La máquina económica en tiempos libidinales
Fernando Untoja
Falta diésel. Falta gasolina. Y, sin embargo, algo se calienta. Las estaciones de servicio se enfrían por ausencia de combustible; las filas se alargan, los motores esperan, los camiones permanecen inmóviles. Pero, mientras la máquina económica pierde temperatura, la máquina política se excita.
Hay una separación de flujos. Por un lado, diésel y gasolina: escasos, buscados, deseados. Por otro, las pasiones: abundantes, desbordadas, indiscretas.
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Los primeros hacen funcionar motores. Las segundas hacen funcionar cuerpos: los encienden, los agitan, los llevan al límite, incluso al límite de la muerte. Uno alimenta máquinas. La otra alimenta deseos. Y precisamente allí comienza el problema.
Porque el combustible tiene una virtud elemental: circula. Pasa del tanque al motor, del motor a la carretera, de la carretera al mercado. Hace mover mercancías, personas y máquinas.
La pasión, en cambio, quiere poseer. Quiere acercarse. Quiere pertenecer.
Quiere ser elegida. Y cuando el deseo encuentra al poder, la pasión puede convertirse en apropiación. Entonces aparece la corrupción. Pero no llega sola. Llega acompañada de sus amantes: el favor, la complicidad, el contrato, el secreto, la influencia. Y cuando la relación se rompe, aparece la traición.
Así, mientras el combustible escasea, abundan los romances políticos que terminan mal. Los antiguos aliados se separan. Los cómplices se denuncian. Los protegidos descubren súbitamente principios. Los consejeros cambian de lealtad. Los grandes amantes del poder descubren que también pueden ser grandes traidores.
La política adquiere entonces una extraña dimensión erótica. Se busca al otro mientras resulta útil. Se lo abraza mientras comparte el secreto. Se lo abandona cuando deja de proteger. Y, finalmente, se lo denuncia. El amor político dura exactamente lo que dura la ventaja.
Mientras tanto, abajo, el ciudadano espera. Espera el diésel. Espera la gasolina. Espera que llegue. Pero la espera acumula energía. La fila inmóvil no está quieta: se calienta. Cada hora agrega irritación. Cada rumor aumenta la temperatura. Cada escándalo desplaza la atención. Cada traición libera una descarga.
Y entonces los dos flujos comienzan a encontrarse. Falta combustible. Sobran pasiones. La economía necesita circulación. La política necesita captura.
Uno alimenta motores; la otra alimenta cuerpos. El peligro aparece cuando la segunda comienza a consumir la primera.
Porque la corrupción no roba solamente dinero. Roba circulación. Desvía recursos, altera señales, premia proximidades, castiga distancias. La máquina económica continúa funcionando, pero cada vez con menos combustible y con más deseo de apropiación.
Hasta que sucede la paradoja: la máquina política, en su pasión por reproducirse, comienza a destruir aquello que necesita para reproducirse.
Falta diésel. Falta gasolina. Sobran pasiones. Sobran traiciones. Falta confianza. Sobran declaraciones. Y, sin embargo, la máquina sigue. Quizá éste sea el verdadero erotismo de la crisis: una máquina económica que necesita circular y una máquina política que quiere poseer.
Una necesita combustible. La otra necesita deseo. Una mueve cuerpos. La otra los lleva al límite.
Y cuando el deseo termina por capturar el combustible, la máquina no se detiene inmediatamente. Primero se calienta. Después se excita. Después se consume. Y finalmente, se devora.
