entrañable amistad con su abuelo Antonio Sainz Revollo y su abuela Julita, durante las dos oportunidades en que me desempeñé como embajador en España y Antonio Sainz era nuestro cónsul general en Madrid.



La saga de los Sainz se ha tornado realmente legendaria, desde el momento en que Antonio y Julita son los padres de Carlos Sainz Cenamor, dos veces campeón mundial de rally, y, por si eso fuera poco, tres veces vencedor del peligroso y afamado Rally Dakar. Pero he ahí que hora, el nieto, Carlos Sainz Jr., aparece, a sus 28 años, ganando su primera carrera en Fórmula 1 piloteando un bólido de la “scudería” Ferrari. Como buen Sainz, corajudo, ya lo veremos con frecuencia en el podio de los ganadores.

No soy experto ni mucho menos en competencias automovilísticas, pero he seguido las hazañas por todo el planeta de Carlos Sainz, padre, y ahora mis hijos y nietos, fanáticos de la Fórmula 1, me sientan, durante horas, para participar del vértigo en las complicadas pistas de asfalto hirviente por el paso raudo de máquinas que superan como si tal cosa los 250 kilómetros por hora. Es al nieto de mi amigo Antonio, a quien alentamos hoy desde la televisión, a la hora que sea, tarde, noche o de madrugada.

No tuviera mucho interés para los bolivianos que contara sobre las proezas deportivas de estos dos campeones españoles, si no fuera, repito, que el tronco familiar, Antonio, estuvo durante más de 30 años a cargo del consulado general de Bolivia en Madrid, que portara con todo orgullo su pasaporte boliviano, que fuera un boliviano más, y que realizara un trabajo dignísimo y complicado desde que iniciara funciones en 1972, cuando Marcelo Terceros Banzer era embajador en la península, hasta que arribaron al poder en La Paz los briosos y despistados muchachos del MAS.

Antonio Sainz, ahora con 95 años a cuestas, hizo muchísimo por el país, pero no solo dedicado a un trabajo de escritorio, que no era su tarea principal, sino ayudando económicamente a los compatriotas en dificultades, peleando por los derechos de los bolivianos en un sinnúmero de circunstancias que siempre han sido el pan diario en los consulados, pero, aún mucho más, invirtiendo dinero en Bolivia y ayudando con generosos aportes económicos en varios lugares del país, y, en especial, en Santa Cruz. Una gran parte de los campos de Guapilo, donde funciona el Jardín Botánico, fueron donados por él y todo lo hizo con desprendimiento y con amor por Bolivia. Pero, además, fue un verdadero paladín en la participación nacional en la Exposición Universal de Sevilla, donde los gastos resultaron enormes y él decidió aportar con su ayuda. Antonio Sainz es un boliviano en todo el sentido del término.

Tuvo momentos de regocijo y alegría en el cumplimiento de sus funciones, como también debió lidiar mucho, ya no tanto con los problemas de compatriotas afincados en España, sino, asimismo, con varios de los embajadores que el propio Estado acreditaba en Madrid y que no tenían ni la menor idea de quién era Sainz, de sus antecedentes como hombre de fortuna lograda a punta de esfuerzo, de su carácter amable pero nunca débil, y entonces se equivocaron rematadamente si quisieron abusarlo.

Con Antonio y Julita su esposa, María Teresa y yo hicimos una linda amistad, aunque el paso de los años y la distancia nos han separado. Sin embargo, no podremos olvidar jamás los viajes juntos a tantos lugares y el compartir la magnífica cocina española y de los buenos vinos, en Lucio, Lhardy, Botin, Horcher, Zalacaín, La Dorada, La Bola, y muchos otros sitios que tal vez ya no estén de moda, aunque algunos de esos son eternos. Y fuimos a lugares próximos a la capital como Segovia, Sepúlveda, Toledo, Salamanca, a disfrutar del excelente cochinillo y del cordero, además de las fabadas, cocidos, quesos, y del insuperable jamón serrano, que tanto extraño. Y hubo otros viajes a su magnífica residencia de verano de Palma de Mallorca o a Barcelona o Zamora que me traen recuerdos imborrables.

Con ese espíritu de boliviano se crio el campeón Carlos Sainz hijo, que, cuando lo conocí, era un simpático chaval de menos de 20 años que ya empezaba a chocar y fundir los autos de su padre, en lo que él tal vez no sabía, sería su fulgurante carrera deportiva. Carlos Sainz Jr. debe conocer menos la relación de su abuelo con Bolivia, pero con seguridad que sí le ha escuchado a Antonio contar largas y emotivas anécdotas de este país tan lindo, diverso, y siempre complicado. En suma, los Sainz, empezando por el viejo tronco que se mantiene firme, son un orgullo para Bolivia y ellos se sienten encantados de serlo.

Manfredo Kempff Suárez