He intentado, con mi mayor esfuerzo intelectual, que, entre paréntesis, no pasa del común de los mortales, comprender cuál es la razón fundamental por la que los bolivianos tenemos tanta dificultad para superar la crisis multidimensional que nos agobia y encontrar un camino hacia el progreso sostenido y el bienestar común.
Después de muchas reflexiones, sigo llegando a una inequívoca conclusión que ya expresé en una anterior nota de opinión: la crisis más profunda que enfrenta Bolivia no es solamente económica, política o social. Es, fundamentalmente, una crisis moral.
Nuestra historia reciente ofrece suficientes elementos para esta reflexión. La Revolución Nacional encabezada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), y posteriormente el denominado proceso de cambio liderado por el Movimiento al Socialismo (MAS), marcaron etapas trascendentales de nuestra vida nacional. Sin embargo, después de décadas de esfuerzos, prolongados gobiernos y discursos de transformación, Bolivia continúa enfrentando problemas estructurales como la pobreza, la desigualdad, la informalidad, la debilidad institucional, la corrupción y la falta de oportunidades.
El problema, entonces, no parece ser solamente la falta de recursos o de proyectos. Bolivia posee enormes riquezas naturales y un extraordinario potencial humano. El verdadero desafío parece estar también en la forma en que hemos construido y permitido funcionar nuestra sociedad y nuestras instituciones.
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Cuando la corrupción se vuelve tolerable, cuando la mentira termina siendo un instrumento de poder, cuando el interés particular se impone sobre el bien común y cuando la sociedad acepta como normales conductas que deberían indignarnos, estamos frente a una crisis que trasciende la política y alcanza nuestra propia conducta ciudadana.
Por eso, quizá ha llegado la hora de hablar de una “revolución ciudadana”. No de una revolución violenta ni de un nuevo caudillismo, sino de una transformación profunda en la que el ciudadano deje de ser un espectador que aparece únicamente en época electoral y se convierta en protagonista permanente de la vida nacional.
Durante demasiado tiempo hemos depositado nuestras esperanzas en líderes políticos que, con distintos discursos y colores, terminan muchas veces reproduciendo viejas prácticas. El cambio que Bolivia necesita difícilmente llegará solamente desde arriba. También debe construirse desde abajo, desde cada ciudadano, desde cada familia, desde la empresa, desde la escuela y desde cada espacio de la sociedad.
Superar la crisis moral significa recuperar valores que parecen haber perdido importancia: honestidad, responsabilidad, respeto, solidaridad, cumplimiento de la palabra y, sobre todo, respeto por la verdad.
Necesitamos volver a entender que la ética pública no es un asunto exclusivo de los gobernantes. También es responsabilidad de los ciudadanos que votan, que fiscalizan, que denuncian, que cumplen sus obligaciones y que se niegan a participar de prácticas que deterioran nuestra sociedad.
Bolivia no está condenada al atraso. Pero difícilmente podremos construir un país diferente haciendo las mismas cosas y tolerando las mismas conductas.
La verdadera transformación nacional comenzará cuando el ciudadano comprenda que tiene poder y, sobre todo, cuando decida utilizarlo responsablemente.
Quizás esa sea la gran tarea de nuestro tiempo: pasar de la resignación a la participación, de la indiferencia al compromiso y de la tolerancia a la corrupción a una verdadera cultura de integridad.
Porque si la crisis moral es la raíz de muchas de nuestras dificultades, recuperar la moral pública y el compromiso ciudadano puede ser también el comienzo del camino hacia la Bolivia que todos soñamos.
El cambio que Bolivia necesita no puede depender solamente de quienes gobiernan; debe comenzar también con quienes somos gobernados.
Fernando Crespo Lijeron
