Si Dante Alighieri hubiera escrito La Divina Comedia en la Bolivia de 2026, no habría necesitado imaginar el Infierno, solo le habría bastado observar lo que estamos viviendo, una ciudad atrapada hoy en el laberinto de sus propios conflictos permanentes. A diferencia del poeta florentino, que sabía con precisión por qué había terminado en el infierno, en especial el paceño y el alteño parecen condenados a pagar las consecuencias de decisiones ajenas sin entender del todo el origen de su condena, viendo cómo la esperanza avanza más lento que las soluciones.
Dante describió que el Infierno se sostiene sobre pecados específicos y en nuestras calles esos vicios han cobrado vida, como la soberbia de los líderes que se niegan a ceder, vemos y sentimos la avaricia evidenciada en los mercados, en las calles, en los puestos improvisados, en las redes sociales donde se ofrece: gasolina, huevos o pollo a precios exorbitantes y todo esto se ha vuelto una pugna de supervivencia, obligando a la gente a marcar números en sus brazos para defender un puesto. Pero el pecado más peligroso que hoy reconocemos en nuestro entorno es la pereza espiritual de una sociedad que renunció a pensar. Nos dejamos arrastrar por el ruido de consignas vacías y fanatismos ciegos, permitiendo que la emoción reemplace al criterio. La ignorancia actual no es falta de títulos, es la cómoda decisión de no cuestionar al guía que nos conduce al abismo.
No es ficción, estamos atentos a buscar una actualización del problema, las redes y los grupos de WhatsApp se convirtieron en guía durante más de 40 días. Mientras tanto el eco de una palabra desgastada se repite en el aire: diálogo. Sin embargo, aunque el diálogo es indispensable en democracia, cabe preguntarse hasta cuándo se sostendrá este recurso como un analgésico temporal, pues, mientras se debate en mesas estériles, los negocios cierran, las persianas bajan, los desempleos aumentan y los emprendimientos desaparecen esto de forma casi irreversible.
¿Cuándo podremos, entonces, llegar al Cielo? En la obra, Dante no alcanzó el Paraíso por un decreto real o un pacto político, llegó ahí únicamente después de cruzar el dolor del Purgatorio, que exige una profunda transformación personal y el reconocimiento de los propios errores. El «Cielo» de Bolivia no es una utopía económica ni el triunfo de un partido, el verdadero paraíso es cultural y educativo. Es el estado de una sociedad con pensamiento crítico, capaz de sostener un debate público con rigor y sin violencia. Llegaremos a ese cielo el día en que las aulas pesen más que las trincheras y las familias dejen de heredar la resignación como si fuera una virtud.
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Las autoridades tienen la obligación ineludible de resolver la crisis y limpiar el ruido de una comunicación pública que solo confunde. Pero la salida de este laberinto no depende de un único actor, sino de las microdecisiones que tomamos cada mañana, cada uno de nosotros. Mientras sigamos esperando que el milagro venga de afuera, seguiremos estancados en el mismo círculo, muchas veces escuchamos que el cambio real empieza cuando dejamos de mirar las faltas del prójimo y nos miramos al espejo para preguntarnos qué hacemos nosotros para frenar la caída. El viaje de Dante nos enseña que el destino se redefine hoy, porque el mañana no está asegurado. Si no rompemos el hábito de la sumisión intelectual, seguiremos cavando nuestro propio abismo. La salida no es un milagro político, es el acto rebelde de empezar a pensar para obligar a este país, finalmente, a despertar.
Rocío Jurado B.
Comunicadora Social. Consultora en Imagen Integral, Etiqueta y Protocolo.
