Neuroestética:  donde la belleza se encuentra con el cerebro


 

 



Ronald Palacios Castrillo, M.D.,PhD.

 

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El cerebro procesa la belleza mediante los mismos mecanismos que emplea para el alimento, el sexo y el dinero. Decide en 300 milisegundos, antes de que surja un solo pensamiento consciente, y la etiqueta del marco altera la experiencia.

¿Ha experimentado alguna vez una vista tan bella que la sintió de forma física?

Tal vez giró una esquina en una calle desconocida y la luz del sol incidió sobre un edificio de manera precisa, provocando que algo en su interior afirmara “sí”.

O tal vez conducía al atardecer y el cielo desplegó esa mezcla de naranja y púrpura que ocurre apenas unas pocas veces al año; tan bella resultó que detuvo el vehículo y permaneció contemplándola, como quien observa un fenómeno extraordinario.

O tal vez percibió el rostro de un desconocido(a) y, antes de formular cualquier pensamiento consciente, su corazón ya se aceleraba.

Se trata de una sensación peculiar, ¿no es así?

Porque nada ocurre físicamente.

No se obtiene alimento, bebida, sexo ni ninguna otra necesidad básica.

Solo se observa cómo las cosas reciben la luz: fotones que impactan en los ojos.

Sin embargo, el cerebro otorga pequeñas dosis de bienestar, como si se hubiera consumido una  deliciosa comida.

¿Por qué sucede esto?

¿Por qué la contemplación de algo bello proporciona el mismo estímulo que el logro de un objetivo?

Existe un campo entero dedicado a explicar esa sensación: la neuroestética.

Esta disciplina estudia el espacio que media entre la belleza y la experiencia de la belleza.

Y lo que ha descubierto transformará de manera permanente la forma en que se contempla el mundo.

La belleza no es una propiedad intrínseca de los objetos que espera ser advertida.

Es un valor que se asigna a las cosas.

Y si se comprende esto y se aprende a utilizarlo, se entiende por qué el arte conmueve, por qué el contexto puede hacer que se ame algo visualmente, por qué las personas atractivas reciben una atención desproporcionada y por qué se puede contemplar montañas que aterrorizan y, aun así, no apartar la mirada durante horas.

Hay algo especial en situarse en la cima de una montaña tras horas de ascenso, contemplar la tierra y percibir la belleza de las placas tectónicas que colisionaron para crear ese paisaje.

Así que investigué.

Son las 2:20 de la mañana mientras escribo estas palabras exactas.A mi lado yace un cuaderno lleno de notas de investigación sobre neuroestética, con patrones extraños dibujados en los márgenes de los que no conservo recuerdo alguno; deben de haber surgido mientras permanecía absorto en la lectura.

Pasemos, pues, al tema.

La belleza es un valor, no una propiedad

 

«La belleza salvará el mundo. — Fiódor Dostoievski”

 

Lo primero que debe comprenderse es que, al contemplar algo bello, el cerebro no activa un módulo especializado en arte.

No existe un pequeño museo dentro del cráneo que se abra únicamente ante lo agradable.

En realidad, el cerebro emplea los mismos circuitos para el arte y la belleza que utiliza para el sexo, las drogas, la comida y cualquier otro estímulo que genere deseo.

Los rostros activan la corteza orbitofrontal, el estriado ventral, el núcleo accumbens y el estriado dorsal. Si estos términos resultan familiares, es porque se ha tratado previamente del sistema de recompensa.

El cerebro funciona, en esencia, como un gran sistema de valoración, y la belleza no es más que otro estímulo al que asigna un valor.

¿Qué implica esto para los seres humanos?

Se observa constantemente.

Las personas convencionalmente atractivas reciben recompensas desproporcionadas y sistemáticas en múltiples contextos sociales.

Se les atribuyen mejores personalidades, mayor éxito profesional, matrimonios más felices e incluso un carácter moral superior, todo ello a través del efecto halo.

