Los bolivianos sabíamos que al nuevo Presidente le iba a costar mucho gobernar. En la carpeta estaba –y aún está– la difícil misión de llevar adelante medidas de ajuste para sacar a Bolivia de la profunda crisis económica que dejaron dos décadas de despilfarro y corrupción.
Un desafío era contar con el respaldo institucional de la Asamblea Legislativa, pero otro, mucho más complejo, era gobernar la calle, sabiendo que la oposición corporativa y fiel a Evo Morales acechaba a la espera de cualquier error.
Ahora, Rodrigo Paz atraviesa el primer tramo de un bache oscuro que no muestra una salida clara. Hace 28 días que está en modo resistencia para no ser derrocado por quienes han pedido su renuncia desde el principio de esta ola de protestas.
Y es que, al estilo sindical, los bloqueos sostenidos durante tanto tiempo no son gratuitos: reciben financiamiento para alimentación, alojamiento, petardos e incluso viáticos por cada día de permanencia en la protesta. El Gobierno asegura que existe financiamiento proveniente del narcotráfico, y no hay que descartarlo. Estar en la calle, en el bloqueo o en la marcha, sin trabajar en algo productivo, necesita recursos económicos cuantiosos.
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Sin embargo, lo anterior no puede ocultar que al Gobierno también le corresponde hacer autocrítica y asumir que, después de resistir y superar este round, necesita dar un golpe de timón.
En las elecciones de octubre, el voto de los bolivianos pareció definir la sentencia de muerte del MAS. La Central Obrera Boliviana estaba prácticamente aniquilada como ente representativo de los trabajadores. Sin embargo, ambos resucitaron y ahora han logrado paralizar el país y causar tanto daño y dolor a los bolivianos. Eso se veía venir. No fue una sorpresa.
Al Presidente y a su gobierno se les critica el gradualismo en las medidas económicas, el exceso de retórica y la falta de acciones contundentes. Por ejemplo, haber mantenido estructuras del anterior gobierno terminó complicando a la nueva administración. Se dijo que fue por falta de dinero para ejecutar despidos, pero también por falta de ejercicio político; es decir, por no entender para qué sirve el poder.
No se puede gobernar con timidez.
Bolivia necesita un gobierno fuerte, determinante y capaz de ejecutar acciones que demuestren autoridad. Era sedicioso, desde el primer momento, pedir la renuncia del Presidente apenas seis meses después de haber sido elegido. Era sedicioso que Evo Morales anunciara por radio que iba a recuperar el poder. Pero el Gobierno dejó pasar ambas cosas.
Al principio, los bloqueos eran reducidos y el Gobierno permitió que crecieran. Murieron cuatro personas que no lograron llegar a tiempo al hospital porque les cerraron el paso, sin contar la agonía de cientos o miles de ciudadanos que hoy no tienen medicamentos ni oxígeno en los hospitales.
Quedan cuatro años y medio de mandato. Quedan muchas medidas –gran parte de ellas muy duras– para estabilizar la economía. Y si algo se había comenzado a recuperar era la confianza para invertir en Bolivia. Ahora, ese camino empieza a desandarse y podemos terminar como en la época en que Luis Arce era presidente: aislados y poco dignos de la confianza de las inversiones extranjeras.
Si la llegada de Rodrigo Paz representó esperanza para quienes alistaban maletas como migrantes en busca de mejores días, hoy comienza a producirse el efecto contrario.
Hay que entender que Bolivia atraviesa una mala hora.
Los bloqueos son apenas una parte del problema. En realidad, hay que reconstruirlo todo, porque todo fue deteriorado al calor de un partido que era mayoritario y que imponía decisiones no siempre con racionalidad ni responsabilidad, sino muchas veces con la angurria de quien busca enriquecerse.
A ello hay que sumar una titánica tarea: que se acabe el menosprecio por los que son diferentes o piensan distinto. Bolivia necesita dialogar, reconciliarse porque durante décadas se alimentó el odio entre regiones.
No se puede vivir en medio de quienes gritan muy fuerte y son violentos. Hay que reconocer que en este país todos tienen derecho a plantear sus visiones y que haya una escucha mutua, para que se puedan construir puntos de encuentro que sin duda existen.
Yo he sido testigo de que un importante sector de los ponchos rojos es capaz de dejar de lado el discurso de odio y abrazar la integración y la complementariedad entre las diversas regiones del país. Y también he visto cómo en el oriente se acoge al migrante.
Es cierto que hay que incluir a distintos sectores en el gobierno, pero Rodrigo Paz no puede convertirse en rehén de ese tipo de condicionamientos.
El Presidente debe entender que los bolivianos quieren un gobierno seguro, un gobierno firme y un presidente que diga y ejecute. Solo así logrará llegar al final de su mandato y solo así podremos respirar tranquilos, dormir en paz y confiar en que Bolivia puede recuperar una mejor convivencia y calidad de vida.
Ojalá llegue ese golpe de timón tan necesario y esperado por todos.
Mónica Salvatierra es periodista.
