“Tierra de cabras”: Pablo Cingolani retrata al Jaime Paz Zamora más íntimo


Una piedra recogida en el lugar del atentado aéreo de 1980, unas hojas rescatadas del mar durante el exilio y las conversaciones en El Picacho revelan una faceta poco conocida de Jaime Paz Zamora.

En Tierra de cabras. Una semblanza heterodoxa de Jaime Paz, el escritor Pablo Cingolani explora la dimensión humana, intelectual y espiritual del expresidente boliviano.



eju.tv publica a continuación una reseña de esta obra, escrita por Salvador Gargiulo, y pone a disposición de sus lectores el libro completo para su lectura y descarga gratuita.

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EL LAPIDÓFILO EN SU CANTERA

Reseña de Tierra de cabras, de Pablo Cingolani

Salvador Gargiulo (S. G.)
Escritor, exeditor de Alfaguara Argentina y creador de la revista Siwa de geografías literarias.

Buenos Aires, Argentina, 2 de noviembre de 2026.

Hay biografías que rescatan los acontecimientos de una vida y otras que logran algo más difícil: revelar su sentido. Tierra de cabras, de Pablo Cingolani, pertenece a esta segunda especie. Bajo la apariencia de una semblanza biográfica de Jaime Paz Zamora, expresidente de Bolivia, se despliega una obra en la que la memoria, la poesía, el paisaje y la historia se entrelazan para componer un retrato íntimo y poco convencional de una de las figuras más destacadas de la historia política boliviana.

Ya el uso de la primera persona del singular nos pone ante una biografía que no sigue las pautas del género ni respeta el programa al que los biógrafos “profesionales” nos tienen acostumbrados. En lugar de recorrer cronológicamente los episodios de una existencia pública, Cingolani se propone descubrir al hombre que late detrás del personaje histórico. Y lo hace mediante una escritura que participa de la crónica, el ensayo, la conversación íntima y la evocación poética. El resultado es un libro inclasificable, de una libertad formal que constituye, precisamente, uno de sus mayores logros.

El escenario privilegiado de esta exploración es El Picacho, la residencia de Paz Zamora en el valle de Tarija. Pero El Picacho es mucho más que un lugar: es una geografía íntima, un territorio donde piedras, árboles, ríos y objetos adquieren una dimensión simbólica y sentimental. Allí la naturaleza deja de ser un decorado para convertirse en dueña de la memoria y llave de trascendencia. Cingolani comprende epidérmicamente esa relación entre el hombre y la geografía, y encuentra allí una de las claves centrales de su personaje[1].

Jaime Paz Zamora en El Picacho, junto a su colección de piedras. Fotografía incluida en Tierra de cabras.

Pocas imágenes condensan mejor el espíritu del libro que la de aquellas hojas que Paz Zamora recoge del mar durante su exilio en Panamá y conserva como un tesoro. Frente a la inmensidad del océano, descubre en ellas algo inesperado: su ternura.

Ese episodio, resuelto en un diálogo conmovedor, ilumina toda la obra. Porque Tierra de cabras es, en buena medida, una indagación sobre la capacidad de encontrar belleza y sentido allí donde la mirada ordinaria sólo reconoce objetos nimios, intrascendentes.

Las piedras, en particular, se convierten en protagonistas de una vasta mitología personal. Una piedra hallada en el escenario del atentado aéreo de 1980, del que Paz Zamora fue el único sobreviviente, se transforma en emblema del destino; otras evocan a César Vallejo, a Goya o a los muertos de la historia. El antiguo dirigente político aparece entonces como un creador de símbolos, un hombre que ha construido, sobre la base de un lapidario personal, una suerte de autobiografía secreta.

Esta obra también podría considerarse la bitácora de una búsqueda espiritual. Una búsqueda que involucra redescubrimientos –la figura de Jesús, sobre todo– y, a través de la historia boliviana, la asunción meditada de un compromiso social inclaudicable, donde campea las figuras de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre.

No hará falta decir, a esta altura, que en tanto Cingolani escribe la biografía de Paz Zamora escribe también la suya. “Allí donde está tu tesoro, estará también tu corazón”, puede leerse en algún versículo del evangelio de Mateo. Y son estos objetos atesorados –insisto en el sentido religioso del término– los que, a través de la prosa de Cingolani, dan a conocer al personaje. Una hagiografía animista donde los objetos son los consagrados y Paz Zamora, su sacerdote e intérprete.

