Noel Kempff en el recuerdo


Manfredo Kempff Suárez

Como un ventarrón han pasado los 40 años de su asesinato y las mafias de narcotraficantes se han multiplicado. Durante algunos años, después de la masacre de Caparuch (Huanchaca) los narcos escondieron la cabeza o se sumergieron en el fango a la espera de que pasara el temporal, que se fuera la rabia del pueblo, y que aparecieran gobiernos complacientes con la droga para resurgir. La muerte de Noel Kempff Mercado no fue inútil, sin duda. Causó asco. Causó pesadumbre por lo que él era, por sus virtudes ciudadanas, porque se trató de un crimen asqueroso que lo pagó él, para darle un remezón al país, para advertirle a Bolivia que existían narcos peligrosos que la asechaban. Esa fue la utilidad, si pueden existir asesinatos útiles. No obstante, el narcotráfico regresó en cuanto se sintió protegido y en las últimas décadas ya se menciona a Bolivia como a un narcoestado.



¿Pero quién era Noel Kempff antes de aquel fatídico 5 de septiembre? ¿Quién era ese hombre antes de que lo balearan? Era el padre y el marido amado por tía Eddy y sus hijas e hijo. El personaje querido en Santa Cruz porque la embelleció con árboles, flores y animales, llenándola de colores. Y de su música preferida, la única que grababa, que era el trino de las aves y el zumbido de las abejas. Era el hombre de la sonrisa abierta y la broma a flor de boca. 40 años después lo vamos a recordar así.

Bromeaba con sus hijos y sus sobrinos. A mí me hizo una alegre canción, con su propia música: “Surubicillo, rascabuche, sacristán…”, así empezaba. “Surubicillo”, porque yo era un muchacho flaco y largo como un surubí. “Rascabuche”, porque por mi lado materno era de una familia de galleros, mis tíos los “Rascabuchi” Suárez. “Sacristán”, porque en mi niñez, a mis nueve o diez años, fui piadoso monaguillo en la iglesia de San Andrés, cuando deseaba ser cura, hasta que el padre Rojas me echó a cocachos y nunca más volví. Esas cosas le divertían mucho.

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Por aquellos mismos años, en Buen Retiro, cerquita, a la banda del Piraí, acompañaba a tío Noel a cosechar la miel, a melear, en su centenar o más de colmenas. Tanto él como yo nos vestíamos como astronautas, con un capuchón de tela milimétrica, casco, guantes, los pantalones dentro de las botas o bien amarrados en los tobillos. ¿El motivo? Para que ninguna abeja se entrara a picar. Pues a mí me entró una, nunca supe por dónde y aunque me quedé quieto esperando clemencia, durante un minuto que revoloteaba, se enredó en mis crespos y me picó. No pude sino gritar, mientras él, riendo, me decía que me cuidara que se entraran más.

A esa edad, ni siquiera adolescente, cacé mis primeras presas: una carachupa y un mono. Les tiré con un rifle 22. No le causó ninguna gracia esa “hazaña”. Me dijo que cazara lo que necesitara para comer o bichos malignos para la vida silvestre y agrícola. Él, que fue cazador, terminó espiando animales en los árboles o salitrales, pero para fotografiarlos. De ahí las hermosas fotografías que ilustran sus libros sobre ofidios y mamíferos amazónicos. Lo único que mataba, porque me encanta recordar, eran las ranas que había en un curichi frente a la punilla de la casa de campo. Las capturaba de noche con una linterna y un palo e iban directamente a la sartén y de ahí al plato. No sé si alguna vez comeríamos sapo frito sin saberlo.

Fue arquitecto y constructor, porque la casa grande de Buen Retiro la hizo él. Coció los ladrillos para levantar las paredes, compró las tejas, consiguió las vigas, instaló un baño corriente, una heladera a querosén porque no había electricidad, y mandó hacer camas para seis o siete habitaciones que eran las que ocupábamos sus hijos y sobrinos en las vacaciones.

Antes del desayuno, cuando estaban mis primos, tío Noel nos levantaba al amanecer, para ir directamente al corral cercano, a la ordeña y a tomar leche con biter y pisar humbacá. A las 12 en punto se servía el almuerzo, muy sencillo; el café de la siesta con pan recién horneado y biscochos de maíz y de trigo; y al anochecer quesillo agrio (especie de yogur) con yuca asada. Después él se echaba en la hamaca a contarnos cuentos de duendes y de “bultos”. “El cura sin cabeza”, hacía temblar a los primos más pequeños.

Estamos hablando de los tiempos en que a Buen Retiro íbamos a caballo o a pie. Una vez al año lo hacíamos en carretón tirado por una yunta, cuando viajaban nuestros abuelos Francisco y Luisa, ella en el carretón y mi abuelo montando a caballo, poco antes de sus 80 años. Claro que mi abuelo sabía de eso, porque había venido desde el río Madera hasta Santa Cruz, en los primeros años del siglo pasado, época de la riqueza gomera, montando y navegando por nuestros grandes ríos. Y luego, como médico, recorrió por toda la Chiquitania y Cordillera a caballo o mula para visitar a sus pacientes.

Referirse halagando a los parientes cuando son tan cercanos es incómodo. Pero, cuando sus méritos están a la vista del pueblo y son reconocidos por la sociedad, la incomodidad se convierte en un honor. Y eso es lo que tío Noel ha dejado a la familia: un gran honor. Señorío por su vida llena de luces y una tristeza infinita por su desgraciada partida.