Tilcayo Leopardus es el personaje de la semana. Noticia mundial y alegría para el ámbito científico. Pero deja que te cuente la historia de su primo, Valentín, un pequeño puma que cayó de un árbol, cuando era perseguido junto a su mamá. Sobrevivió tres semanas en Villa Tunari, con el cráneo roto, expuesto y varias fracturas. Lo trajeron a la ciudad de Cochabamba porque necesitaba una tomografía. El resultado: traumatismo encéfalo craneano y anemia leve. La decisión final (y muy cuestionable) de la gobernación: la eutanasia.
El destino juega de formas curiosas. Un pequeño leopardito, en manos de un niño, termina en el refugio Senda Verde, por la conciencia y aplaudible decisión de la familia. El otro fue perseguido, como miles de especies en Bolivia, víctima de tráfico ilegal de fauna silvestre.
Para que lo sepas, Senda Verde es un santuario de vida silvestre y durante más de dos décadas, ha brindado un refugio permanente para animales silvestres rescatados, combinando la rehabilitación de la fauna, la conservación, la educación ambiental, el ecoturismo ético y programas internacionales de voluntariado.
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¿Sabes cuál fue la última noticia de Senda Verde antes de Tilcayo Tigrino? Minería ilegal en sus fronteras, poniendo en peligro a su pequeño refugio.
Sería interesante que todos los medios que dieron tanta cobertura a este pequeño felino, le recuerden al mundo lo que sucederá con esta especie recién descubierta: será acechada por tractores, beberá agua contaminada por mercurio, y ni qué decir de los cazadores que persiguen cuánta especie felina, existe porque “rituales diciendo, nuestras tradiciones diciendo, bailes folclóricos diciendo”.
Qué bueno que tenemos la atención mundial, porque así se enterarán que aquí masacramos jucumaris, cóndores, pumas y cuanta especie “exótica” que exista, bajo la mirada esquiva de la justicia, y una sociedad que normaliza el maltrato animal. Acabo de leer la cantidad de denuncias y sanciones en Potosí, a todos los vecinos que dejan a sus perritos en la calle, en ese frío y en esas condiciones. Ni hablar de la cantidad de comerciantes de mascotas, y de quienes a título de “tener una raza” en particular, fomentan y estimulan un maltrato encubierto, que vive en nuestras calles. Sólo pregunta en Google, cuántos perritos callejeros hay en tu ciudad.
Resulta fascinante nuestra capacidad para admirar la naturaleza, intentando llevarla a casa en una jaula o una pecera, convencidos de que un amor en cautiverio es la forma más pura de cariño. En el fondo, este empeño por poseer la vida silvestre no habla mal de nuestro deseo de conectar con ella, sino de la trágica torpeza con la que intentamos abrazar lo que nos deslumbra. Queremos tanto a la fauna que preferimos transformarla en adorno antes que dejarla ser libre, como si el único paisaje perfecto fuera aquel que entra en cuatro paredes y se alimenta a horas fijas.
Tal vez el futuro empiece por dejar de confundir amor con posesión. Que Tilcayo Tigrino pueda seguir siendo un gato silvestre y no terminar convertido en trofeo de alguien con billetera; que los cachorros, gatitos, conejos y loritos dejen de ser regalos de temporada con fecha incierta de devolución. Porque la naturaleza no necesita que la adoptemos, necesita que dejemos de despojarla.
Y quizá entonces Valentín no haya muerto en vano. Tigrino podrá seguir trepando árboles y nosotros podremos celebrar que, por una vez, Bolivia decidió proteger lo que todavía tiene. No parece demasiado pedir: para convivir con la naturaleza, quizá sólo haga falta dejar de comportarnos como si todo lo que se mueve, respira y tiene ojos estuviera a la venta. En vez de estar pensando en hacer un billete de este tigrito, imagina que empecemos a mirar la naturaleza con otros ojos y no, como los depredadores que somos.
Monica Briançon Messingeres periodista
