El embrollo opositor

Una entrevista con el reconocido periodista y escritor, Fernando Molina, sobre cómo se origina y configura en el tiempo la situación actual en la vereda de los contrarios al partido de gobierno.

POR PABLO DEHEZA

IMAGEN: ABC

 



Fuente: La Razón

El Punto Sobre la i

Una reciente encuesta del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), da cuenta de un escenario poco esperanzador en la vereda opositora. Ante la pregunta sobre quién es el dirigente más capacitado para derrotar al MAS en las venideras elecciones presidenciales de 2025, 33,9% pidió un candidato nuevo y un 20,1% no se identificó con los actuales liderazgos más visibles. El alcalde cochabambino, Manfred Reyes Villa, es quien mejor se desempeña, con un 14,8% de respaldo.

A todas luces, esto habla de un panorama fragmentado y difuso en la vereda de los contrarios al partido de gobierno. Cabe preguntarse a qué se debe esto y cómo se fueron configurando las cosas para llegar a esta situación. En realidad, lo que hoy aparece es el resultado de una acumulación histórica. Dicho de otro modo, el embrollo actual no surge de la nada.

Conversamos al respecto con el reconocido periodista y escritor, Fernando Molina. Es autor de diversos libros, ensayos y artículos sobre el devenir de la sociedad y la política en el país, lo que permite un recorrido amplio en el tiempo, intentando identificar los diversos momentos que han dado origen al presente.

¿Cómo se puede valorar hoy, siete décadas después, el impacto de la Revolución Nacional de 1952 en la política boliviana?

Con la reforma agraria y el voto universal, la Revolución Nacional creó lo que podemos llamar “el pueblo boliviano” como sujeto y referente de la política del país. No fue una invención menor. En otras latitudes, la constitución de una comunidad política en principio igualitaria constituyó la base del Estado Nación y de la democracia republicana. En Bolivia, permitió acercarse a estos objetivos, pero de manera imperfecta, porque el nuestro es un país poscolonial y, por tanto, está crucificado por el racismo estructural. De modo que la noción de “pueblo boliviano”, como todas las importaciones liberales de nuestra historia, se aclimató mal entre nosotros. Mientras un descendiente blanco no pueda reconocer a un descendiente indígena como alguien con el que pueda casarse o ser íntimo amigo, no puede decirse que haya un verdadero “pueblo boliviano”. Por esta razón histórica, el poder en Bolivia es otra cosa que un poder de clase. A esto se refería René Zavaleta con su “paradoja señorial”. La revolución burguesa del 52 fue cooptada por un bloque social formado por la clase media blanca y los residuos de la vieja clase dominante o “rosca”. Antes de 1952, la élite estaba formada por terratenientes semi-feudales y mineros semi-burgueses. En ambos casos, la argamasa que unificaba internamente a estos bloques dominantes era la similitud étnico-racial y su oposición a un “Otro” que era el mundo indígena. Un “Otro” que sirve de referente antinómico de la identidad de estas élites: las clases señoriales constituyen su ser sobre la convicción existencial de que no son indígenas. Por el otro lado, los descendientes indígenas encuentran en el mundo de los descendientes blancos un “otro” sin mayúsculas, que se les presenta como un obstáculo, pero que al mismo tiempo desean. Como vemos en la última película de Jorge Sanjinés, Los viejos soldados, los mecanismos de la Revolución Nacional, como el Control Obrero, no solo sirvieron para que los indios se educaran y enriquecieran, sino también para que se blanquearan. El poder en Bolivia siempre ha sido un medio de blanqueamiento, tal es la “paradoja señorial”.

Esta es la herencia que nos ha dejado la gran catástrofe colonial, que, por decirlo en términos psicoanalíticos, obligó a todos los habitantes de este territorio, desde 1535 hasta ahora, a internalizar el discurso del “Amo Español”, el cual nos ha dado valor en la medida en que nos parecemos a unos remotos antecesores que en su mayoría abandonaron el país a principios del siglo XIX y, al mismo tiempo, ha escarnecido y ha vejado nuestra indianidad. El discurso del “Amo Español” sigue siendo el que nos produce y reproduce a todos, tanto a descendientes blancos que sienten su fenotipo como un privilegio, aunque no verbalicen este sentimiento, como a descendientes indígenas desesperados de “ser como el otro” y que, por tanto, adoptan posiciones racistas contra sí mismos.

¿Cómo cambia, o no o en qué, la clase dirigente tradicional, la de acervo señorial, luego de la Revolución Nacional y durante las dictaduras militares?

El 52 fue el momento constitutivo de una nueva estructura social. Una estructura que concretaba de manera singular las contradicciones originarias del país, entre ellas las contradicciones étnico-raciales. La nueva élite se beneficiaba del capitalismo de Estado; este constituía su horizonte de visibilidad. También se beneficiaba de un complejo ideológico que sumaba el nacionalismo revolucionario y la ideología del mestizaje.

