No hay viento bueno para quien no sabe adónde va


Quienes aman el viento se denominan anemófilos (sienten anemofilia), mientras que quienes lo odian o le temen de forma extrema se les conoce como anemofóbicos o ancrofóbicos (dícese de una condición llamada anemofobia o ancrofobia).  La catgorización es fundamental si se quiere entender cómo es que Rodrigo Paz, en menos de siete meses de gestión, de tener vientos a su favor, terminó en medio de un huracán que arrasó con su eficiencia como gestión gubernamental a tiempo de mal encarar un escenario de conflictividad social – liderada por un grupo radical y delincuencial – que sumió al país en más de 51 días de bloqueo inhumano.

La población no le pidió muertos ni heridos. Le pidió resolución y autoridad. Manejo eficiente del poder que tiene como presidente de Bolivia. Hubo un diálogo improductivo hasta inocente de parte de las autoridades, quienes nunca entendieron que al frente tenían a grupos mafiosos con quienes no existe capacidad alguna de entablar una mínima conversación, por la ausencia absoluta de sentido común.



Los mecanismos constitucionales están vigentes y deben ser implementados por el bien mayor que es la democracia, los derechos al trabajo y a la libre circulación en todo el territorio nacional. Su mínima puesta en riesgo de estos derechos humanos debe estar sujetos al rigor más absoluto de la justicia y de las fuerzas del orden para su protección o su inmediata reposición cuando se encuentran en riesgo.

No es posible que todo el aparato gubernamental muestre estas grietas tan profundas de indecisión, de inacción y de desconocimiento del manejo del poder. No sólo se trata de llegar al poder – en estricto sensu —, sino de saber administrar y manejar ese poder. El pueblo boliviano le encargó estabilidad, orden y reconstrucción del país. Le otorgó poder para ese cometido.

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No se puede capitular – entonces – como Gobierno frente a grupos irregulares, frente a dirigentes absolutamente fuera de la ley y frente al permanente instigador de la ilegalidad como es el nefasto Evo Morales. Es inconcebible hacerlo.

Rodrigo cayó en una temporada ciclónica debido a que, con los primeros vientos en contra, no supo tomar con firmeza el timón y hacer el viraje necesario para resguardar la nave y capear las olas que se estaban gestando con esos vientos malos. Entregó la dirección y se dirigió de frente hacia el huracán y una vez engullido por esas olas malintencionadas y vientos devastadores, dejó el barco en una calamidad absoluta y cuyo riesgo de flotabilidad es muy preocupante.

No había tiempo. No había margen de error. No había espacio. No podía fallar. La economía del país ya estaba en una severa crisis y los bolivianos estaban dispuestos a acompañar los ajustes necesarios. Había viento favorable. Pero el problema es que cuando no se tiene una ruta de navegación, por más corrientes a favor que se tengan, el extravío siempre pondrá en riesgo a toda la nave y a su tripulación completa.

Antes, incluso, de que los satélites fueran empleados para la predicción y seguimiento de los huracanes y de que se crearan los increíbles aviones caza huracanes, los referidos fenómenos naturales colocaban, muchas veces, a los responsables de la administración en situaciones extremadamente difíciles.  Por su imposibilidad de predecir la magnitud de tales vientos malos.

Por lo tanto, la tecnología, sin duda alguna, es el mejor aliado de los gobernantes de los países que son azotados por vientos destructivos.

En nuestro caso, la percepción generalizada es que no se hizo caso ni siquiera a la data dura que estas tecnologías de hoy ofrecen a los gobernantes para anticiparse a crisis sociales y económicas para evitar vientos recios que pongan en vilo a todo un país. Hubo inacción. Desde plaza Murillo vieron crecer al monstruo, pero, además, lo alimentaron, lo cobijaron y pensaron que así lo dominarían. Craso error. No porque alimentes al cocodrilo, este será tu amigo.

También es cierto que, con la certeza de la información meteorológica, los gobiernos y los desestabilizadores convierten los fenómenos naturales en instrumentos de propaganda y de clientelismo político.

Ahora estamos sin techo, sin paredes, sin calles, sin puentes, sin carreteras, sin un peso en el bolsillo. Se terminó por destruir lo poco que había. Y, nuevamente, a los formales nos toca producir, pagar impuestos, ponernos el país en los hombros y remar. Porque los gremialistas, los comerciantes, los contrabandistas, los cooperativistas mineros, los narcos cocaleros jamás pagaron un centavo para la reconstrucción de Bolivia. Todo lo contrario, son los vientos envenenados que siguen perforando la ya endeble nave que de milagro, no termina de hundirse.