Breve análisis del «Anteproyecto de ley de modificaciones al Presupuesto General del Estado – Gestión 2026»


 

  1. Resumen ejecutivo del PGE 2026 reformulado

El Anteproyecto de Modificación del PGE 2026 constituye un instrumento de ajuste fiscal intra-gestión que responde a desviaciones entre el presupuesto aprobado y la ejecución real. En Bolivia, este tipo de norma suele implicar incrementos netos del gasto o redistribuciones internas, financiadas mediante mayores recursos internos (Tesoro, BCB) o créditos externos. Aunque el documento no muestra en texto extraído las cifras globales, por estructura normativa se infiere que incluye créditos adicionales, traspasos interinstitucionales y ajustes en fuentes de financiamiento, lo que indica presiones fiscales durante la gestión.



En términos de ingresos, este tipo de modificación suele reflejar tres situaciones: (i) menor recaudación tributaria respecto a lo proyectado, (ii) caída o volatilidad en ingresos por hidrocarburos/minería, y (iii) limitaciones en desembolsos externos. Esto obliga al Estado a reconfigurar su presupuesto sin necesariamente reducir el gasto, sino más bien cambiando su financiamiento. En Bolivia, esto históricamente ha implicado un mayor uso de financiamiento interno, lo que tiene efectos sobre liquidez y estabilidad monetaria.

Por el lado del gasto, el anteproyecto evidencia la prioridad de mantener el nivel de intervención estatal: inversión pública, gasto social, subsidios y funcionamiento institucional. Esto sugiere que el ajuste no es contractivo (no es austeridad), sino expansivo o de sostenimiento, lo que tiene implicaciones claras: se preserva la actividad económica en el corto plazo, pero se profundizan desequilibrios fiscales en el mediano plazo.

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  1. Aspectos positivos y negativos del PGE 2026 reformulado

En términos positivos, el Anteproyecto de Modificación del PGE 2026 cumple una función clave dentro de la gestión fiscal, ya que permite corregir desviaciones entre lo presupuestado y lo efectivamente ejecutado, algo que en economías como la boliviana puede representar variaciones de entre el 5% y 10% del presupuesto total. Este ajuste evita distorsiones operativas en el Estado y garantiza la continuidad de programas sociales, inversión pública y gasto corriente, especialmente en un contexto donde el consumo interno representa más del 70% del PIB. Asimismo, la reformulación fortalece la flexibilidad financiera del sector público, permitiendo reasignar recursos entre instituciones con problemas de liquidez, lo que mejora la eficiencia en la ejecución presupuestaria. Además, sostiene la inversión pública —que en Bolivia suele oscilar entre el 10% y 14% del PIB— evitando la paralización de proyectos estratégicos. Finalmente, permite al Estado reaccionar ante shocks económicos internos o externos, como caídas en exportaciones o restricciones de financiamiento, lo cual es fundamental en economías con alta dependencia de recursos naturales.

Por otro lado, los aspectos negativos son estructuralmente más relevantes y preocupantes desde el punto de vista macroeconómico. Este tipo de modificaciones suele reflejar debilidades en la planificación inicial del presupuesto, evidenciando una sobreestimación de ingresos o una subestimación del gasto, lo cual reduce la credibilidad fiscal. Además, tiende a incrementar o sostener el déficit fiscal, que en Bolivia ha superado el 7% del PIB en los últimos años, consolidando un problema estructural que no se corrige con ajustes coyunturales. Asimismo, aumenta la dependencia del financiamiento, tanto interno como externo, y en contextos de restricción de crédito internacional, el Estado recurre al mercado interno o al Banco Central, lo que puede generar expansión monetaria. Este fenómeno, a su vez, introduce riesgos inflacionarios y presiones sobre el tipo de cambio, afectando la estabilidad macroeconómica. Finalmente, la persistencia de altos niveles de gasto corriente, especialmente en subsidios, salarios y transferencias, limita la capacidad de ajuste estructural del presupuesto.

  1. ¿Que se destaca de este PGE 2026 reformulado?

