
En nuestra cultura moderna, tan a maltraer en las últimas décadas, el cuerpo suele ser concebido como una máquina, casi un mero conjunto de músculos y articulaciones que responden de manera uniforme a cualquier movimiento. Sin embargo, la investigación científica y la mirada antropológica, o la siempre inasible realidad, revelan que no es lo mismo mover el cuerpo por obligación que hacerlo por gusto. La diferencia no reside exclusivamente en la fisiología, sino en el significado social y cultural que acompaña al esfuerzo.
Un artículo de la revista The Lancet Public Health, que analizó 74 estudios, que consideraban más de 4 millones de personas seguidas durante una mediana de diez años, concluyó que la actividad física realizada en el tiempo libre se asociaba con una reducción del 24 % del riesgo de demencia, mientras que la actividad física laboral aparecía vinculada con un aumento del 20 %. Quizás sea muy osado colegir que el trabajo físico provoca demencia, pero si queda claro que el contexto importa. El movimiento no existe separado de la cultura que le da sentido.
Las sociedades humanas, a pesar de lo que nos dicte el sentido común de la modernidad, tradicionalmente nunca han tratado el cuerpo como una realidad puramente biológica. El cuerpo ha sido el libro en el cuál la sociedad registra sus diferencias y sus similitudes. La oposición con respecto a la actividad física es parte de esta gramática categorizadora. El trabajador manual que mueve carga durante ocho horas, culturalmente no desarrolla el mismo esfuerzo de quien levanta una pesa durante cuarenta minutos en un gimnasio. Desde el punto de vista muscular podrán no existir diferencias, pero desde lo simbólico hablamos de actividades opuestas. Una está sometida a la necesidad, con un fin que es exterior al individuo, mientras la otra es pura elección y puede llegar a ser un fin en sí misma.
El ejercicio voluntario incorpora el descanso, la sociabilidad, el juego, la conversación, la competencia y el placer. Es mucho más que una sucesión de contracciones musculares. El trabajo físico laboral, en cambio, puede constituir una experiencia de desgaste. Suele estar vinculadas con estrés psicosocial, riesgos laborales y exposición a elementos contaminantes. Más que afirmar que existen movimientos buenos y movimientos malos, nos encontramos con dos formas culturales de organizar el esfuerzo.
La humanidad, que durante siglos necesitó del esfuerzo corporal para sobrevivir, delimita ahora espacios donde el movimiento puede ser comprado como ocio. Antes se caminaba porque no quedaba de otra. Hoy se camina sobre una cinta eléctrica para recuperar la actividad que la tecnología nos quitó. Antes se trabajaba con las manos, hoy se paga para levantar objetos que no tienen utilidad práctica. El mismo gesto cambia de significado cuando cambia el trasfondo cultural que los define.
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Las máquinas han reducido la necesidad de movernos, pero han convertido el movimiento en un negocio. Compramos bicicletas estáticas, relojes que cuentan pasos y tiempo en el gimnasio, donde desarrollamos un esfuerzo que nuestros antepasados no podían eludir si querían sobrevivir. Se produce una gran paradoja, pues el progreso técnico nos obliga a buscar voluntariamente aquello de lo que nos había liberado.
La antropología enseña que las prácticas humanas adquieren sentido dentro de sistemas de oposiciones, del tipo naturaleza y cultura, obligación y libertad, trabajo y ocio, necesidad y juego. El descubrimiento acerca del ejercicio puede leerse dentro de esta lógica. El organismo recibe estímulos diferentes según la posición que ocupa el individuo dentro de la estructura social. No basta preguntar cuánto se mueve una persona, más bien inquirir por qué se mueve, en qué condiciones, con qué grado de autonomía y qué significado tiene ese movimiento.
El efecto beneficioso del ejercicio recreativo no se debe exclusivamente a que haga circular mejor la sangre o favorezca procesos fisiológicos relacionados con la plasticidad cerebral. Sino porque ofrece beneficios psicosociales, como interacción social, reducción del aislamiento y participación en actividades cognitivamente exigentes. El cerebro, como la cultura, no existe de forma aislada, sino en el contexto de un mundo de estímulos.
Envejecer, desde esta perspectiva, debería significar al individuo el conservar espacios donde pueda elegir, aprender, jugar y moverse. La novedad de este razonamiento no reside simplemente en el hecho de que hacer ejercicio resulta beneficioso, sino que este quehacer físico no puede separarse de la cultura que lo utiliza. Un mismo movimiento puede ser signo de libertad o de agotamiento, de juego o de servidumbre, de salud o de desgaste. La diferencia no está en el esqueleto ni en el sistema muscular, sino en el significado social que le asignamos a este esfuerzo.
Tal vez allí resida una de las, hasta ahora, pocas estrategias mediante las cuales una cultura puede retrasar el silencioso avance de la demencia senil. Esforzarse en mantener vivo el cuerpo en un mundo donde la obligación y el placer se entrelazan, y donde la libertad de moverse sigue siendo, más que nunca, un acto cultural.
Por Mauricio Jaime Goio.