No se trata de un juicio de valor emitido conscientemente por la persona; es el sistema de valoración el que introduce estas suposiciones.

Los mismos circuitos se encargan de asignar valor tanto a los alimentos que se consumen como a las personas con las que se establece una relación, y la belleza es algo que el cerebro ha decidido valorar con la misma intensidad.

Y no solo ocurre con las personas.

La belleza del espacio en el que se habita ejerce un impacto enorme sobre la disposición a permanecer en él.

El volumen de personas que se esfuerzan por permanecer en entornos considerados bellos sugiere que la belleza es más que una preferencia superficial: constituye un impulso profundo.

Por qué comprender algo genera placer

Aquí la ciencia se vuelve especialmente interesante, y es donde la mayoría de las explicaciones resultan incompletas.

Probablemente se ha oído la explicación evolutiva del arte y la belleza: se prefiere la simetría porque constituye un indicador fácil de salud.

Respuesta limpia y conveniente.

Es cierta en cierta medida. Pero lo más relevante es que el acto de comprender genera placer.

La razón por la que se gravita hacia lo predecible resulta menos simple de lo que podría parecer.

Los científicos han descubierto que, cuando algo resulta fácil de entender, el cerebro genera una sensación de placer asociada al éxito de la comprensión. Esto se relaciona estrechamente con la fluidez de procesamiento.

En un experimento, se pidió a los participantes que evaluaran tres tipos de obras de arte: algunas con títulos coincidentes, otras con títulos sin sentido y otras sin título alguno.

Las obras con títulos coincidentes resultaron más atractivas, lo cual era esperable.

Lo interesante es que quienes contemplaron los títulos coincidentes mostraron una activación más intensa de los músculos asociados a la sonrisa.

En otras palabras, proporcionar una clave que permita dar sentido a algo genera felicidad, y no solo satisfacción intelectual.

Si se obtiene placer de comprender el mundo circundante, ello podría explicar el origen de algunas preferencias estéticas.

El orden resulta atractivo porque facilita el procesamiento, y la facilidad de procesamiento se vincula a sensaciones de placer en el cerebro.

Sin embargo, esto no implica que lo aleatorio sea automáticamente feo.

La aleatoriedad pura resulta aburrida: es el ruido estático de un televisor que invita a cambiar de canal.

El orden perfecto también aburre. Un exceso de previsibilidad satura, razón por la cual patrones puros como las cuadrículas resultan tan poco atractivos como el ruido blanco aleatorio.

Lo que se busca es un punto intermedio.

Canciones con un ritmo sólido que sorprendan con variaciones interesantes; pinturas que contengan elementos reconocibles pero los combinen de manera novedosa.

Todas estas obras desafían al cerebro y lo involucran, pues debe descifrar lo que ocurre, sin resultar abrumadoras porque existe un patrón subyacente que sirve de punto de apoyo.

La sensación que se experimenta al lograr comprender algo está vinculada a la importancia que otorga el ser humano a la comprensión.

Se busca un enigma que se pueda resolver.

¿Por qué la naturaleza está tan obsesionada con la simetría?

Obsérvese cualquier cosa.

Dos ojos, dos orejas, dos brazos, dos piernas, un rostro dividido por la mitad en dos mitades coincidentes.

Flores, hojas, mariposas, copos de nieve… el catálogo es interminable.

Todo presenta algún tipo de regularidad. Está organizado en torno a la simetría.

Con un cerebro que evolucionó en un mundo lleno de estos patrones, ¿no tendría sentido que estuviera particularmente afinado a ellos?

Los psicólogos evolutivos sostienen que la belleza es un indicador de salud y, por extensión, de calidad genética.

No están equivocados, pero tampoco ofrecen la historia completa.

Esta es la versión más completa:

«Las explicaciones evolutivas proponen que el atractivo facial puede señalar fertilidad, calidad genética y salud. Esa es la hipótesis. Pero el atractivo está claramente influido por múltiples factores simultáneos: algunos estables y de desarrollo, otros de corto plazo y plásticos.»

