Fuente: Infobae
La guerra naval entró, para Daryl Caudle, en una fase en la que la ventaja ya no dependió solo del arma más sofisticada, sino de la capacidad de sostener combate bajo ataques repetidos. En una columna para The Washington Post, el jefe de operaciones navales de Estados Unidos sostuvo que “en una pelea prolongada en el mar, la resistencia es poder de combate”.
Caudle, almirante de cuatro estrellas y jefe de operaciones navales, planteó que los conflictos recientes expusieron una presión nueva sobre las defensas avanzadas: drones baratos, aeronaves de ataque de un solo uso y otras armas de bajo costo obligaron a gastar interceptores de varios millones de dólares para frenar amenazas mucho más económicas.
Su tesis fue que ese desequilibrio entre el costo de atacar y el costo de defender se convirtió en uno de los problemas definitorios para la Marina de Estados Unidos. A partir de ese diagnóstico, defendió el valor estratégico de las armas de energía dirigida, en especial los láseres de alta potencia.
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Caudle afirmó que los láseres ofrecieron la posibilidad de trasladar parte de la defensa naval desde municiones almacenadas y finitas hacia la energía eléctrica disponible a bordo. Esa transición, sostuvo, permitiría derrotar ciertas amenazas de menor costo “a la velocidad de la luz” y con un costo marginal asociado más al combustible, la generación de energía y el mantenimiento que al gasto en misiles defensivos.
El desequilibrio defensivo
El jefe naval argumentó que la promesa de los láseres fue real, pero estuvo limitada por la física. Rechazó la idea de las “armas mágicas” y remarcó que estos sistemas dependieron de visión directa, de las condiciones atmosféricas, de la estabilidad del haz, de la composición del blanco y del tiempo durante el cual el rayo debía permanecer enfocado para dañar o destruir un objetivo.
Esa diferencia, explicó, separó a un misil de un láser en términos operativos. Mientras el misil lleva su energía destructiva después del lanzamiento, el láser dependió del rendimiento integral del buque: generación de energía, suministro eléctrico constante, sistemas de enfriamiento, equipos de puntería, estado de lentes y espejos, conexión con sensores y sistemas defensivos, y preparación de la tripulación.
El poder eléctrico del buque pasó a medir su fuerza
Caudle sostuvo que el problema no fue demostrar que un láser podía destruir un objetivo en una prueba controlada. La cuestión decisiva, afirmó, fue si un buque de guerra podía generar y sostener de forma repetida la potencia necesaria para ese láser al mismo tiempo que alimentaba propulsión, radar, comunicaciones, guerra electrónica y los demás sistemas necesarios para combatir a otro barco.
Desde esa premisa, planteó que la energía dirigida fue tanto un desafío de diseño naval como un desafío de armamento. A su juicio, la capacidad eléctrica de un barco pasará cada vez más a ser una medida de su poder de combate.
Los buques futuros con mayor capacidad eléctrica, escribió, estarán mejor preparados para integrar sensores avanzados, armas de energía dirigida, sistemas de guerra electrónica y computación táctica. Los barcos sin reserva suficiente de energía y de enfriamiento, advirtió, tendrán dificultades para incorporar sistemas de combate futuros, porque la energía y la refrigeración se volverán tan determinantes como la munición, la velocidad, el alcance y la carga útil.
El enfriamiento puede ser el factor decisivo
El almirante identificó en el calor uno de los límites más severos del sistema. Incluso los láseres muy eficientes, explicó, generan una enorme cantidad de calor residual.
Caudle precisó que un sistema que convierte 30% de la energía eléctrica consumida en un haz útil debe disipar el 70% restante como calor. La prueba real, sostuvo, fue si podía disparar repetidamente contra múltiples amenazas entrantes sin sobrecalentarse, sin degradar la efectividad del láser y sin afectar otros sistemas críticos del buque.
A ese condicionante sumó el entorno marítimo. El aire salino, la humedad, los aerosoles, la vibración y el movimiento del barco, afirmó, podían interferir con la capacidad del láser para mantener el foco y entregar suficiente energía al objetivo.