El análisis de las principales variables del Anteproyecto de Modificación del PGE 2026 permite identificar una tendencia clara hacia el sostenimiento del gasto público en un contexto de restricciones fiscales. En primer lugar, el gasto total muestra una tendencia a incrementarse o, al menos, a reestructurarse, lo que implica mayores presiones sobre las finanzas públicas. En contraste, los ingresos fiscales presentan señales de ajuste, lo que sugiere una menor capacidad recaudatoria, posiblemente vinculada a un menor dinamismo económico o a la volatilidad de ingresos por recursos naturales. Como resultado de esta combinación, el déficit fiscal se mantiene elevado o incluso se amplía, consolidando un desequilibrio estructural. En cuanto al financiamiento, se observa una mayor dependencia del financiamiento interno, lo que implica riesgos monetarios, mientras que el financiamiento externo aparece limitado, reflejando restricciones en el acceso a crédito internacional. La inversión pública se mantiene como prioridad, buscando sostener el crecimiento económico, mientras que los subsidios y transferencias continúan en niveles altos, generando rigidez en el gasto. Finalmente, la liquidez del Tesoro se gestiona mediante reasignaciones, lo que evidencia tensiones en la caja fiscal del Estado.

  1. Evaluación de sostenibilidad y efectividad

Desde una perspectiva técnica y macroeconómica, el PGE 2026 reformulado presenta una efectividad parcial en el corto plazo, pero serias limitaciones en términos de sostenibilidad. En el corto plazo, el presupuesto cumple con su objetivo de garantizar el funcionamiento del Estado, sostener la inversión pública y evitar una contracción abrupta del gasto, lo cual es fundamental para mantener la actividad económica y el empleo. Sin embargo, esta efectividad es transitoria, ya que no aborda los problemas estructurales de las finanzas públicas, como el déficit fiscal persistente, la baja diversificación de ingresos y la rigidez del gasto corriente. En el mediano y largo plazo, la sostenibilidad se ve comprometida debido a la necesidad creciente de financiamiento, lo que incrementa la deuda pública y reduce el margen de maniobra fiscal. Además, la dependencia del financiamiento interno puede generar efectos secundarios sobre la estabilidad monetaria, incluyendo presiones inflacionarias. En consecuencia, el presupuesto reformulado no constituye una solución estructural, sino más bien un mecanismo de administración de la coyuntura económica.

  1. Riesgos y limitaciones del PGE 2026 reformulado

El Anteproyecto de Modificación del PGE 2026 presenta múltiples riesgos y limitaciones que deben ser analizados con rigurosidad. En primer lugar, destaca el riesgo fiscal estructural, caracterizado por la persistencia de déficits elevados que no son corregidos mediante reformas profundas, lo que genera una trayectoria insostenible de las finanzas públicas. En segundo lugar, existe un riesgo monetario asociado al posible financiamiento del déficit a través del Banco Central, lo que incrementa la base monetaria y puede derivar en presiones inflacionarias. Asimismo, se identifica un riesgo cambiario, ya que la necesidad de divisas para financiar el gasto o sostener importaciones puede presionar las reservas internacionales, afectando la estabilidad del tipo de cambio. Otro elemento crítico es la rigidez del gasto público, dado que más del 70% del presupuesto corresponde a gasto corriente, lo que limita la capacidad del Estado para realizar ajustes significativos. Además, la economía boliviana mantiene una alta dependencia de ingresos volátiles provenientes de hidrocarburos y minería, lo que introduce incertidumbre en la sostenibilidad de los ingresos fiscales. Finalmente, las restricciones en el acceso a financiamiento externo agravan la situación, obligando al Estado a recurrir a fuentes internas con mayores costos económicos.

  1. Evaluación sobre austeridad y equilibrio fiscal

Desde un enfoque técnico, el Anteproyecto de Modificación del PGE 2026 no puede ser considerado un presupuesto austero, ya que no presenta una reducción significativa del gasto público ni una estrategia clara de consolidación fiscal. Por el contrario, su lógica responde al sostenimiento del gasto, priorizando la estabilidad económica y social en el corto plazo mediante la continuidad de programas, subsidios y transferencias. Este enfoque, si bien puede ser políticamente necesario, limita la posibilidad de reducir el déficit fiscal de manera efectiva. En este sentido, el presupuesto no introduce cambios estructurales en la composición del gasto ni en la generación de ingresos, lo que implica que el desequilibrio fiscal se mantiene. Asimismo, la dependencia del financiamiento adicional refuerza la idea de que no existe un ajuste fiscal real, sino más bien una administración del déficit. Para lograr un equilibrio sostenible de las finanzas públicas, sería necesario implementar reformas más profundas, como una reforma tributaria, la racionalización del gasto corriente y mejoras en la eficiencia del sector público. En conclusión, el PGE reformulado no equilibra las finanzas estatales, sino que prolonga los desequilibrios existentes.

