Del «ministro de faldas» a prontuario penal – la verdad de las Evas de Evo


 

Revisando mis archivos de la época del exilio, me pillé con una verdadera joyita que hoy cobra más sentido que nunca. Es una publicación del diario chileno El Mercurio, de enero de 2007, sobre el libro “Un tal Evo” de nuestros compatriotas Darwin Pinto y Roberto Navia. Y la verdad, leerlo hoy da rabia, porque nos muestra lo cínico que era todo desde el principio.



Resulta que, en esos primeros años en el Palacio Quemado, la cosa se manejaba con un descaro total. El libro destapó que existía todo un aparato dedicado a cuidarle la imagen al jefazo. Para que no nos olvidemos de los nombres, en aquel entonces los que manejaban la estrategia y tapaban los huecos eran su asesor personal, el peruano Walter Chávez, y su vocero y hombre fuerte, Álex Contreras.

Dentro de ese círculo íntimo operaba un personaje clave que los autores bautizaron como el “ministro de faldas”. ¿Su único trabajo? Negociar silencio, armar la logística de casas secretas y blindar políticamente al mandatario para que nadie supiera de sus andanzas. A todo este teatro le llamaban elegantemente su “agenda sentimental” y a sus parejas las bautizaron popularmente como las evas de Evo. Nos la charlaban diciendo que era un tema de “privacidad”.

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Y no podemos olvidar la soberbia con la que nos restregaban esa impunidad en la cara. Lo que su entorno nos pedía que tomáramos como “bromas culturales”, hoy nos hiela la sangre. Acordémonos de esa nefasta frase que él mismo lanzó en televisión, riéndose frente a las cámaras: “Acabo mis años de gestión con mi cato de coca, mi quinceañera y mi charango”. Lo que en ese entonces nos vendieron como un chiste de mal gusto, hoy suena a una confesión pública y descarada.

Si hablamos de esa impunidad, es imposible no recordar el caso más nefasto de todos, Gabriela Zapata. Lo que intentaron manejar como un secreto más de esa agenda íntima, le estalló en la cara a todo el país en 2016. Vimos cómo su expareja terminaba moviendo millones desde las oficinas de Gestión Social con la empresa china CAMC. Y ni hablar del cuento macabro de su supuesto hijo, primero el presidente lo reconoció, luego nos dijo que había muerto, y al final la misma justicia masista tuvo que admitir que el niño no existía. Ahí quedó clarísimo que la vida privada del mandatario se pagaba con tráfico de influencias y burla a las instituciones.

Pero el tiempo pasa y la verdad siempre sale a flote. Lo que en 2007 nos querían vender como “deslices”, y en 2016 como tráfico de influencias, hoy tiene nombre y apellido en nuestro Código Penal: estupro y trata de personas. Ya no estamos hablando de romances a escondidas, señores. Estamos hablando de acusaciones gravísimas. Desde el caso de la jovencita en 2020, pasando por la orden de aprehensión del 2024 por una relación con una menor de 15 años, hasta la justicia argentina que este 2025 tuvo que reabrir investigaciones por abusos cometidos mientras él estaba refugiado allá.

¿Y qué hace él ante todo esto? Se niega a declarar frente a los fiscales, mientras sus seguidores nos bloquean las carreteras y nos asfixian la economía a los cruceños y a todo el país para que la ley no lo toque.

Y para rematarla, nos amanecemos con la noticia de que Cindy Saraí, una de las implicadas, sale a declarar que “nunca fue víctima de trata” y que “no existió explotación”. ¡Qué casualidad!

Pero un ratito, la cosa no cuadra. El periodista Pepe Pomasi salió a desenmascarar este teatro y nos recuerda algo fundamental, “A mí ella me dijo otra cosa”. Pomasi reveló que Cindy le confesó textualmente; “Tengo mucho miedo”. ¿Por qué de repente cambia su versión? ¿Acaso está actuando hoy por ese mismo miedo o bajo la presión de esa estructura de poder?

Pomasi pone el dedo en la llaga sobre evidencias que no se pueden borrar con una simple entrevista: hay fotos y hay una partida de nacimiento de una niña anotada como hija de Evo Morales, a la que después, convenientemente, le cambiaron el apellido. Y vaya coincidencia, la radio de Evo nunca en la vida nombró a Cindy Saraí… hasta hoy, justo cuando sale a repetir el libreto que a ellos les conviene.

Como bien dice el periodista, no hay que olvidar lo principal, Cindy Saraí y su niña son víctimas en todo esto. ¿De verdad nos quieren hacer creer que todo fue un invento? ¿O será que esa misma maquinaria de encubrimiento, esas tácticas del viejo “ministro de faldas” siguen operando hoy a todo vapor para comprar silencios y asustar testigos?

Nos quieren seguir charlando el cuento, pero en Bolivia ya no nos chupamos el dedo. Ese entorno nunca protegió a un líder; montaron la tapadera de un sistema de abuso y corrupción que hoy nos da vergüenza internacional. La Fiscalía tiene que investigar todo esto a fondo. Ya es hora de que la justicia deje de mirar a otro lado.

 

 

𝐀𝐥𝐞𝐣𝐚𝐧𝐝𝐫𝐨 𝐁𝐫𝐨𝐰𝐧 𝐈

𝙰𝚋𝚘𝚐𝚊𝚍𝚘 𝚢 𝚎𝚡 𝚎𝚡𝚒𝚕𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚙𝚘𝚕𝐢𝚝𝚒𝚌𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝟷𝟸 𝚊ñ𝚘𝚜