¿Por qué los masistas no hacen lo obvio?

Las malas acciones, aunque toda la tierra las oculte, se descubren al fin a la vista humana

Shakespeare (Hamlet).



 

Dicen que la voluntad política es capaz de mover montañas. El problema radica en que aquellos llamados a ejercer la política, no hacen lo obvio: llegar a acuerdos y pacificar el país. En su lugar, hacen lo contrario. Muerden el polvo del odio y la rencilla y destruyen puentes e incendian falsas mesas de diálogo. Lo sorprendente es que detrás de cada mala idea se esconde, siempre, un interés político egoísta. Casi burdo. No se defiende el bien común. No se apoya aquello que es de sentido común. Aquello que por lógica se debe hacer: cumplir la ley, respetar los procesos, ser un funcionario público probo y eficiente. Fortalecer las instituciones públicas con técnicos especialistas y no con operadores políticos neófitos y autómatas. ¿Por qué el MAS no hace aquello que es obvio?

 

Enceguecidos por su incapacidad, están siempre predispuestos a violentar la ley, las normas de convivencia y a generar caos y saña en las calles, protegidos por policías desajenados hacia su deber constitucional y que, para colmo, los violentos están apañados por los operadores de justicia. Lo que único que está en juego es la angurria del poder, solo hay una defensa acérrima de un Gobierno inoperante, corrupto, clientelista y degradado.

 

Bolivia está cada vez más atrapada en el laberinto masista. En un sinsentido bajo una narrativa hueca, absurda y, hasta, tarada.

 

La pregunta es ¿por qué nuestra sociedad tolera las malas ideas? ¿Por qué la población opta por los malos políticos? ¿Por qué se viola sistemáticamente la CPE? ¿Por qué hay tantas políticas públicas, obviamente fracasadas, que resultan casi imposibles de erradicar? ¿Por qué se insiste en defender una negligencia evidente del INE? ¿Por qué se miente, se engaña a la población a sabiendas que están descubiertos en su farsa? ¿Qué mueve a estos pobres diablos como operadores políticos masistas a defender sus miserias? ¿Por qué hacer de lo obvio algo imposible y que muchas de estas malas ideas sigan siendo el norte de los masistas?

 

La ignorancia de la historia política y del derecho conducen al reino de lo insólito. Absortos vemos el chabacano teatro montado por el MAS en sus falsas mesas de diálogo para un censo oportuno y transparente. Se olvidan que el proceso censal, la redistribución de recursos y, luego, la nueva reconfiguración de escaños de la Asamblea Legislativa, son un derecho de las regiones, universidades y gobernaciones. No un capricho de los masistas o peor aún, dinero de sus bolsillos.

 

Las leyes – censales, electorales, de representación política partidaria – son procesos que son un punto de apoyo medular de la democracia. Jurídicamente, no son algo para andar manoseando, porque lo que está en juego es el crecimiento de la democracia de Bolivia, el voto popular y la calidad de vida de los bolivianos. Se olvidan que la democracia es, precisamente, el gobierno de la ley, del respeto irrestricto de la norma, de la convivencia y que están llamados, constitucionalmente, a resguardar la democracia, las instituciones y el bienestar de todos los bolivianos. De lo contrario, están sujetos a un juicio de responsabilidades.

 

La evidencia es incontrastable: estamos ante un acto de traición al país y a la democracia por parte de los masistas. Las leyes en Roma llevaban el nombre del autor, imponiéndole así la obligación moral de defenderla y aplicarla; acá en Bolivia todo está pervertido. Los gobernantes tergiversan sus propias leyes. Las tuercen. Las denostan.

 

El ejercicio del poder para el MAS se sustenta en un accionar bajo un códice mafioso. Por lo tanto, su accionar debe vulnerar la ley de manera consistente. Está en sus genes. Es una herencia y escuela maldita de los grandes maestros de la impostura y la mentira: Evo Morales y Álvaro García Linera. El gravísimo problema es que esta infamia ha hecho metástasis en toda la democracia boliviana.

 

Se cree que ser un político hábil, es armar ratoneras. Sembrar trampas, torcer las normas y mostrarse llano al diálogo, cuando, en realidad, se tiene empuñado el martillo en la espalda. Eso es, para ellos, ser inteligente. Eficiente. Cuando en realidad solo deja en evidencia su actitud liliputiense.

 

Más que con fuego, están jugando y denigrando la democracia.