Mónica Salvatierra, periodista
Uno puede o no estar de acuerdo con ellas. Pero hay algo que salta a la vista: qué severa puede ser la sociedad boliviana con las mujeres.
La viceministra de Autonomías, Andrea Barrientos, dijo algo que desató una tormenta política. Señaló que la aplicación del modelo de coparticipación tributaria 50-50 no tenía un plazo definido. Que podía tomar días, meses o incluso años.
La frase cayó como una bomba, sobre todo en Santa Cruz, donde el tema se ha convertido en una bandera política. A Barrientos no se lo perdonaron. No fue una declaración políticamente correcta. En un ambiente donde muchos prefieren hablar de promesas y expectativas, ella habló de tiempos inciertos.
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Antes de eso, casi nadie había mencionado plazos. Simplemente llegó el presidente, Rodrigo Paz Pereira, y anunció que el proceso comenzaría. Sin fechas. Sin calendario. Solo con la promesa de iniciar el camino.
Barrientos dijo en voz alta algo que muchos sabían: que el cambio del modelo no depende de un discurso, sino de reformas legales, ajustes administrativos y decisiones políticas que pueden tomar tiempo.
Pero la política no siempre perdona la franqueza.
Poco después vino otra polémica. La viceministra interina de Igualdad de Oportunidades, Durby Andrea Blanco, explicó públicamente por qué a sus 32 años no tiene hijos. Dijo que decidió priorizar su desarrollo profesional y que no quería pasar años dedicada exclusivamente al cuidado de los hijos. Fue la comunicación de su decisión personal y la hizo a tiempo de presentar un proyecto de política pública para que haya una responsabilidad compartida entre hombres y mujeres respecto al cuidado.
La frase fue interpretada por muchos como un desprecio a la maternidad. Lo que hizo, desde mi punto de vista, fue poner el tema del cuidado sobre el tapete. Y quizás eso incomoda, especialmente a quienes normalizan que esa tarea esté siempre sobre las espaldas de las mujeres.
El tema es polémico. Y lo es, claro. Lo es en una sociedad donde todavía persiste la idea de que la maternidad es el destino natural de las mujeres. Pero también lo es en una sociedad que, al mismo tiempo, no genera condiciones reales para que madres y padres compartan de manera equitativa la crianza y el cuidado.
Barrientos y Blanco simplemente expresaron sus posiciones. Se puede discrepar con ellas. Ese es un derecho. Lo que resulta llamativo es la intensidad del castigo.
Los ataques fueron implacables. En el caso de Barrientos, la presión terminó en su renuncia. En el caso de Blanco, la descalificación pública ha sido inmediata y feroz.
Vale entonces hacerse algunas preguntas.
¿Alguien puede afirmar seriamente que el modelo 50-50 se aplicará de inmediato? ¿Existe un trámite exprés para modificar el sistema de coparticipación? El propio presidente ha dicho que se necesitará cambiar decenas de leyes y decretos. Eso no ocurre en un santiamén.
Y a quienes critican a Durby Blanco habría que preguntarles algo igualmente básico:
¿las mujeres ganan lo mismo que los hombres por el mismo trabajo?
¿las empresas contratan a una mujer embarazada con la misma naturalidad que a un hombre?
¿los permisos de maternidad se conceden sin que eso afecte la carrera laboral de una mujer?
La realidad muestra otra cosa. Diversos estudios indican que las tareas de cuidado —de hijos, de enfermos, de padres ancianos— siguen recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. Por eso tantas terminan en el emprendimiento informal: es la única manera de generar ingresos mientras cumplen responsabilidades domésticas que la sociedad aún les asigna casi exclusivamente a ellas.
Mientras tanto, basta observar otras instituciones del Estado —nacionales, departamentales o municipales— para encontrar hombres que no solo dicen cosas polémicas, sino que incluso hacen mal su trabajo. Y aun así permanecen en sus cargos sin enfrentar el mismo nivel de condena social.
Muchos dirán que esto no es un asunto de género.
Pero lo es.
Y tal vez ya es hora de que, como sociedad, tengamos la honestidad de reconocerlo.