Otra de las cualidades de Cingolani se manifiesta en su capacidad para descubrir las correspondencias entre la experiencia individual y las grandes tradiciones culturales. Walt Whitman, Pablo Neruda, el Che Guevara, César Vallejo y Borges comparecen en estas páginas no como referencias eruditas sino como presencias vivas, naturalmente incorporadas al universo de los protagonistas.

Esta riqueza de asociaciones alcanza una expresión particularmente feliz en las conversaciones entre el autor y Paz Zamora. Lejos de guiones y acartonamientos, los diálogos avanzan con la espontaneidad de dos colegas que comparten lecturas, experiencias y una curiosidad insaciable por el mundo. La política se hermana con la filosofía; la historia latinoamericana, con la espiritualidad; los recuerdos de la clandestinidad y el exilio, con la contemplación de una escultura o de una piedra.

Ese contrapunto entre lo trascendente y lo cotidiano confiere al libro una extraordinaria vitalidad, que recuerda un poco a aquellas Visiones de Cody, donde Jack Kerouac transcribe momentos iluminados de charlas nocturnas, sin maquillajes ni aditamentos, que pintan de cuerpo entero a uno de los arcanos mayores de la beat generation.

La escritura de Cingolani acompaña ese recurso con una prosa expansiva, cálida, intensamente visual, que presta ojos a los detalles y los eleva a una suerte de panteón telúrico, donde cada objeto, por pequeño que fuese, constituye una revelación. Hay en su estilo una vocación por celebrar la existencia sin desconocer sus heridas. Su mirada está atravesada por la experiencia política y por la historia dolorosa de América Latina, pero también por una sensibilidad que reconoce en la belleza y la camaradería formas básicas de resistencia.

En la misma sintonía, Paz Zamora pertenece a esa estirpe de homo politicus dueño de un bagaje cultural poco común entre los mandatarios actuales de nuestra América. Sus aliados predilectos –aquellos con quienes se sentaría a compartir una cena– están lejos de ser inversores o bancarios: las imágenes que acompañan este libro así lo demuestran.

Pero sería injusto considerar Tierra de cabras únicamente como un retrato cabal de su biografiado. A medida que avanzan las páginas, se vuelve cada vez más nítida la personalidad del propio Cingolani, su itinerario intelectual, su compromiso con la memoria de las luchas latinoamericanas. En el tramo final, especialmente en La balada de los dos Jaimes, la semblanza adquiere una nueva hondura: el biógrafo entra en el territorio de su propia historia y el diálogo se convierte en una comunión de generaciones y experiencias.

Faltaría consignar que Tierra de cabras es, también, un libro de estampas, donde el “piedrero” –así se autodenomina Paz Zamora– rescata, de su colección personal, un puñado de fotografías que iluminan su casa-santuario: documentos, obras de arte, paisajes, objetos, piedras. No es casual esta incorporación: las palabras que compendia este libro podrían oficiar de epígrafes a este repertorio iconográfico. Y de nuevo el encuentro, la comunión, al incluir Cingolani sus propias fotos de El Picacho, como un modo de completar, con unas pocas piezas faltantes, el puzzle que es, en definitiva, Jaime Paz Zamora.

En tiempos en que buena parte de la literatura biográfica parece subordinada a la acumulación de datos, a la revelación escandalosa o a la reconstrucción exhaustiva de hechos, Tierra de cabras reivindica la posibilidad de comprender a un ser humano a través de todo aquello que recuerda, imagina y crea.

El resultado es una obra original y generosa. Un libro que logra convertir una semblanza política en una reflexión sobre la condición humana, y un paisaje de piedras y árboles en una metáfora de la memoria, la resistencia y la esperanza.

S.G.

[1] Paz Zamora ofrece pistas de tal comunión: “Hay una cultura boliviana de la Bolivia seca y hay una cultura boliviana de la Bolivia húmeda, en la sequedad hay un tipo de cultura, y en la humedad, otra”, afirma Paz Zamora.


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