La hegemonía de este complejo ideológico fue poderosa. Sin embargo, ni las sociedades ni los poderes son completamente estables nunca. Ciertos sectores anticomunistas y supremacistas blancos, sobre todo de Santa Cruz (Falange), se sintieron afectados por los cambios, no se adaptaron a la Revolución y la socavaron. El Estado del 52 también fue atacado desde la izquierda porque no supo resolver la cuestión de la dependencia.

Barrientos y Banzer fueron la respuesta anticomunista del nacionalismo revolucionario a la radicalización cristiano-marxista de los jóvenes en los 60. Ambos dictadores dijeron que buscarían la restauración, y era verdad, pero en los hechos no pudieron escapar a la sombra del Estado del 52, es decir, al desarrollismo con capitalismo de Estado. Era, además, lo que correspondía con la orientación mundial en la posguerra hasta la crisis de la deuda de los 80.

En la lucha contra las dictaduras militares apareció una nueva ideología tan poderosa como el nacionalismo revolucionario, la ideología democrática, asentada la lucha de los movimientos sociales bolivianos por las libertades civiles.

¿Qué tan importante es lo que sucedió entre 1982 y 1986, desde la llegada de Hernán Siles Suazo al poder hasta la aplicación de la Nueva Política Económica con Víctor Paz Estenssoro?

Muy buena pregunta. La historiografía no ha comprendido la importancia de este momento, que es el de quiebre del Estado del 52. La hiperinflación fue un terremoto que sacudió de tal manera a los bolivianos que los llevó a abandonar, temporalmente, la ideología nacionalista-revolucionaria que, desde los años 30 del siglo XX, se había ido decantando como la forma específicamente boliviana de modernización.

Sin la hiperinflación, el proyecto neoliberal no hubiera podido despegar, mucho menos alcanzar la forma radical que tuvo en el gonismo. Se debe entender como una ruptura epistemológica.

Gonzalo Sánchez de Lozada condensaba la paradoja señorial en sí mismo: por un lado, hijo de un jerarca de la Revolución, Enrique, y, por el otro lado, nieto de un patricio del liberalismo rosquero, Daniel Sánchez Bustamante. Y, en tercer término, sucesor de Simón Patiño. Solo él pudo ejecutar la restauración prometida por Barrientos y Banzer: pasó de la ideología antipatiñista y nacionalista de su padre (y de su partido) y ejecutó en cambio el librecambismo crudo y proyanqui de su abuelo.

Con ello, ¿qué quedó de la Revolución? Los discursos y libros pendejos de Guillermo Bedregal y los esquizofrénicos actos de homenaje que hacía el MNR cada 9 de abril. Goni obtenía cierto voto campesino, pero odiaba lo que debía hacer (bañarse en mixtura) para conseguirlo, como confesó en Our Brand is Crisis.

La hiperinflación y Goni mataron a la Revolución Nacional. No sabíamos entonces que retornaría de entre los muertos. Por otra parte, la hiperinflación causó una derrota histórica, de 20 años, de la izquierda boliviana.

¿Cómo se puede caracterizar la relación entre la clase dirigente del ciclo neoliberal, o de la democracia pactada, con las clases populares e indígenas?

El neoliberalismo fue una ola mundial que encandiló a la elite, que se deshizo del Estado del 52 para perseguir la nueva panacea. Por su fiebre privatista y trasnacional, la élite neoliberal perdería a la larga el poder, no sin antes dejar a los sectores nacionalista- revolucionarios duros completamente en manos de la izquierda extraparlamentaria.

En esta encrucijada, el MIR (incluyendo a su ala MBL) se extravió. Su papel histórico debiera haber sido constituir una alternativa de izquierda democrática al neoliberalismo. No olvidemos que dirigía a muchos sectores populares, aunque siempre mediándolos con una representación de la clase media tradicional o blanca. Quizá esto fue lo que hizo imposible que este partido se resistiera a la moda neoliberal, que parecía beneficiar a esta clase media por la ligazón que esta tenía con la “globalización”. Lo cierto es que el MIR la siguió y con ello se destruyó a sí mismo, al mismo tiempo que dejaba el campo de la izquierda completamente libre para el MAS.

¿Cómo queda la relación entre las clases a favor y en contra del MAS luego del derrocamiento de Gonzalo Sánchez de Lozada?