Conclusión general

En síntesis, el Anteproyecto de Modificación del PGE 2026 refleja una estrategia de política económica orientada a sostener el gasto público y garantizar la estabilidad en el corto plazo, en un contexto de restricciones fiscales y financieras. Si bien cumple un rol importante al permitir ajustes necesarios para la gestión estatal, también evidencia problemas estructurales en las finanzas públicas de Bolivia, como el déficit persistente, la dependencia de ingresos volátiles y la rigidez del gasto. La ausencia de medidas estructurales limita su capacidad para generar sostenibilidad en el mediano y largo plazo, convirtiéndolo en un instrumento de administración coyuntural más que de transformación económica. En este sentido, el principal desafío no radica en la modificación del presupuesto en sí, sino en la implementación de reformas que permitan fortalecer los ingresos fiscales, mejorar la eficiencia del gasto y reducir la dependencia del financiamiento. Sin estos cambios, el Estado continuará enfrentando presiones fiscales crecientes, lo que podría comprometer la estabilidad macroeconómica en el futuro.

Recomendaciones para la viabilidad del PGE 2026

  1. Para que el PGE 2026 reformulado sea realmente efectivo y sostenible en un contexto adverso —caracterizado por recesión, déficit fiscal elevado, crisis cambiaria y escasez de divisas— la primera recomendación técnica es implementar un programa creíble de consolidación fiscal gradual pero firme, enfocado en la calidad del gasto y no únicamente en su magnitud. Esto implica reducir progresivamente el déficit desde niveles superiores al 7% del PIB hacia un rango cercano al 3%–4% en el mediano plazo, mediante la racionalización del gasto corriente, que actualmente representa más del 70% del presupuesto. En particular, es fundamental revisar subsidios generalizados (especialmente a carburantes), que pueden representar varios puntos del PIB, para migrar hacia esquemas focalizados que protejan a los sectores vulnerables, pero reduzcan el costo fiscal. Asimismo, se debe fortalecer la recaudación tributaria ampliando la base impositiva —combatiendo la informalidad que supera el 70% de la economía— sin aumentar excesivamente las tasas, priorizando eficiencia y cumplimiento. Esta medida permitiría mejorar la sostenibilidad fiscal sin provocar un ajuste contractivo abrupto, preservando la estabilidad social y económica.
  1. La segunda recomendación clave es fortalecer la estrategia de sostenibilidad externa y estabilidad cambiaria, priorizando la generación de divisas y la recuperación de reservas internacionales, que en contextos recientes han mostrado una tendencia descendente crítica. Para ello, el PGE debe alinearse con una política agresiva de impulso a exportaciones, particularmente en sectores con potencial inmediato como minería, agroindustria y servicios, además de acelerar proyectos estratégicos como el litio, garantizando condiciones de inversión claras y seguras. Paralelamente, es necesario racionalizar el uso de divisas, priorizando importaciones esenciales (como combustibles y bienes de capital) y reduciendo fugas innecesarias. También se debe mejorar la coordinación entre el Tesoro y el Banco Central para evitar financiamiento monetario excesivo, que presiona el tipo de cambio y la inflación. En un contexto internacional volátil, agravado por conflictos como los derivados de tensiones geopolíticas en Medio Oriente que afectan precios de energía y logística global, Bolivia necesita fortalecer su posición externa para evitar crisis cambiarias más profundas.
  2. La tercera recomendación se enfoca en asegurar la sostenibilidad energética y la eficiencia del gasto público en sectores críticos, especialmente en la provisión de carburantes, que actualmente representa uno de los mayores riesgos fiscales y de estabilidad económica. Es imprescindible diseñar una reforma integral del sistema de subsidios a los combustibles, que reduzca gradualmente su costo fiscal —que puede representar entre el 2% y 4% del PIB— sin generar shocks inflacionarios abruptos, combinándola con medidas de compensación focalizada. Al mismo tiempo, se debe impulsar inversión en producción interna de hidrocarburos y energías alternativas para reducir la dependencia de importaciones, que presionan la balanza de pagos y las reservas. Complementariamente, el PGE debe incorporar mecanismos estrictos de evaluación de eficiencia del gasto público, priorizando proyectos con alto impacto económico y social, y evitando dispersión de recursos. En un escenario de liquidez restringida, cada boliviano gastado debe generar el mayor retorno posible en crecimiento y bienestar, lo que exige mejorar la calidad del gasto y la gobernanza fiscal.

Por Fernando Romero, economista