Sur y chilchi

Nací hace muchísimos años en la esquina de las calles Sucre y Chuquisaca, casa de mis abuelos paternos. Mi padre decía que yo era tan pequeño y flaco que cabía en una caja de zapatos. Como mamá, nací en febrero, tiempo carnavalero (mi último cumpleaños fue el día del corso), por lo tanto, en un mes caluroso como son casi todos en Santa Cruz. Es por eso, seguramente, que cuando “vuelca” el viento frío del sur, me produce una sensación extraña, entre alivio y lejanas evocaciones. Es que el surazo provoca una tregua al agobiante calor del fin del verano, que este año ha sido exagerado. Pero cuando el sur llega ventoso y con chilchi, con esa garúa persistente que no se decide a convertirse en aguacero, me perturba, y el ruido del viento más el sonido de las hojas, me lleva a mi niñez y a mi juventud en los campos de Buen Retiro y de El Valle o en la antigua casa de mis padres, poblada de enormes mangos y paltos.

En las noches de surazo siento que con el silbido del viento pasan entre los árboles los espíritus de mis abuelos, de mis padres, de mis tíos y de los amigos que partieron. Es decir que el surazo me conmueve. Será, seguramente, porque el sur y chilchi silencia a cierta hora el barullo de la ciudad, porque la gente prefiere el hogar a la calle. Será porque entonces el suave chasquido del agua contra la ventana se oye, me adormece, y me lleva a los recuerdos. El hecho es que, en vez de los personajes de la novela que tengo entre manos, desfilan ululantes los seres queridos que partieron, los reales, que fueron parte íntima de mi vida. Hace treinta años no eran muchos quienes se habían ido, los podía enumerar, pero ahora, cuando ha pasado el tiempo, no son muchos quienes nos aventajan con vida. Eso hace meditar también en esas noches de frazadas, pijamas largos y quietud.



¿Será nuestro planeta más caliente o más frío? Con excepción de algunos continentes que son cálidos por excelencia como África, por ejemplo, o fríos como las regiones polares, el resto dependen de estaciones que son marcadas. Hay temporadas de calor o de frío y épocas templadas. Nosotros, todo el oriente boliviano, somos una inmensa llanura caliente. El calor se impone absolutamente y la división de las estaciones solo se ve en los almanaques. El viento del sur nos visita los meses de mayo, junio y julio, uno o dos por mes, con intensidad moderada si lo comparamos con lo que sucede en otros continentes donde nieva y hiela y en la propia América cordillerana o del norte.

Por esas razones el cruceño no está preparado para el frío. El camba en general sufre con sólo llegar hasta los valles, pero padece grandemente en la cordillera o en un viaje invernal a las naciones nórdicas. En cuanto el ventarrón del sur se abate furioso sobre los poblados de la llanura grigotana el hombre y la mujer no saben cómo protegerse. El sur y chilchi es húmedo, además. Así que todas las prendas de lana, abrigos, chulos y medias, se las pueden echar encima los cambas y la tembladera no cesa. Algunos conformamos un colorido disfraz con todo lo que tenemos guardado con olor a pujuzó, aunque también hay quienes lucen caros Chanel o Pierre Cardin. Y tampoco hay forma de calentarse en la cama porque las sábanas se humedecen y las “patitas” se congelan. Y bañarse, para quienes no tienen las mínimas comodidades, es un sacrificio atroz. Las casas, justamente porque el calor se impone durante todo el año, no están preparadas para el viento helado. El chiflón se filtra por techos, puertas y ventanas y el único consuelo es que los surazos no duren mucho. La mayoría de las viviendas, oficinas o restaurantes tienen aire acondicionado, pero ninguna chimenea. ¿Chimenea para tres o cuatro surazos anuales?

Ese clima cálido y húmedo es el que nos ha dotado de la fantástica naturaleza que poseemos. Esta tierra, donde cualquier semilla se convierte en alimento o en un frondoso árbol, lo debemos al clima tropical que tantos beneficios nos proporciona. Con unos pocos grados menos de temperatura nuestros campos serían diferentes, distintos, porque ni la caña ni la soya ni el algodón podrían darse, ni brotarían tantos cereales y frutos que sustentan la economía cruceña, que, a la vez, alimentan a millones de bolivianos y generan divisas pese a la miopía de los gobernantes.

Sin embargo, el sur y chilchi es benéfico también porque resulta un equilibrio contra el calor extremo. Además, que modera los espíritus, los amansa, y llama a observar y sentir otro lado del mundo, otra forma de respirar, que existe.