En otras palabras, la belleza suele ser un indicador de la aptitud de alguien, pero no es un indicador perfecto. Se complica por una serie de factores adicionales, tanto relacionados con el desarrollo a largo plazo como con fluctuaciones aleatorias.

Los mismos principios se aplican a las propias percepciones de atractivo, porque se realizan los mismos cálculos que el cerebro, solo que de manera inconsciente.

La simetría es generalmente positiva, pero no es tan importante como otros indicadores de estabilidad del desarrollo, y la razón por la que no se piensa conscientemente en la estabilidad del desarrollo es que el cerebro se encarga de todo ello.

No se calcula conscientemente el atractivo de cada persona según la simetría de su rostro: el cálculo ya se ha realizado y solo se reacciona al resultado.

Así es como funciona la mayoría de las percepciones.

El cerebro realiza todo tipo de cálculos complejos y de múltiples pasos, y presenta el resultado como un “sentimiento” automático e intuitivo.

La belleza no reside en el objeto

Los investigadores proponen una teoría interesante sobre el origen de las experiencias estéticas.

Sostienen que estas surgen de la interacción de tres sistemas, conocidos como la tríada estética:

  • Sensorio-motor: percepción y acción; lo que se ve, se oye, se toca o se siente. Además, de manera sorprendente, el sistema motor, porque contemplar arte que representa acción activa los mismos circuitos que se emplearían para ejecutarla.
  • Emoción-valoración: el grado en que se agrada o desagrada una experiencia y la medida en que esta afecta el estado emocional.
  • Significado-conocimiento: todo lo que se sabe sobre el objeto o sobre el mundo en general que pueda influir en el agrado o desagrado, incluidas las asociaciones culturales y los recuerdos.

Lo interesante es que, al experimentar la belleza, se produce la interacción de los tres sistemas, y no de uno solo de manera aislada.

Ni siquiera se dispone de tiempo para procesar conscientemente lo que se observa durante una experiencia estética, porque la información sensorial y contextual comienza a interactuar entre 200 y 300 milisegundos después de percibir algo, es decir, antes de que se tenga conciencia de ello.

Esto sugiere que el cerebro no construye primero una imagen bella y luego la evalúa; formula múltiples preguntas simultáneamente:

¿Qué estoy viendo? ¿Me gusta? ¿A qué me recuerda? ¿Con qué se ha asociado? ¿Qué se supone que debo pensar al respecto? ¿Me siento motivado a hacer algo al respecto?

Luego combina las respuestas en una especie de cóctel y presenta el resultado como una experiencia estética. Todo ocurre a la vez, y el producto final es una única sensación que llega como: «eso es bello».

Para demostrarlo, los investigadores realizaron un experimento especialmente elegante.

Mostraron a los participantes imágenes de arte abstracto mientras se encontraban en un escáner; a algunas se les atribuyó procedencia museística y a otras se les presentó como generadas por ordenador.

Las imágenes etiquetadas como piezas de museo resultaron estéticamente más placenteras que las que se sabía generadas por ordenador.

Lo interesante es que quienes creían contemplar arte de museo mostraron mayor actividad en la corteza orbitofrontal medial y en la corteza prefrontal ventromedial, centros de recompensa del cerebro.

Es decir, las imágenes les resultaron más placenteras a nivel neurológico.

El mismo patrón se observó cuando las mismas imágenes se etiquetaron como procedentes del Museo de Arte Moderno frente a un centro de educación de adultos.

Cuando se presentaron retratos realistas etiquetados como auténticos frente a falsificaciones, los auténticos también incrementaron la actividad de la corteza orbitofrontal.

Por tanto, la próxima vez que se considere algo intrínsecamente bello, convendría reflexionar sobre el hecho de que la belleza se fabricó en el cerebro.

