Fue en agosto de 2024 que dimos a conocer este tremendo hecho a través de reportajes de investigación.

eju.tv /Fuente: Correo del Sur
Con pasos lentos y adoloridos, una manta envejecida cubriendo su nariz y boca, y esos ojos claramente irritados por las lágrimas de la tristeza y el polvo de los años de contaminación. Es Martha (nombre ficticio), una de las de personas campesinas aymaras afectadas por la contaminación minera en las comunidades del municipio de Viacha (La Paz). Son años insistiendo para el desalojo de las actividades mineras ilegales en su región y hasta el momento todas las autoridades han preferido mirar hacia otro lado y no asumir sus responsabilidades.
¿Qué más podrían perder ella y sus vecinos? Ya se quedaron sin sus vacas y su producción agrícola. Vendieron a precios bajos lo poco que se salvó de sus terrenos. Ya tuvieron que migrar obligados para generar ingresos, como en el comercio informal, transporte o construcción. Ya enfermaron. Sí, muchos de ellos presentan males estomacales, irritación en la piel, dolores de cabeza, debilidad de articulaciones, entre otros. Esas son algunas de las consecuencias de la presencia de metales pesados usados para la recuperación de mineral (oro).
Y es que Viacha no es solo esa ciudad industrial y comercial que divisamos de paso hacia la frontera. Para cientos de familias campesinas e indígenas, es su vida, su herencia y sus fuentes sagradas de agua. Pero desde hace más de 15 años, decenas de empresas mineras han ingresado sin ningún control para descargar desechos traídos de otras regiones y recuperar oro usando elementos como el mercurio y cianuro. Las denuncias de contaminación en agua, suelos y aire han sido permanentes desde entonces, pero ninguna instancia del Estado ha procurado una solución.
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Fue en agosto de 2024 que dimos a conocer este tremendo hecho a través de reportajes de investigación. Recorrí con pobladores afectados y algunos representantes departamentales y nacionales los sectores más afectados, como la comunidad Seque Jahuira. No necesité más de unos minutos para percatarme que en el lugar se hace imposible respirar sin percibir la toxicidad. El panorama es de tierras prácticamente desérticas, no hay movimientos más que de las máquinas gigantes de esas actividades y quedan por ahí algunos restos de arbustos y de las últimas vacas que fueron muriendo por beber el agua contaminada y consumir lo poco de algunas plantas.
Hay madres que han visto a sus hijos enfermar y palidecer. Son abuelos que fueron testigos del despojo de su forma de vida. Son dirigentes denunciantes que sufrieron amenazas de este poder económico y son niños sin sonrisas.
Viacha no es solo un lugar, es el espejo de una Bolivia que sacrifica su vida por un “desarrollo” para pocos que solo deja cicatrices de metal.
En 2023, el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA) publicó un informe detallado sobre la contaminación del río Pallina en Viacha y se corroboró las altas concentraciones de metales pesados. La carrera de Química de la UMSA determinó la presencia alarmante de cianuro, altamente tóxico y usado cada vez más para las operaciones mineras en Bolivia.
En el agua que beben las comunidades y con la que riegan lo poco que queda de cultivos, también se han detectado niveles de arsénico, plomo y cadmio que superan cualquier norma de salud internacional. El aire, ese que debería ser el aliento puro del altiplano, hoy transporta partículas de material particulado que se asienta en los pulmones de los más vulnerables.
Las denuncias de los comunarios no son exageraciones. He documentado testimonios de familias enteras que padecen enfermedades renales crónicas, problemas dermatológicos severos y afecciones respiratorias que no ceden ante ningún tratamiento. En los niños, la situación es alarmante: la exposición al plomo no solo afecta su crecimiento físico, sino que compromete su desarrollo cognitivo. Estamos hipotecando el futuro de una generación entera por la negligencia de un sistema que prioriza el lucro sobre la salud pública.
Es indignante ver cómo el Estado, llamado a proteger a sus pueblos indígenas y originarios, los deja a merced de la polución. La falta de plantas de tratamiento adecuadas, del respeto por las normas y de una fiscalización rigurosa ha convertido a este municipio en una zona de sacrificio.
Viacha es la advertencia de un colapso ambiental que nos acecha. Si permitimos que el corazón de nuestras comunidades indígenas sea devorado por el mercurio, el plomo y el cianuro, estamos permitiendo que se desmorone la soberanía alimentaria y la salud de todo el país.