
Un país deteriorado en su civilidad, parece testigo de piedra que observa cómo se acaba el respeto mutuo, y aumenta el menosprecio al prójimo. Es el ambiente agresivo que destruye la cohesión y la responsabilidad social, es un signo de que falta formación civil ciudadana.
Lo que estos días sucede en varias ciudades de Bolivia, es una expresión de historia repetida donde convergen momentos cruentos de golpes militares, y festejos de democracia. Por tanto, ya no son encrucijadas donde se puede escoger, es el mismo camino que de pronto cambia de sigla, color, y comienza el nuevo salvataje. En todo tiempo se encuentra ciudadanos exentos de posición ideológica extrema, resignados como ahora a soportar la realidad que oprime, atrapados por la angustia, acaso también porque creen que no hay solución posible para resolver los conflictos que soportan en la sombría soledad de la impotencia que les impide salir, gritar, reclamar por sus derechos vulnerados.
Entonces, vuelven a ser espectadores de las acciones violentas, de quienes deciden imponer cambios, así sucedan hechos fatales; convertirlos en método normal del esquema desfigurado para acceder al p oder; el comportamiento violento, las pulsiones que alimentan instintos destructivos: regocijarse ante los deshechos de los bienes públicos y privados; pedradas, fuego, patadas y puñetazos. Los ciudadanos quedan perplejos, cohibidos para crear esa fuerza generadora de rechazo, ese coraje que destila repudio, porque les invade el miedo; es el trastorno emocional que sufren por las constantes asonadas que comienzan argumentando reivindicaciones justas, pero al mismo tiempo incluyen -excedidos de prepotencia- planteamientos irracionales.
Cuando esos extremos llegan, una de las causas -según explica la psicología social- es la sensación de impunidad que tienen los transgresores: la percepción de que no existen consecuencias legales reales. Porque cuando no se aplica la ley, la institucionalidad del Estado se deforma.
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El drama de los espectadores, es que una vez más son testigos de escaramuzas entre civiles embozados y policías; de nuevo la atmósfera asfixiante resultado del humo de gases lacrimógenos, el estallido y el olor a pólvora de los petardos artificiales, y el retumbo de dinamitazos; imágenes y relatos disruptivos, propios de una novela negra.
Insumos médicos retenidos en carreteras bloqueadas, al igual que pacientes en emergencia con la vida en riesgo. ¿Qué hacer ante tanto desmadre? Los habitantes de las ciudades, como La Paz y El Alto, viven con ansiedad por lo que podría suceder más tarde, cuando las hordas enfurecidas golpeen el rumor de la ciudad sitiada, les atormenta el presentimiento de que, en democracia o tiranía, algo está a punto de romperse, ¡Otra vez cambiar el cambio! Vuelve la discusión sobre el valor de ideologías cuestionadas ¿serán las más convenientes para conseguir el desarrollo económico y el bienestar colectivo, que en definitiva es el objetivo fundamental? Sin embargo, pasan los años, se suceden los gobernantes y el bienestar de los bolivianos es siempre un asunto por resolver.
Todos esos desbordes ocasionan pérdidas millonarias, y con la mala noticia de que no serán recuperadas; es dinero esfumado de los bolsillos de los ciudadanos y de las arcas del Estado; esa es la angustiante realidad, al margen de cualesquiera ideologías.
Mario Malpartida, Periodista