No se hallaba en el objeto en absoluto, porque el marco que rodeaba al objeto modificó la reacción cerebral ante él.

Por qué lo bello para uno no lo es para otro.

Si la belleza es un cómputo y todos disponemos de un hardware similar, ¿no deberíamos coincidir en lo que es bello?

No.

Al juzgar el atractivo de un conjunto de rostros, dos personas coinciden en promedio una de cada dos o tres veces, lo que implica una varianza entre el 10 y el 25 %.

Un estudio lo situó en un 50-50.

La mitad de lo que se considera bello es bello para todos los seres humanos de la Tierra.

Deténgase un momento y reflexione sobre esto.

La mitad del gusto no es gusto universal.

Puede pensarse como un sistema operativo estético humano en el que cada persona utiliza aplicaciones distintas.

Se comparten los mismos sesgos por defecto por ser primates con una determinada estructura cerebral, y luego los treinta años de vida y aprendizaje sobrescriben algunos de esos valores por defecto.

Cultura, memoria, exposición, parejas sentimentales, asociaciones entre cosas, estatus, repetición, trauma, azar.

Todos estos factores y muchos más pueden influir en el gusto y modificarlo de forma drástica a lo largo de la vida.

El gusto artístico está determinado en gran medida por el grado de estudio del arte.

Quienes no han estudiado arte tienden a favorecer rasgos superficiales y el contenido de la imagen: el color o el tema.

Cuanto más se estudia arte, menos se prefiere el arte representacional y más se atrae hacia obras que demuestran aspectos estructurales subyacentes.

Estudios de seguimiento ocular han mostrado que los profesionales del arte y las personas sin formación miran cosas distintas al contemplar obras.

La imagen permanece idéntica, pero la forma en que un aficionado y un profesional la observan es radicalmente diferente.

He aquí una reflexión:

El gusto no es universal, sino que se construye a partir de percepciones aprendidas del mundo.

El gusto no es algo con lo que se nace. Se aprende a ver.

Se desarrolla una mayor capacidad de percepción y el mundo se vuelve más brillante y rico.

Esto es, de hecho, una buena noticia, porque significa que el gusto puede mejorarse.

Si se experimenta el mundo como insípido, probablemente sea porque nadie ha enseñado a percibir la belleza que contiene.

No siempre se desea lo bello

Podría irse más lejos y afirmar que desear cosas bellas es, en realidad, algo bastante extraño para los seres humanos. Si se tratara estrictamente de placer, solo se buscarían cosas agradables como puestas de sol tranquilas y música agradable.

Pero claramente no es así.

Se buscan películas de terror, canciones tristes, paisajes aterradores, arte que perturba, historias que conmueven profundamente.

Se realiza un abanico de acciones que van desde el deseo de alcanzar objetivos que reportan placer hasta El evitar  aquello que causa dolor.

Pero ambas cosas no siempre están vinculadas.

El querer y el gustar suelen confundirse, pero en realidad son fenómenos distintos.

La mayor parte del tiempo se emplean los mismos circuitos para ambos, especialmente en el sistema de recompensa: el estriado ventral, que impulsa a buscar recompensas, y el placer que se obtiene al alcanzar los objetivos.

En general, cuanto más se experimenta uno, más se experimenta el otro.

Pero no son lo mismo.

Especialmente en la adicción, que puede involucrar ciclos viciosos de querer sin gustar.

Las experiencias estéticas profundas pueden constituir un tipo de gustar sin querer.

Sin embargo, debido a la peculiar forma en que se conceptualizan, a menudo se confunden con otras experiencias.

Filósofos como Kant y Shaftesbury elaboraron un concepto interesante sobre el arte y la belleza denominado «interés desinteresado».

A veces, al contemplar algo bello, no se desea consumirlo, poseerlo ni interactuar con él.

Simplemente se disfruta de mirarlo, y el placer que se obtiene no guarda relación con la obtención de algo a cambio.

