
Fuente: Infobae
(Desde Washington, Estados Unidos) Lula da Silva era presidente de Brasil y José Miguel Insulza ocupaba la cartera de Interior de Chile en la administración de Ricardo Lagos. Insulza pidió a Lula que apoyara su candidatura como secretario general de la OEA, y Brasil ejecutó una precisa maniobra diplomática que puso al ministro chileno al frente del foro regional. Corría 2005, y la izquierda en América Latina tenía muchísimo poder con Néstor Kirchner, Hugo Chávez y da Silva.
Insulza es amigo de Lula -apoyó también su reelección en la OEA-, y no dudó en firmar una carta en 2016 defendiendo su inocencia en la causa Lava Jato. Junto a Insulza aparecían Cristina Fernandez de Kirchner, Felipe González, José “Pepe” Mujica y Manuel Zelaya.
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“Lula no se considera ni está encima de las leyes. Pero tampoco puede ser objeto de injustificados ataques a su integridad personal. Preocupa a la opinión democrática el intento de algunos sectores de destruir la imagen de este gran dirigente latinoamericano”, sostenía la carta que avaló Insulza.

Donald Trump tiene una estrategia geopolítica para América Latina que se consolida con el tiempo. Cuando llegó por segunda vez a la Casa Blanca, sólo Javier Milei -Argentina-, Nayib Bukele -El Salvador-, Daniel Noboa -Ecuador- y Santiago Peña -Paraguay- apoyaban su agenda regional.
Pero con el correr del tiempo, el presidente de Estados Unidos sumó a Nasry Asfura -Honduras-, Rodrigo Paz -Bolivia-, Keiko Fujimori -Perú-, José Kast -Chile- y Abelardo de la Espriella -Colombia-, que comparten el denominado Corolario Trump a la Doctrina Monroe.
El líder republicano arrinconó a la izquierda regional en el poder, y ahora apuesta a derrotar a Lula en los comicios presidenciales de octubre. Ya venció en Colombia, desplazando al candidato de Gustavo Petro, y ahora desea que Flavio Bolsonaro suceda a da Silva.
Trump tiene un enfrentamiento abierto con Lula, que desembocó en la cancelación de la visa del embajador de Brasil en Estados Unidos. Y apoya la candidatura de Flavio Bolsonaro para evitar la reelección de da Silva.
El 26 de mayo, en un cónclave fuera de agenda, Trump recibió a Bolsonaro en el Salón Oval. Fue un hecho inédito para el protocolo político de la Casa Blanca, ya que los presidentes de Estados Unidos -habitualmente- no son anfitriones de candidatos presidenciales.
“Fue un placer tener a Flávio Bolsonaro en el Despacho Oval de la Casa Blanca. ¡Un joven inteligente que ama mucho a su país, Brasil!”, posteó Trump en la red Truth Social.
Si el presidente de Estados Unidos corona en Brasil, sólo quedarían Claudia Sheinbaum -México- y Yamandú Orsi -Uruguay- como representantes políticos de la izquierda en América Latina.

En este contexto, Estados Unidos tiene un profundo malestar con la decisión unilateral del secretario general de la Organización de los Estados Americanos, Albert Ramdin, de designar a José Miguel Insulza como jefe de la misión de la OEA que observará la transparencia de los comicios presidenciales en Brasil.
La Casa Blanca reconoce la trayectoria institucional de Insulza, pero considera “un grotesco error diplomático” que Ramdin “entregue” a un aliado político y amigo personal de Lula el control de la misión de la OEA que supervisará unos comicios clave en América Latina.
Una eventual denuncia de fraude en las elecciones presidenciales contra Lula sería revisada por la misión de observación de la OEA, y ahí se iniciarán las sospechas políticas.
Insulza fue secretario general de la OEA apoyado por da Silva y no es un secreto de Estado que cuestiona la mirada ideológica de Flavio Bolsonaro.
Estados Unidos afirma que Ramdin debería haber designado a un ex presidente de la región, y que no podía desconocer los vínculos de Insulza con Lula.
Ramdin fue subsecretario de la OEA durante diez años consecutivos (2005-2015). Insulza era el secretario general.

