A diez años de tu vuelo al Olimpo

 

Qué fugaz fue tu partida, hermano mío, y qué enorme el vacío que nos dejaste. Hoy recordamos, ante la triste evocación de ese infausto día de octubre, cuando caíste vigoroso, como el roble que, tronchado por la muerte, aún nos prodiga con su sombra.



A diez años de tan triste desenlace, solo nos queda el recuerdo de tu genial paso por esta vida, realzado por gigantes de la literatura americana como Germán Arciniegas que, al comentar tu obra afirmaba: “Keiserling consideraba que el paisaje boliviano es el escenario del tercer día de la Creación” y añadía: “Leyendo su Ánfora de Signos, mi querido Riveros Tejada, me han salido al encuentro dos reflexiones: la primera, que ser poeta en Bolivia no tiene gracia. La segunda, pero que serlo es aceptar un desafío…. Por esta poética suya, que cualquiera puede ver recorriendo Bolivia y por el valor que ha tenido usted en aceptar el desafío de escribirla, lo felicito con una admiración más que explicable”.

Otra cumbre de la literatura continental, el director de la Academia Colombiana de la Lengua, Manuel Briceño Jauregui S.J., aseguró: “Muchas son las facetas, desde el punto de vista literario, que restan todavía sin resaltarse de este cantor de América, de pensamiento, de fecunda fantasía, de metáforas espontáneas, sin rebuscamientos postizos, de epítetos naturales o atrevidos”.

Así por delante, muchas fueron las páginas para tan ilustre personaje desaparecido en Caracas hace una década, en un exilio voluntario, huyendo de una ideología que ignora la perspectiva del presente, inexorable e ineluctable, que quiere retroceder a la edad de bronce, con la ingenua ilusión de que el reloj de la historia puede girar a la izquierda, o simplemente dar marcha atrás. Esa pérdida cultural que se sufre con su partida será reconocida en el futuro, sin lamentos plañideros, porque como ocurre con los grandes intelectuales bolivianos es esquivo y porque Guillermo Riveros Tejada no aró en el mar, al que él mismo cantó: “¡Que me siembren en el mar! / ¡Que me esparzan en el río! / Si es de tarde, de la mano de algún niño, / descenderé por la sombra que proyecta la montaña/cuando cae el sol andino”.

El género humorístico tampoco le fue ajeno y, por el contrario, cuánto nos deleitó con su alegoría  al “Gato Cimarrón” inspirada en la rígida y a su vez dulce Alemania. “Que fácil para mí era extraviarme en esas latitudes complicadas donde todo es exacto. / Donde la vida se realiza entre la exactitud y las distancias. / Entre las multitudes que pululan en silencio en la contaminación y el asfalto/. Donde las palomas levantan vuelo, el minuto y el segundo prefijados, hasta la ventana donde un viejo con migajas las viene alimentando. / Ni qué decir de los perros esponjosos muy bien peinados, los sacan a pasear por los jardines elegantemente encadenados.”

“En una latitud así, estoy seguro de que jamás podía vivir un digno gato. / Y cimarrón como soy; enemigo del reloj y el calendario, / aprovechando las inexactitudes que felizmente cometen los exactos, / burlando al mayordomo y a la mucama decidí abordar el primer barco para reinstalarme, definitivamente, en la libre dimensión de mis tejados/ donde no todo es malo ni, como dicen, subdesarrollado. / Porque, a veces, me como una paloma. Le saco unos filetes al mercado y lo mejor es que aquí, en mi tierra, las ratas jamás me han intimidado. / ¡Porque aquí, en mi tierra, el Gato Cimarrón es su propio amo!

¡Salud, querido hermano, amigo y excelso poeta, a diez años de tu vuelo al Olimpo!

 

Álvaro Riveros Tejada