Ni mesías ni reciclados: La exigencia de un recambio real


MSc. Hugo Salvatierra Rivero

Periodista y docente universitario



Conversando en diferentes círculos sociales, se nota con nitidez la molestia y la preocupación del ciudadano por la conducta impune de los políticos en materia de corrupción. Cuando el gobierno “no da pie con bolas” y la economía agobia a los bolivianos, reaparecen las ratas que fueron las primeras en hundir a este país en el fango, pretendiendo erigirse hoy como los salvadores de la patria.

Es completamente comprensible esta frustración y rabia colectiva. Cuando el bolsillo aprieta, el costo de vida sube y los escándalos de corrupción se vuelven cotidianos, ver a los actores políticos del pasado y del presente presentarse como «salvadores» sin asumir una sola responsabilidad es una afrenta directa a la ciudadanía.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

En momentos de crisis económica y de gestión, es habitual que las figuras que ya pasaron por el poder busquen desmarcarse de los errores cometidos, reescribir su papel en la historia y capitalizar el descontento popular. Su discurso de «salvación» omite, conveniente y deliberadamente, las decisiones ejecutivas, fiscales y administrativas que sentaron las bases del desastre actual.

El problema central de este ciclo de reproches y «rasgadas de vestiduras» es que la discusión se queda en el mero cálculo electoral o en el cruce de culpas, en lugar de centrarse en soluciones estructurales para estabilizar la economía y garantizar la transparencia. Al final, la indignación refleja el cansancio de un pueblo que exige resultados, coherencia y rendición de cuentas, en lugar de discursos ensayados por quienes ya tuvieron la oportunidad de hacer las cosas bien y fracasaron.

Este agotamiento frente a los rostros tradicionales expone una demanda urgente en el debate nacional: un recambio generacional y ético en el liderazgo del país. Las figuras históricas —tanto de oficialismo como de una oposición enquistada por décadas— arrastran desgastes estructurales, compromisos de grupo y esquemas de confrontación que impiden construir respuestas frescas. La ética y la honestidad exigen rostros e ideas desmarcados de manera definitiva del pasado.

Suele argumentarse que el manejo del Estado requiere «experiencia previa» para evitar la improvisación. Sin embargo, la ciudadanía lo tiene claro: es mil veces preferible un liderazgo joven sin cancha política, pero con solvencia moral e idoneidad técnica, que un político «experimentado» cuya única escuela ha sido la corrupción.

La clave del futuro democrático radica en si la sociedad civil y el sistema político lograrán abrir paso a alternativas viables que respondan a esta exigencia de honestidad y capacidad, o si seguiremos atrapados en lo que el renombrado politólogo irlandés, Peter Mair, definía como “gobernar el vacío”, un espectáculo electoral de los mismos actores de siempre, jugando a la política a espaldas de la gente.