La defensa por capas es el uso inmediato más sólido
Pese a esos límites, Caudle no consideró inviable la energía dirigida. Su conclusión fue que la integración cuidadosa con el buque y con el resto de los sistemas de combate resultó indispensable.
El caso más sólido en el corto plazo, sostuvo, estuvo en su uso como parte de una defensa por capas contra drones, embarcaciones de superficie no tripuladas y otras amenazas de menor costo. Frente a esos blancos, la energía dirigida podía mejorar la relación de costos defensivos y preservar misiles caros y finitos para amenazas más peligrosas, como misiles supersónicos o armas balísticas.
Los láseres extendieron el cargador de misiles
Caudle pidió pensar los láseres no como sustitutos de los misiles, sino como una forma de extender el cargador de un buque. La función central, explicó, fue conservar el suministro limitado de misiles para las amenazas que realmente los exigían.
Cada misil defensivo disparado contra un dron barato, advirtió, era “un arma menos disponible para el siguiente ataque, o para llevar la pelea al enemigo”. Si los láseres asumían parte de esa carga defensiva, agregó, los comandantes ganarían más opciones, los marineros conservarían las armas más necesarias y los barcos podrían seguir siendo letales durante más tiempo.
La ventaja dependió también de la industria
El jefe de operaciones navales extendió el problema más allá de cada arma o de cada barco. Afirmó que la energía dirigida también fue una cuestión de manufactura y de preparación de la flota.
Para que el sistema funcionara, escribió, hizo falta una base industrial resistente capaz de producir óptica avanzada, electrónica de potencia, semiconductores, sistemas de enfriamiento y equipos navales que los marineros pudieran mantener y reparar a escala. También hizo falta una flota capaz de emplear esos sistemas en condiciones de combate.
Caudle encuadró esa necesidad en el esquema “Foundry, Fleet, Fight”. Según esa lógica, la fundición debía generar la experiencia industrial y la capacidad de producción necesarias; la flota debía integrar esos sistemas en barcos y unidades de combate y mantenerlos operativos; y el combate era el ámbito donde se probaba si la tecnología, el buque y el marinero rendían juntos bajo las condiciones implacables de la guerra.
Sistemas modulares
Frente a ese escenario, Caudle rechazó esperar a sistemas perfectos de clase megavatio. Propuso un avance incremental que comenzara con sistemas láser en contenedores: unidades modulares y autocontenidas que podían sumarse a barcos ya existentes con menos modificaciones mayores y con exigencias manejables de energía y enfriamiento.
Esos sistemas, sostuvo, permitirían que los marineros desarrollaran tácticas, procedimientos de mantenimiento y experiencia real desde ahora y no dentro de varios años. También podrían acelerar mejoras y ampliar su uso en la flota a medida que la tecnología madurara.
Para el almirante, esa vía no constituyó la respuesta final. Sí representó un puente práctico entre una tecnología prometedora y una capacidad operativa que la flota pudiera mejorar, ampliar y usar como aprendizaje.
El error sería exagerar lo que puede hacer
Caudle insistió en que la Marina debía resistir la tentación de sobredimensionar las capacidades de los láseres. Los efectos atmosféricos, dijo, seguirán siendo un problema, al igual que la competencia entre sistemas del buque por la energía eléctrica y las exigencias de mantener equipos láser complejos.
Añadió que los comandantes solo confiarán en estos sistemas después de que demuestren repetidamente su fiabilidad en condiciones realistas en el mar y como parte de un sistema de combate integrado. También sostuvo que la energía dirigida no redefinirá por sí sola la guerra naval.
La ventaja mayor, afirmó, quedará del lado de las flotas que dominen esta tecnología en el plano técnico, táctico e industrial cuando deban enfrentar grandes cantidades de amenazas simultáneas. Para Caudle, el futuro no pertenecerá simplemente a la flota con las armas más avanzadas, sino a la que pueda absorber ataques, preservar su potencia de fuego y seguir combatiendo.