«Una vez amé tanto una flor que, en lugar de arrancarla, la dejé estar.»

Si se piensa de esta manera, la belleza es un tipo de placer que existe al margen de las vías normales de recompensa, y la capacidad de experimentarla es una extensión de la capacidad de interesarse por algo sin desear usarlo, consumirlo o modificarlo.

Es un poder extraño y maravilloso.

El interés puede ser un tipo de motivación, pero no necesariamente tiene que ser el factor impulsor.

Esto también explica la peculiar atracción hacia cosas que no son bellas, pero que proporcionan una sensación de grandeza y escala: la idea de lo sublime.

La experiencia de lo sublime parece constituir un fenómeno neurológico propio.

Los investigadores descubrieron que, aunque la corteza orbitofrontal medial se activaba tanto ante escenas bellas como ante escenas sublimes, las escenas aterradoras no producían tanta actividad en dicha región, típicamente asociada a los juicios de valor sobre la belleza.

La respuesta neurológica a lo sublime es lo suficientemente distinta como para que algunos investigadores la consideren un fenómeno separado.

También explica la peculiar relación con la tristeza.

Está ampliamente aceptado que la música triste puede constituir una experiencia estética particularmente poderosa, y que las composiciones con temas tristes son tanto más comunes como más eficaces que sus equivalentes alegres.

Hay algo especialmente interesante en la combinación de tristeza y belleza en una experiencia estética.

La investigación sugiere que esto se explica en parte por el hecho de que no se busca realmente la tristeza, sino un contexto que hace que ciertos estados emocionales resulten seguros y accesibles.

Por tanto, cuando se trata de arte, estética y belleza, es importante recordar que el contexto lo es todo.

Las motivaciones básicas se aplican tanto a la música triste como a las películas de terror o al arte que invita a reflexionar.

Entonces, ¿por qué importa la belleza?

Todo lo anterior conduce a lo siguiente.

La estética es uno de esos ámbitos en los que percepción, predicción, recompensa, memoria, emoción, biología y significado convergen.

Se evalúa constantemente todo lo que se tiene delante, se realizan cálculos complejos sobre su valor y se almacenan esos cálculos como recuerdos, rara vez deteniéndose a reflexionar sobre ninguno de ellos.

Y a veces, cuando esos cálculos resultan particularmente interesantes, cuando el equilibrio entre predicción y sorpresa se siente especialmente gratificante, se denomina a la experiencia “bella”.

Lo cual significa que la puesta de sol, el edificio o la persona contemplada no eran intrínsecamente bellos.

Lo era usted.

O, más concretamente, la interesante combinación de pensamientos en su mente.

Y lo extraño de esto es que, si se puede actualizar el software cerebral y mejorar la capacidad de generar estos pensamientos interesantes, se pueden tener más experiencias bellas.

Se puede exponerse a más información y advertir más cosas del entorno, lo que conduce a encontrar más momentos interesantes en los que la predicción se encuentra con la sorpresa.

Momentos que el cerebro categoriza entonces como experiencias estéticas.

Así que salga, observe y busque.

Mejore su capacidad de tener experiencias bellas.

Porque el mundo es extraordinario y usted ya lo está haciendo.

¿Por qué no hacerlo más?

 

P.D. Por todo lo expresado en este texto, será muy difícil sinò imposible, que la AI (inteligencia artificial) pueda siquiera emular nuestra actividad cerebral que determina lo bello y lo sublime para cada uno de nosotros. Esto y la conciencia ( la capacidad de saber que existimos y somos y además, de saber que sabemos  que somos y existimos) nunca será ni siquiera igualado por la más avanzada AI.Por esto soy un agradecido al DIOS de Spinoza, el ùnico, eterno, perfecto, superinteligencia ,QUIÈN , a mi humilde entender nos diò la conciencia en el momento de la fertilizaciôn,por eso es ùnica para cada quìèn y se desarrolla conforme el resto del sistema nervioso y organismo  del individuo lo hace.