La valija de Amalia Decker

 

Parecía ‘ligera de equipaje’, como pensó Antonio Machado, que sería la suya cuando escribió “Campos de Castilla”, muchos años antes. Extrañé al principio los gruesos lomos de sus novelas y me llevé una sorpresa: la Valija de Amalia Decker, no es ligera, sino todo lo contrario. Es rotunda en la brevedad del espacio escrito y descrito.



Su Valija es precisa y concluyente cuando habla de presencias, ausencias, rastros y huellas, algunas tatuadas en el alma, mientras hace hablar a sus personajes y sus tiempos vividos, con los que construye sus cuentos, género literario que aborda por primera vez.

En la presentación de sus cuentos, en la Feria del Libro en Santa Cruz de la Sierra, Amalia citó a Julio Cortázar, quien además de escritor era fotógrafo. Para él, el cuento era una fotografía: “recortar un fragmento de la realidad”, que debe producir una explosión que dará lugar a otras emociones. La novela, en cambio, es como una película, decía. Los cuentos de Amalia producen y reproducen una explosión de emociones.

Después de escarbar su Valija, encuentro a la Amalia que viajó y sigue viajando con ojos de mujer libertaria y liberada de dogmas, mojigaterías y patriarcalismos. La mujer que mira, observa, vive, toca y cuenta lo que fue visto,

vivido, tocado, amado, sufrido y gozado.

El hermano de Amalia, Carlos, también periodista y escritor, apunta con acierto, que esta valija es la “que huye de las dictaduras o de la guerra, no contiene ropa, aloja recuerdos, malos y buenos. (…) dentro de la valija viaja la revolución, el amor, la decepción, la paz, la degradación política”.

Esta Valija de Amalia contiene 4 valijas en la brevedad del espacio/tiempo de sus cuentos.

En el primero I, “Pasados por el tamiz del tiempo”, relata sus nostalgias y críticas al ‘Patria o Muerte’, de “aquellos años locos de mierda”, que por estar al lado “de los pobres del mundo”, justificaba “hechos macabros” convertidos en “actos heroicos”. Y recuerda “la sordidez de la clandestinidad”, tanto como “la rigidez de sus creencias, la dureza del dogma”, y las dudas sobre la lealtad a la revolución, promovida desde el Caribe cubano en América Latina. Tiempos que cargan pesadillas, fantasmas y balances varios.

Sin embargo, ni los personajes de la autora, ni en ella misma, alter ego de algunos, terminan en la melancolía enfermiza que, sin darse cuenta, pretender borrar de la memoria las “voces escondidas del pasado”, silenciadas “por una falsa lealtad”. Pasados por el tamiz del tiempo, es un deber de la memoria que deja aflorar las debilidades de ese tiempo, y rescata hoy el valor de la ética que entonces no fue habida, merced a un viaje de naufragios” que robaron “los sueños juveniles”, dice Marcela, que puede ser la misma autora.

Impactante en este tamiz es el recuerdo de una joven imberbe que fue testigo, cómplice a la fuerza por obediencia a una voz superior, de un “ajusticiamiento”. Así se llamaban las muertes ejecutadas en la primavera de unas vidas confundidas en la confusión de la ortodoxia: no solo mataban balas enemigas locales e ‘imperialistas’, también las propias.

Este primer libro-valija de Amalia es un no “al olvido que seremos”, como sentenció Héctor Abad Faciolince en su novela del mismo nombre. No al olvido, ni con ‘cura de sueños’, como el de Sofía, que borran el “derecho a la memoria”. No se trata de infidencias: es un deber individual y colectivo, producto hoy del libre albedrío de la autora, que no solo hace críticas, sino que reivindica el amor, la solidaridad y la generosidad de aquella juventud que fue la nuestra.

Querencias, el Libro II, habla del amor, de pasiones reales o imaginarias, de mujeres y hombres bien o malaventurados que, de estos últimos, los hay poquitos en la Valija de Amalia. El amor, esa emoción humana poderosa y compleja, es una necesidad biológica, como el agua o la comida, dicen los últimos estudios de la neurociencia. Así aborda Amalia el amor: sin complejos, y hasta se aventura a hablar en nombre de los hombres, en primera persona, con soltura, solvencia y picardías.

El Libro III es El Edén, otra valija en la que la autora se mete, y nos mete, a los meandros del oscuro mundo del narcotráfico. Los meandros son mucho más que las curvas sinuosas de los ríos. Son los espacios/tiempos de la vida de mujeres subsumidas entre el poder del dinero, el machismo de los hombres y la prostitución; sometidos sus cuerpos a la erosión externa, mientras el infortunio interno se sedimenta como alma en pena bajo “el manto de la lluvia blanca.” Y cuenta la historia de Eva, la princesa del Edén, que llegó muy lejos siendo mujer, capa di capi, y quedó con la vida marcada para siempre. Imposible salir de ese submundo. Como la muda, que decidió ser siempre puta para no volver a hablar.

Y llega «la mujer madura que se acuesta con la vida” y sueña “Inventando ciudades”, el Libro IV.  Real u onírica, Amalia se da alientos para seguir soñando, para que, al volver de cada sueño, con la misma pasión que recordó el pasado, pueda “recordar el futuro.” Se define como “una vieja sedentaria que no ha perdido ni la razón ni la esperanza de construir su lugar, nuestro lugar” en ciudades inventadas, para vestirlas “con palabras que abracen y protejan.”

Aquí está Amalia, con su Valija, o sus valijas, siendo ella misma, no a la sombra de nadie, ni como Aspasia de Mileto, a la sombra de Pericles, ni como “la mujer del poeta o del caudillo”, de Silvio. Siempre abriendo espacios vitales, o llenándolos con la magia que “permite enmendar a quienes ya no están”, y que” fueron un tributo de vida.” Gracias Amalia.

 

Susana Seleme Antelo