Se cumplió la profecía de Zavaleta en Las masas en noviembre: los plebeyos llegaron al poder por sí mismos, pero también llegaron, nunca debe olvidarse, llevando a cuestas el discurso del “Amo Español” y con el deseo de satisfacer el “goce” que les había sido negado durante toda la historia republicana. Una fuerza que busca el goce no puede más que sumergirse sin resistencia en el flujo extractivista y desarrollista de la sociedad contemporánea. El discurso del “vivir bien” fue la cobertura consciente del inconsciente gozante. Así, el goce identitario (ser indígena se convirtió en un mecanismo de acceso al poder), el goce del mando político (la reelección) y el goce del nuevorriquismo se articularon al goce extractivista.

¿Hubo intentos desde la vereda de las actuales oposiciones tradicionales para acercarse nuevamente a las clases populares e indígenas o cómo es que vienen actuando?

En 2018 escribí un artículo titulado “La sociología del mesismo”, en el que mostraba que el partido del expresidente Carlos Mesa era “demasiado blanco” y no interpelaba a los descendientes indígenas, muchos de ellos ya en la clase media y en proceso inicial de blanqueamiento, pese a que estos ya se estaban decepcionando de Evo Morales. Me condenaron por “traición de clase”. Dos años después, Mesa explicó su derrota en las elecciones de octubre de 2020 con un argumento muy parecido: solo había obtenido los votos de la clase media tradicional, etc.

El gobierno de Jeanine Añez tuvo la oportunidad de aprovechar la desarticulación del bloque de poder masista en 2019, para conseguir sectores indígenas y sindicales que la respaldaran, pero desperdició este chance porque siguió a rajatabla los humores radicalizados de la clase media tradicional, que querían “sentar la mano” a los indígenas.

En cuanto a lo positivo, el más impresionante logro de una oposición de corte popular fue el triunfo de Soledad Chapetón en El Alto en 2015. Varios alcaldes y gobernadores actuales también han sabido tejer redes políticas en los sectores subalternos. Según las encuestas, un político que tiene atractivo para los descendientes indígenas de la clase media ascendente es Samuel Doria Medina y su propuesta de emprendimientos populares.

Estas experiencias son raras porque hay un bloqueo de partida. Muchos sectores de oposición no han aceptado que el MAS ha sido resultado del neoliberalismo y que no será con neoliberalismo que lograrán vencer al MAS. Por otra parte, no han comprendido que deben apartarse de la tendencia de la élite criolla/mestiza a proyectar su identidad étnico-racial como la única universal boliviana. En mi opinión, estos dos pasos causarían un automático debilitamiento del monopolio que ejerce el MAS en la representación a los sectores indígenas y populares.

En la perspectiva de cierta oposición, hacer el esfuerzo de salir de la zona de confort no vale la pena, porque no le va a dar votos en las próximas elecciones. Esta percepción se agrava ahora que se han puesto de moda los valores de ultraderecha y cuando ciertos sectores del electorado son supremacistas blancos.

Para mí esta cuestión va mucho más allá de los cálculos electorales (aunque también los incluya). Un sistema político sin segregación de los indígenas en el “gueto MAS” y sin instrumentalización de los indígenas por los demás partidos sería un paso hacia una sociedad no racista y, por tanto, más democrática.

¿Cómo impacta el gobierno de Jeanine Añez en la vereda de las oposiciones tradicionales?

Fue una grave derrota, porque desperdició la oportunidad objetiva que se presentó de vencer al MAS. Recién ahora la oposición (la que no participó en este gobierno) se está recuperando de esta derrota. Si no hubieran estallado la crisis económica y la división del MAS, su recuperación habría tardado más.

A partir de todo lo anterior, ¿Cuál es la situación actual de las oposiciones tradicionales? ¿Cuáles son las principales causas que permiten explicar su dispersión y ausencia visible de propuestas para el colectivo nacional?

Las oposiciones están fragmentadas porque están fuera del poder desde hace mucho. Esto no ha permitido que emerja un caudillo fuerte que pueda articularlas. Pero si uno de los líderes opositores llegara al gobierno el próximo año, la cosa cambiaría por completo. Así es el sistema político boliviano: caudillista y rentista.

En cuanto al discurso, la oposición sí tiene uno: superar la crisis actual del modelo estatista. Este discurso puede darse con diferentes variantes: puede ser utópico, a lo Añez o a lo Antonio Sarabia, y ofrecer una restauración neoliberal. En ese caso probablemente falle en democracia si no se da una “ruptura epistemológica” y surgen condiciones sociales tan extremas como las de la hiperinflación de los 80.

Al llegar al poder, los plebeyos han obtenido unos niveles de acceso al goce que no van a perder fácilmente. Por eso un hipotético discurso opositor exitoso no solo debería apoyarse en el cansancio y la envidia que existen tras tantos años de poder masista; también tendría que demostrar que va a incorporar a los grupos populares e indígenas ya empoderados dentro un “pueblo boliviano” más igualitario.

 (*)Pablo Deheza es editor de Animal Político

Fuente: La Razón