¿Hay democracia sin partidos políticos?


Esta semana estuve compartiendo animada y fructíferamente con políticos, activistas democráticos, miembros de think tanks y fundaciones internacionales, académicos, autoridades electas, parlamentarios, historiadores de cerca de una treintena de países —incluido el nuestro— sobre democracia y todo lo que ésta lleva aparejado de libertad, prosperidad, consenso, respeto, dignidad y tantos valores más que urge fomentar y refomentar. Y en medio de la discusión me surgió una duda que compartimos muchísimos: ¿Hay democracia sin partidos políticos? Y, para Bolivia, la consecuente: ¿Tenemos, hoy en Bolivia, realmente partidos políticos?

Bolivia se anunció para su redemocratización anterior —1982— con partidos estructurados, independiente de si mantenían un liderazgo cacical o no: la ADN a la derecha (recientemente cancelada); el MIR en socialdemocracia de centro-centroizquierda; el MNR de la revolución nacionalista-popular que de izquierda iba pronto a convertirse en neoliberal; el fugaz Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda; el democristiano PDC; la desaparecida Falange; el pequeño pero ruidoso FRI maoísta; las versiones del Partido Comunista (diluidas o adsorbidas por el MAS después); la Unión Cívica Solidaridad (partido-propiedad también cancelado recién), y CONDEPA (Conciencia de Patria) que, sobre todo en Occidente, canalizó las inquietudes y reclamos de sectores urbanos y periubanos (mestizos e indígenas) desfavorecidos y marginados (al margen de los movimientos proindígenas indianistas y otros violentos kataristas indianistas). Así, entre 1980 y 1995 coexistieron entre 18 y 14 partidos políticos, la mayoría de ellos con representación parlamentaria (fuente: Mayorga, 2005 en Los tres tiempos del sistema de partidos políticos de Bolivia [1982 a 2009] de Giletta & Liendo, 2010), lo que conllevaba una rica actividad en el Congreso y la necesidad de debates, consensos y acuerdos, los tres ejes de una democracia parlamentaria —refuerzo esta etiqueta: liberal, aunque no fuera común aceptada la etiqueta.

Éste fue el panorama, con altas y muchas bajas que llegó a su crisis a finales de los 90 del siglo pasado y que, con el intermedio apaciguado (calma antes de la tormenta) de 2001-2002 con Quiroga tras la salida para morir del presidente líder de ADN (el Dictador Elegido, como lo denominó Sivak en una biografía no autorizada), “explotó” en 2003 con la manipulada Guerra del Gas y… El resto lo sabemos: El dicenio del partido hegemónico que ganaba dos tercios parlamentarios y disminuía el debate político a resquicios por donde los opositores pudieran perforar ese Poder casi monolítico del evismo.



Un comentario: En 2002, año de la casi victoria del Movimiento Al Socialismo —sigla comprada poco antes a la Falange para participar en elecciones— (la “colita de IPSP” se la robó Morales a Véliz antes de botarlo de la alianza), el sociólogo y especialista en partidos Jorge Lazarte denominó al MAS en un artículo extenso en La Razón como “una asociación interesada de movimientos y grupos diversos sólo agrupados por el objetivo de alcanzar el Poder”. No fue la única vez que oí esa versión, incluso sotto voce de figuras incorporadas luego en la nomenklatura evista.

Para no seguir contando historias conocidas, el 2016 el 21F demostró el inicio del fin de un MAS que empezaba a empobrecerse, las “primarias partidarias” de enero del 2019 desnudaron los inflados números de los “principales” partidos y, de colofón, la chapuza del fraude en las írritas elecciones de octubre de ese mismo año.

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La implosión anunciada del MAS en 2025, la cancelación de ADN y UCS, el PDC agarrado de los pelos (de los de Paz y, por qué no decirlo, de los de campaña de Lara —la presidencial de Paz, no la autodestructora de sí después), la intrascendencia de otros (como MNR y MTS y otros taxipartidos), entre otros, nos ha llevado hoy a que no existan partidos nacionales constituidos. (La inscripción legal de LIBRE recién como tal lo convierte, en este momento, en la primera posible de ser partido nacional a partir de la alianza homónima; le falta aún institucionalizarse y estructurarse vertical y horizontalmente pero estas elecciones pueden ser un motor para ello —y para otros, como PATRIA).

Después del experimento onanista y sigloveintiunero de democracia directa de Dieterich Steffan en Nuestra América, en Bolivia urge construir (y no reconstruir porque el anterior fracasó para siempre) un sistema de partidos que sean verdadera representación de la sociedad civil, no meras agencias de empleo y vehículos de contratos beneficiosos.

Sólo me queda una reflexión, más necesaria de tomar luego de las próximas subnacionales: La despartidización y la falta de entusiasmo con los partidos políticos que conocimos (a los tradicionales alguien me lo comparó estos días con “la mayoría clubes masculinos de fútbol”), indiferencia de la población en general pero mayor entre los jóvenes —sobre todo, pero no sólo, Latinobarómetro lo demuestra— más allá de ciclos y de Redes y de IA ¿podría ser falta de creatividad política, de entender capacidad de reinventarse como confiables transmisores sociales tras la ola de populismos fallidos, sobre todo los sigloveintiuneros de izquierda, pero no los únicos?

Espero al 23.

José Rafael Vilar