La fábrica de mentiras


 

 



Cuentan las crónicas del 9 de noviembre de 1938 que, el discurso de odio nazi dejó de ser sólo propaganda y se tradujo en violencia desmedida contra el pueblo judío. El paso del odio verbal a la acción directa y violenta fue el resultado de aquella triste jornada. La historia registraría aquel momento como la “Noche de los Cristales Rotos”, acontecimiento que dejó el saldo de decenas de sinagogas quemadas y saqueadas, así como miles de viviendas, comercios y espacios abiertos que fueron convertidos en cenizas, mientras se humillaba, golpeaba, perseguía y asesinaba a cientos de personas por calles y plazas.

La política nazi se sostuvo sobre una maquinaria perfectamente ensamblada de propaganda que convenció a millones de personas de que A. Hitler tenía la razón en todo y que su liderazgo no admitía cuestionamiento alguno. La creación del ministerio de la Ilustración Popular y Propaganda dirigido por Joseph Goebbels perfeccionó el andamiaje y los métodos de manipulación. Los discursos son una clara muestra de aquello, dirigiéndolos a las masas, apelando a la emoción antes que a la razón, simplificando la pluralidad entre amigos y enemigos y repitiendo el mensaje hasta el agotamiento, convirtieron a Goebbels en el demiurgo del discurso del odio.

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La fábrica de la mentira se sustentaba sobre tres pilares: emoción, repetición y enemigo, el enemigo era el judío, el diferente, el disidente, al que se culpaba de todo, la crisis, la derrota en la guerra, la inflación, el desempleo, el bolchevismo o el capitalismo, todo aquello que fuese diferente o se opusiera a la ideología nazi era satanizado y perseguido. Posteriormente, comenzaron a erigirse mitos, la superioridad racial, el caudillo mesiánico rodeado de un aura litúrgica que era difundida por todos los medios de los que disponía el régimen.

Los periódicos fueron alineados o cerrados, obligando a los medios radiales a seguir las consignas emanadas desde el ministerio, amplificando el mensaje y llegando rápidamente a echar raíces en las mentes más frágiles e ignorantes que comenzaron a exultar las atrocidades que eran cometidas, justificando y apelando a sus instintos primarios para convencer por la fuerza a los que se resistían. El cine que estaba en boga por aquellos tiempos y reproducía únicamente películas ideológicas, los libros fueron purgados y se quemaron todos aquellos que se consideraban incómodos para el régimen, lo mismo pasó con la música y el arte.

La educación fue reformada, se incluyó una curricula adoctrinante enlistando a los niños y adolescentes en las filas del partido nazi, en facciones especiales conocidas como las “juventudes hitlerianas”. Se les enseñaba a marchar con paso marcial, obedecer sin cuestionar y delatar a cualquiera que pensase o dijera algo en contra del régimen, incluso si fueran sus padres. Para el año 1936 –tres años después del ascenso del partido nazi al poder– durante el desarrollo de los Juegos Olímpicos de Berlín, la maquinaria propagandística alemana funcionaba con un engranaje perfecto.

La mentira, el odio y la radicalización promovidos por fanatismos enfermizos, rencor, rabia, envidia o rechazo, ha sido instalada en Bolivia maliciosa y perniciosamente en los últimos veinte años. Una ingeniería maligna y destructiva que se ha incrustado en todos los segmentos de la población mantiene enfrentados a mujeres contra hombres, campo contra ciudad, izquierda y derecha, etnias con complejos de superioridad moral y dominación sobre las otras con las que se niegan a coexistir y quieren expulsar del territorio.

Para cumplir su cometido, estas hordas furibundas y destructivas apelan a una violencia desmedida que opera en función a prebendas de grupos que no se resignan a perder el poder y prefieren mantener secuestrado al Estado y de rehenes a su gente, sin dejar ninguna opción para reconstruir el descalabro que ellos mismos provocaron.  En otros la gente que participa lo hacen por coerción, amenazas y sanciones que sufren por parte de dirigentes que estimulan un discurso de odio irracional que no terminan de entender ellos mismos, aplicándolo a rajatabla como si se tratasen de mantras sagrados que todos deben obedecer, por lo tanto, no admiten ningún tipo de discusión, una fábrica de mentiras en perfecto funcionamiento.

En la interpretación Freudiana, se establece que el odio es una representación negativa del interior del ser, puesto que la persona portadora de sentimientos de rabia o venganza, se encuentra descontenta, desamparada y necesita manifestarlo externamente, por lo que la rabia, la venganza o el rencor son experiencias auto persecutorias, cobrando aquel malestar exteriorizado una acción que daña a otras personas, cuando en realidad la carga afectiva negativa (el odio), se encuentra en la mente del que lo siente y no puede soportarse a sí mismo.

En algunas legislaciones el odio constituye un delito, generalmente asociado a actos violentos motivados por prejuicios en relación con la orientación sexual, raza, religión, origen, entre otras. En Bolivia no se cuenta con una ley o artículo en el código penal que sancione este tipo de conductas protagonizadas por grupos violentos que se ensañan con la población civil, la propiedad privada, el comercio, entre otros. Sin embargo, la Ley 045 contra el Racismo y toda forma de discriminación sanciona este tipo de conductas cuando intentan justificar odio o persecución, sin que esto pueda ser equiparable a una figura tipo que establezca “delito de odio” de manera expresa.

Valdría la pena que los legisladores trabajen y delimiten estos actos de manera precisa, para que los hechos que se vienen registrando desde hace dos décadas en Bolivia no queden impunes. Objetivamente, debería castigarse a quienes públicamente promuevan o inciten al odio, hostilidad, discriminación y violencia, contra quienes intentan trabajar honesta y pacíficamente, velando por la dignidad humana, el respeto a ser y pensar diferente, en defensa de la libertad y en la búsqueda de una convivencia armónica entre todos.

El discurso del odio y las acciones de hecho derivadas de este, no sólo agreden a una persona o grupo, también daña el tejido social de los pueblos, por lo que es imperativo combatirlo para reafirmar el valor de cada individuo sin distinción de raza, género, religión, identidad cultural, condición social, valores, ideas o pensamientos. Defender los valores individuales de cada miembro y habitante de la patria, es defender los valores de una sociedad justa, libre y solidaria.

“Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.