Bolivia… escucha a tu hija La Paz, porque se está apagando lentamente frente a los ojos de todos.
Se apaga en las filas interminables por gasolina, en los mercados vacíos, en los hospitales sin insumos, en el trabajador que tarda cuatro horas en llegar a casa, en la madre que ya no sabe cómo alimentar a sus hijos y debe experimentar con el alza de los precios, en el anciano que no pudo llegar a una consulta médica porque la ciudad dejó de moverse.
Pero lo más grave no ocurre en las calles.
Lo más grave está pasando dentro de las personas. Hay algo que se quebró en la convivencia boliviana. El vecino ya no piensa como vecino…piensa como enemigo. Las redes sociales se llenaron de odio, desinformación y acusaciones, pues los discursos políticos ya no buscan unir solo buscan convencer, confrontar y sobrevivir. Y en medio de esa batalla, la ciudadanía quedó atrapada, cansada y emocionalmente devastada.
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La Paz no solo está viviendo una crisis económica o política. Está viviendo una crisis psicológica colectiva y las sociedades heridas, cuando sienten abandono, comienzan a pedir orden de cualquier forma posible.
Hoy los ciudadanos viven atrapados entre bloqueos, incertidumbre y una sensación de impotencia que crece día tras día con miles de personas pendientes de rumores, cadenas de WhatsApp y videos de TikTok que muchas veces informan más rápido de lo que los medios logran verificar.
¿Pero qué ocurre cuando una sociedad empieza a consumir más miedo que información?
El psicólogo social Henri Tajfel explicó que, en tiempos de crisis, las personas se refugian en identidades grupales cada vez más fuertes, con la consecuencia de que ya no importa comprender al otro, solo importa defender “a los nuestros”. Y eso es exactamente lo que estamos viendo en Bolivia: ciudadanos enfrentados entre sí, regiones desconfiando unas de otras, discursos políticos que alimentan la división y redes sociales que convierten cualquier diferencia en una guerra emocional.
El problema ya no es solamente económico. Es profundamente psicológico.
Gustave Le Bon, uno de los primeros autores en estudiar el comportamiento colectivo, advertía que las masas sometidas al miedo y la incertidumbre reaccionan impulsivamente, guiadas más por emociones que por razonamientos. El miedo colectivo necesita encontrar culpables. Y cuando una sociedad no encuentra soluciones rápidas, comienza a destruir simbólicamente al otro.
Por eso hoy escuchamos frases y palabras despectivas de odio a viva voz, insultos muy fuertes entre ciudadanos, acompañados de deseos reales de confrontación. La gente ya no pide diálogo, sino mano dura, porque las personas se cansaron.
Y es aquí donde aparece una de las preguntas más incómodas:
¿qué pasa cuando la democracia empieza a sentirse incapaz de poner orden?
Muchos paceños crecieron escuchando que toda acción tiene consecuencias, que existe autoridad y que convivir implica límites. Por eso, frente al caos prolongado, una parte importante de la ciudadanía comienza a exigir firmeza estatal. No necesariamente porque ame la violencia, sino porque siente que el Estado perdió presencia, control y autoridad moral.
La historia demuestra que esto no es nuevo.
En Argentina, durante la crisis del 2001, el país vivió uno de los colapsos sociales y políticos más profundos de América Latina. El desempleo superó el 20%, más de la mitad de la población cayó bajo la línea de pobreza y los bancos congelaron los ahorros de millones de ciudadanos mediante el llamado “corralito”. Las protestas estallaron en todo el país con saqueos, enfrentamientos y cacerolazos masivos. En apenas diez días, Argentina tuvo cinco presidentes distintos. El sociólogo argentino Guillermo O’Donnell describió este fenómeno como una ruptura de legitimidad institucional: la ciudadanía dejó de confiar en el Estado como garante de estabilidad y comenzó a percibirlo como incapaz de protegerla.
Las sociedades cansadas son peligrosamente vulnerables.
Porque cuando la gente deja de creer en las instituciones, comienza a creer en soluciones desesperadas. Mientras tanto, el discurso mediático y político tampoco ayuda a reconstruir confianza. El Gobierno denuncia desinformación, la oposición denuncia manipulación, las redes amplifican el conflicto y el ciudadano común queda atrapado en medio de versiones contradictorias. Muchos ya no ven noticieros, ya solo ven consecuencias: escasez, miedo, discusiones y una ciudad paralizada.
La Paz está entrando en un punto peligroso de desgaste social. El cansancio colectivo modifica el comportamiento humano y vuelve a las personas más intolerantes, más agresivas, más desconfiadas y emocionalmente más vulnerables a discursos radicales. El problema no termina cuando se levanten los bloqueos. El verdadero desafío será reconstruir la convivencia después de tanta rabia acumulada, después de tantos días viviendo bajo tensión, miedo e incertidumbre constante.
Que mientras discutimos quién tiene la culpa, La Paz se está apagando lentamente.
Y aunque eventualmente regresen el transporte, el abastecimiento o la normalidad aparente, habrá algo mucho más difícil de recuperar: la sensación de estabilidad, de comunidad y de futuro compartido.
Rocío Jurado B.
Comunicadora Social. Consultora en Imagen Integral, Etiqueta y Protocolo.
